Capítulo —
Herencias Invisibles
Valeria cerró la puerta tras de sí con un movimiento lento, casi automático. El clic de la cerradura resonó demasiado fuerte en el silencio del departamento, como si marcara el final de algo que aún no sabía cómo nombrar.
Apenas dio dos pasos, el peso cayó sobre ella.
El pecho le ardía, la respiración se volvió irregular y, sin darse cuenta, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. No eran sollozos ruidosos, sino un llanto silencioso, contenido, de esos que nacen cuando el corazón ya no puede sostener más.
—¿Vale...? —la voz de Lucía llegó desde la cocina, cautelosa.
Valeria no respondió. Se llevó una mano a la boca, intentando ahogar el temblor que la recorría, pero fue inútil. Las lágrimas salieron con más fuerza.
Lucía apareció de inmediato. Al verla así, no preguntó nada. No dijo qué pasó ni qué ocurrió ahora. Simplemente la rodeó con los brazos y la sostuvo con firmeza, como si temiera que se deshiciera entre sus manos.
—Ven —susurró.
La condujo hasta el sofá y la sentó con cuidado. Valeria apoyó la cabeza en su hombro y lloró. Lloró largo rato. Hasta que el dolor dejó de ser punzante y se volvió cansancio. Hasta que el llanto se volvió apenas un eco.
Cuando por fin respiró con algo más de calma, habló sin mirar a Lucía, con los ojos fijos en el techo, como si allí estuviera la respuesta que no encontraba.
—Se va.
Lucía se tensó apenas.
—¿Quién se va?
Valeria cerró los ojos.
—Harrison.
La palabra salió cargada de una tristeza profunda. —Ya no lo volveré a ver.
Lucía no respondió de inmediato. Guardó silencio porque lo entendía. No los detalles exactos, pero sí el fondo. Harrison había sido refugio, equilibrio... y ahora también despedida.
—Dijo que se va a retirar —continuó Valeria—. Que la empresa necesita un rostro nuevo.
Tragó saliva.
—Lucía... yo no puedo. No quiero que se vaya. Es que...
Lucía suspiró y completó la frase con suavidad, pero sin rodeos.
—Tienes miedo.
Valeria giró apenas el rostro hacia ella.
—Miedo a quedarte sola con Sebastián —continuó—. Sabes que lo único que te detiene de acercarte a él... es Harrison.
El cuerpo de Valeria reaccionó antes que sus palabras. Soltó un quejido bajo y dejó caer la cabeza hacia atrás, hundiéndose más en el sofá.
—Ay, Lucía... —murmuró—. No sé qué hacer. Sebastián me hizo tanto daño. Me trató como basura y ahora...
—Y ahora tu corazón insiste en perdonarlo —dijo Lucía, sin juicio.
Valeria tomó una almohada y se la presionó contra el rostro, como si pudiera ocultarse del mundo.
—¿Por qué tiene que ser tan complicado?
Lucía sonrió con una mezcla de ternura y resignación.
—Porque el amor nunca es simple.
***
A la mañana siguiente, Valeria se levantó con esa sensación extraña de vacío y expectativa. Se vistió despacio, intentando ordenar su mente antes de enfrentar el día, cuando el timbre sonó.
Frunció el ceño.
No esperaba a nadie.
Abrió la puerta.
—¿Valeria Cruz? —preguntó un hombre con uniforme de repartidor.
—Sí.
—Tengo una entrega para usted. Necesito su firma.
Firmó distraída. El hombre le extendió... unas llaves.
Valeria parpadeó.
—Disculpe... ¿esto qué es?
—Trabajo para una empresa automotriz —explicó—. El señor Cole le ha enviado el vehículo que está afuera.
El corazón le dio un vuelco.
—¿Afuera?
Salió despacio, como si temiera que aquello desapareciera.
El auto estaba allí.
Elegante. Imponente. Innegablemente lujoso.
Valeria se quedó inmóvil, incapaz de hablar.
—Gracias —susurró finalmente.
Cuando el repartidor se fue, ella seguía sin creérselo. Pasó la mano por la carrocería, como confirmando que era real. Ya no tendría que esperar el autobús. Ya no tendría que correr bajo la lluvia ni mirar el reloj con ansiedad.
—¡LUCÍA! —gritó entrando de nuevo— ¡LUCÍA!
Lucía apareció medio dormida, despeinada... y con un sartén en la mano.
—¿QUÉ PASA? ¿ENTRARON LADRONES?
—Ven —dijo Valeria, agarrándola del brazo—. Ahora.
La arrastró hasta afuera.
Lucía tardó un segundo en reaccionar. Luego abrió la boca.
—No... no puede ser.
—Sí puede.
Ambas se quedaron mirándolo. Luego empezaron a saltar como niñas.
—¿Quién te dio esto? —preguntó Lucía.
—Harrison.
Lucía se llevó una mano al pecho.
—Ese hombre no es real. Es un ángel corporativo.
Valeria abrió la puerta del conductor. En el asiento había una carta. La leyó con atención.
"Un obsequio por la hermosa amistad que compartimos. Esta es solo la primera parte de mi sorpresa."
—¿Primera parte? —murmuró, confundida.
Sacudió la cabeza y sonrió.
—Cuando vuelva del trabajo, te quiero lista —le dijo a Lucía—. Te llevaré a dar una vuelta.
Llamó a Harrison en el camino.
—No debiste hacer esto —le dijo—. Es demasiado.
—Te lo mereces, y tómalo como una recompensa por tu gran trabajo con nosotros—respondió él—. Te espero en la empresa.
Colgó con una sonrisa suave. Al menos lo vería una vez más.
Pero al llegar, una asistente la detuvo.
—La esperan en la sala de conferencias.
El estómago se le cerró.
Entró.
Todos estaban allí.
Saludó, tomó asiento, el murmullo se apagó.
La pantalla se encendió.
Harrison apareció, ya a bordo de su jet privado.
El corazón de Valeria se apretó, pero mantuvo la compostura.
Él habló con calma. Reconoció al equipo. Los avances. El trabajo colectivo.
Y luego habló de ella.
—Valeria Cruz ha demostrado en muy poco tiempo una eficiencia excepcional —dijo—. Su impacto ha sido clave.
Ella bajó la mirada, sintiendo ese nudo en la garganta y los ojos arder, pero se contuvo.
Harrison siguió asignando cargos.
—Y hoy quiero anunciar también, que me retiro—soltó y los murmullos iniciaron, a pesar de eso Harrison prosiguió—. Como ya saben, he trabajado mucho para el bienestar de esta compañía, pero sé que debo abrirle paso a la nueva generación, por lo tanto, el nuevo presidente será mi sobrino... Maximilian Cole.
Editado: 08.01.2026