Bajo su mando

Cuando el silencio honra

Capítulo —

Cuando el silencio honra

—No pongas esa cara —dijo Lucía, sosteniendo el vestido frente al espejo—. No es un ¿tal vez? Es un sí.

Valeria frunció el ceño, cruzada de brazos, observando la tela oscura que caía como agua entre los dedos de su amiga.

—Es demasiado… —buscó la palabra—. Llamativo.

Lucía alzó una ceja, divertida.

—Exacto. Es una conferencia de inversionistas, no una misa. Además —añadió, acercándose—, es elegante, no vulgar. Mira el corte: sencillo arriba, ceñido donde debe, y esa abertura… —chasqueó la lengua— es puro poder femenino.

Valeria suspiró y se miró al espejo. El vestido negro resaltaba su piel blanca, marcaba su cintura con sutileza y dejaba ver apenas lo justo de su pierna al caminar.

—No quiero llamar la atención —murmuró.

Lucía soltó una carcajada.

—Cariño… tú llamas la atención aunque vayas en jeans y camiseta. Esto solo lo hace oficial.

Valeria negó con la cabeza, pero una sonrisa traicionera apareció en sus labios.

—Me siento fuera de lugar.

Lucía se apoyó en el marco de la puerta.

—Te sientes así porque siempre te hicieron creer que no pertenecías a estos espacios. Pero hoy vas a entrar como lo que eres: una mujer brillante. Y hermosa, sí. Ambas cosas no se excluyen.

Valeria la miró en silencio. Luego asintió despacio.

—Está bien… ese.

Horas después, Lucía la observaba desde detrás mientras aplicaba los últimos toques de maquillaje.

—No te muevas —ordenó—. Si parpadeas, te juro que te dejo sin pestañas.

Valeria soltó una risa nerviosa.

—Me siento ridícula estando tan arreglada para hablar de números.

Lucía se inclinó para verla de frente y sonrió, satisfecha.

—Estás espectacular. De esas mujeres que entran a una sala y hacen que todos olviden por qué estaban ahí.

Valeria se miró al espejo. No se reconocía del todo… pero tampoco le disgustaba. Esa castaña de figura tipo reloj de arena, piernas largas y ojos miel era la mujer segura y empoderada que ella llevaba adentro, que ella sabía que era, pero que se escondía debajo de trajes formales.

—¿Y si me quedo en blanco? —preguntó en voz baja—. ¿Y si todos me miran como si no perteneciera?

Lucía apoyó ambas manos en sus hombros.

—Escúchame bien —dijo firme—. Vas a robar miradas, corazones y respeto. Lo demás es ruido.

El timbre sonó.

Lucía se asomó por la ventana y abrió los ojos con dramatismo.

—La limusina llegó, señora importante.

Valeria tragó saliva.

—Harrison ya debe estar allá —explicó—. Dijo que tenía que llegar antes.

—Mejor —respondió Lucía—. Así entras tú sola. Como protagonista.

Valeria tomó su bolso, respiró hondo y se giró una última vez hacia el espejo.

—Deséame suerte.

—No la necesitas.

***

El salón principal del hotel estaba lleno de luces cálidas, trajes impecables y conversaciones medidas. Valeria avanzó con pasos contenidos, el corazón golpeándole con fuerza.

Sentía las miradas. Las percibía como una corriente constante.

No sabía si era el vestido, su porte o simplemente el hecho de ser distinta… pero sabía que estaba siendo observada.

—Concéntrate —se dijo.

Apenas dio unos pasos más, una mano se posó en su cintura.

Sutil. Conocida.

El mundo se detuvo.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

—Harrison… —susurró, girándose.

Pero no era él.

Sebastián Blackwell estaba frente a ella.

El aire se le escapó de los pulmones.

Sus piernas flaquearon apenas y él lo notó. Sonrió, suave, distinto a como solía hacerlo.

—Hola, Valeria.

El corazón le latía tan fuerte que temió que se notara.

—Señor Blackwell… —murmuró—. No lo vi llegar.

—Llegué hace un rato —dijo—. Pero preferí no interrumpir… hasta ahora.

La recorrió con la mirada, sin pudor, pero sin vulgaridad.

—Te ves hermosa.

Valeria tragó saliva.

—Gracias.

Intentó recomponerse, tomar distancia, pero él seguía allí. Demasiado cerca.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—Nerviosa —admitió—. Nunca había estado frente a tantos… —miró alrededor— hombres iguales. O peores… que…. Bueno, no tendría por qué mencionarlo, ¿verdad?

Sebastián soltó una risa baja, obviamente se refería a él y por supuesto que era un indirecta que mostraba aún su resentimiento hacia él.

—Te entiendo.

Luego se inclinó un poco hacia ella.

—Pero recuerda cómo me enfrentabas. Esa seguridad… nadie aquí la tiene.

Valeria sonrió, inevitablemente. Un recuerdo dulce y peligroso.

—¿Bailarías conmigo? —preguntó él entonces.

Ella dudó. Miró alrededor. Pensó en Harrison. En todo.

—Es… un tango —añadió Sebastián—. Lento. Nada más.

Valeria asintió.

—Está bien.

La música los envolvió. El contacto fue inmediato, eléctrico. Él la guió con firmeza y cuidado, como si supiera exactamente dónde tocar sin traspasar límites… y aun así hacerla arder.

El mundo desapareció.

Solo existían ellos.

El roce. La cercanía. La respiración compartida.

Valeria se sentía suspendida en algo hipnótico, peligroso y familiar.

A lo lejos, Harrison los observaba.

No necesitó escuchar nada.

No necesitó acercarse.

Bastó ver cómo ella lo miraba.

Y entendió.

No era una competencia justa.

Porque el corazón de Valeria… ya tenía dueño. Y él sabía que luchar contra eso, únicamente la podría lastimar. Sabía lo confundida que estaba, pero sin querer ella misma estaba dándose la respuesta, solo que el temor a equivocarse y abrirse con Sebastián le impedían avanzar.

La conferencia transcurrió entre aplausos y palabras medidas. Valeria habló con voz firme, segura, brillante. Fue impecable.

Pero Sebastián no dejó de mirarla.

Y ella… tampoco a él.

Porque algunas decisiones no se toman con la cabeza.

Se sienten.

Y duelen.




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