Capítulo —
El lugar era discreto. Luz tenue, mesas separadas, un murmullo bajo que no invadía. Sebastián había elegido bien: lo suficientemente público para no intimidarla, lo suficientemente íntimo para hablar sin máscaras.
Valeria llegó puntual.
Él se puso de pie al verla. No sonrió de inmediato. La observó como si aún no terminara de creer que estuviera allí.
—Gracias por venir —dijo cuando ella tomó asiento.
—Solo tengo una hora —respondió ella con calma, dejando el bolso a su lado—. Prefiero que vayamos directo.
Él asintió.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Valeria apoyó la espalda en la silla.
—Bien —respondió con honestidad—. Cansada... pero bien.
Sebastián entrelazó los dedos sobre la mesa. Parecía buscar las palabras correctas.
—Desde que te fuiste... —empezó— no he sabido cómo explicarme lo que siento. No es enojo. No es orgullo herido. Es como si algo se hubiera desordenado dentro de mí y no encontrara la forma de volver a encajarlo.
Valeria negó lentamente.
—Deténgase—pidió—. No puedo escuchar esto así.
No después de todo. Él guardó silencio.—Me trató como basura —continuó ella, con la voz firme—. Fue un imbécil conmigo, Sebastián Blackwell. Me humilló, Me hizo dudar de mí misma. No sé si puedo... —tragó saliva— no sé si puedo perdonarlo.
Sebastián no apartó la mirada.
—Lo sé —dijo en voz baja—. Y créeme... en otro tiempo no estaría aquí. No así.
Respiró hondo.
—Pero últimamente mi mente ha decidido no dejar de pensar en ti. Y eso... eso no me había pasado hasta ahora.
Valeria se quedó muda.
Las palabras cayeron como un golpe suave, pero certero. Intentó procesarlas, ordenarlas, pero el pecho se le apretó.
—Debo irme —dijo de pronto, poniéndose de pie.
Sebastián reaccionó rápido. Se levantó y la sujetó del brazo con delicadeza, como si temiera romperla.
—Por favor —pidió—. Piénsalo. No te estoy pidiendo una respuesta ahora.
La miró con una intensidad contenida.
—Solo necesito que hablemos. Que aclaremos las cosas. Que podamos vernos sin que yo sienta que te estoy perdiendo cada vez.
Valeria bajó la mirada. Cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a mirarlo, lo hizo directo, sin esquivar nada.
—No sé si algún día pueda mirarlo sin sentir esto, señor Blackwell —Hizo una pausa.
—Pero mi madre me enseñó que todos merecemos una oportunidad.
Sebastián contuvo la respiración.
—Aceptaré intentar arreglar las cosas —continuó ella—. Paso a paso.
Alzó la barbilla.
—Pero no crea que esto es un sí definitivo. Puedo cambiar de opinión muy rápido. Y esta vez no pienso poner mi orgullo por encima de mi dignidad. Eso... ya me costó demasiado.
Él asintió.
No sonrió. No habló.
Pero en su interior supo algo con certeza: había ganado una oportunidad.
Se despidieron sin tocarse.
Valeria se fue sin mirar atrás.
Lucía esperaba que Valeria regresara, estaba cruzada de brazos, con ansiedad evidente.
—¡Por fin! —exclamó cuando Valeria llegó—. ¿Todo bien? ¿Cómo te fue en el trabajo? ¿Qué pasó hoy?
Valeria arrancó el coche y sonrió apenas.
—Conocí al sobrino de Harrison —dijo—. Se llama Maximilian Cole.
Lucía abrió los ojos de golpe.
—Espera... calla un segundo. ¿Dijiste Maximilian Cole? ¿EL Maximilian Cole?—preguntó con más emoción de la necesaria.
Valeria asintió.
Lucía casi se sale del asiento.
—¡ERES UNA SUERTUDA! —gritó—. Ese hombre es el más codiciado de la ciudad. Poderoso, brillante, guapísimo... un bombón.
Suspiró dramáticamente.
Valeria soltó una carcajada.
—Estás loca —dijo—. Sí, es guapo, pero es solo trabajo. No pienso involucrarme con nadie sentimentalmente.
Lucía la miró de reojo.
—¿Y Harrison?
Valeria torció los ojos y suspiró, sin apartar la vista del camino.
—Lucía, yo...
—¿Y Sebastián? —interrumpió ella, con una sonrisa astuta.
Valeria resopló.
—Mejor no hablemos de eso —dijo—. Concentrémonos en disfrutar la tarde.
Lucía negó con la cabeza, divertida.
Porque aunque Valeria no quisiera aceptarlo aún...
ella ya sabía la verdad.
***
La mañana llegó demasiado rápido.
Valeria apenas había dormido; su mente seguía girando entre nombres, decisiones y miradas que se negaban a disiparse. Aun así, se presentó en la empresa con la compostura impecable que había aprendido a construir con el tiempo.
La sala de reuniones ya estaba casi llena cuando entró.
—Buenos días, Valeria —dijo Maximilian apenas la vio.
El tono fue cercano. Demasiado.
Ella levantó la vista y le devolvió el saludo con una sonrisa educada.
—Buenos días.
Le resultó extraño lo natural que él se mostraba con ella. No había rigidez jerárquica, ni esa distancia calculada que solían imponer los hombres de poder. Maximilian parecía moverse con una confianza que no necesitaba imponerse.
La reunión comenzó poco después.
Maximilian tomó la palabra con seguridad, guiando la conversación con claridad. Valeria intervino cuando fue necesario, complementando cada punto, aclarando procesos, explicando estrategias que ya había trabajado directamente con Harrison.
—Como ya me explicó Valeria —dijo Maximilian en un momento—, esta área es clave para el crecimiento del próximo trimestre.
Ella asintió, sintiéndose por primera vez parte real del nuevo engranaje.
Cuando la reunión parecía llegar a su fin, Maximilian añadió, casi como si fuera un detalle menor:
—Esta noche habrá un evento en el Hotel Crown —anunció—. Es el más importante de la ciudad y servirá para presentar nuestros productos a potenciales inversionistas internacionales.
Valeria alzó las cejas apenas, sorprendida.
—Es fundamental nuestra presencia —continuó él—. Queremos mostrar no solo lo que hacemos, sino quiénes somos.
La reunión terminó entre murmullos y anotaciones rápidas.
Editado: 08.01.2026