Bajo su mando

La llama que no se extingue

Capítulo—

Valeria estaba en shock.

La confesión de Sebastián la había dejado sin palabras, con la mente girando a una velocidad que no podía controlar. Sentía el pecho apretado, como si le hubieran arrancado el suelo bajo los pies y ahora no supiera dónde apoyarse.

Negó con la cabeza, llevándose una mano al cabello.

—No... —murmuró—. Esto es demasiado. No puedo procesarlo así, Sebastián. No es algo que pueda tomarme a la ligera.

Lo miró apenas un segundo.

—Tú eras mi jefe. Me trataste mal. Y ahora... ahora me dices todo esto como si nada. No funciona así.

A pesar de que los celos de Sebastián habían sido una señal clara, no era lo mismo que escucharlo de su propia boca. Una cosa era intuirlo. Otra muy distinta era enfrentarlo.

Sin decir nada más, abrió la puerta del auto y bajó.

—¿Valeria? ¿A dónde vas? —preguntó él, sorprendido, bajándose también—. No puedes irte así. No andes sola, no seas terca. Déjame al menos llevarte a casa.

—No —respondió ella sin girarse, empezando a caminar—. Necesito pensar—fue la reacción que tuvo al recibir esa confesión, no podía reflexionar porque la razón la había abandonado, su mente decidió irse de viaje porque simplemente, todo eso era absurdo.

Sebastián volvió al auto y la siguió despacio, a su lado, con el motor encendido.

—Sube, por favor.

Un trueno cortó el cielo.

Valeria alzó la vista con fastidio.

—Genial...

—Ves, va a llover —insistió él—. Sube al auto.

—No.

Otro trueno, más cercano. Y entonces las primeras gotas empezaron a caer.

Valeria siguió caminando, orgullosa, los hombros tensos. En segundos la lluvia se volvió más intensa, empapándola sin piedad. Sus brazos rodearon su propio cuerpo, como si intentara protegerse de algo más que el frío.

Sebastián frenó de golpe, bajó del auto y caminó hacia ella.

—¡Estás empapada! —le dijo, mirándola con preocupación—. Sube ahora mismo, te vas a enfermar.

Ella lo miró, con los ojos brillantes.

—¡No puedo con todo esto! —exclamó—. No entiendo cómo cambiaste tan rápido. No sé si lo que dices es real o si mañana volverás a ser el mismo de siempre. Estoy confundida... no sé ni siquiera qué siento.

Sebastián abrió los ojos de par en par.

Porque ahí, entre la lluvia y el temblor de su voz, Valeria acababa de confesar algo sin darse cuenta.

Él sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, cargada de esperanza.

Se acercó con cuidado, como si temiera espantarla, y tomó su mano.

—Confía en mí —dijo en voz baja—. Esta vez no voy a hacer nada que te lastime. Te lo prometo.

Valeria dudó unos segundos eternos.

Luego asintió.

Subieron al auto mientras la lluvia arreciaba. El sonido del agua golpeando el techo llenaba el silencio. Sebastián condujo hasta su casa sin decir una palabra más.

Cuando se detuvo frente a la casa, ninguno se movió.

Había algo suspendido en el aire. Todo lo que no habían dicho. Todo lo que sentían y no sabían cómo manejar.

Se miraron.

Él con esa intensidad que ya no intentaba ocultar.

Ella con el corazón desbocado, asustada y atraída al mismo tiempo.

Sebastián dio el paso.

Valeria no lo detuvo.

El beso ocurrió.

Breve. Intenso. Real.

Y esta vez... ella respondió.

Pero fue solo un segundo.

Valeria se separó de golpe, con la respiración agitada.

—No... —susurró—. No puedo. Estoy muy confundida.

Abrió la puerta y bajó del auto bajo la lluvia, corriendo hacia la entrada. Sebastián no la siguió. Solo la miró desaparecer, con el corazón latiéndole con fuerza.

Valeria entró a su casa empapada. Cerró la puerta y se apoyó contra ella.

Lucía la observó desde el pasillo, alzando una ceja.

—¿Qué rayos te pasó? —preguntó—. ¿El evento se convirtió en una fiesta de camisetas mojadas o qué?

Valeria levantó la cabeza.

Y sonrió.

Una sonrisa amplia. Brillante.

Luego soltó una carcajada que no pudo contener.

Lucía la miró con expresión de alarma.

—...Ok. Confirmado. Ya te volviste loca.

Valeria se deslizó hasta sentarse en el suelo, la espalda apoyada contra la puerta. El corazón le latía tan fuerte que le zumbaban los oídos. Tenía el cabello empapado, la ropa pegada al cuerpo, pero no sentía frío. Sentía otra cosa. Algo más peligroso.

Se llevó dos dedos a los labios.

El beso aún estaba ahí.

—Respira... —se dijo en voz baja, cerrando los ojos.

Desde el pasillo, Lucía la observaba como quien presencia un accidente a punto de repetirse.

—Valeria —dijo con cautela—, o me explicas ahora mismo qué pasó o llamo a emergencias. Esa sonrisa no es normal.

Valeria levantó la vista lentamente. Sus mejillas estaban encendidas, los ojos brillantes como si acabara de salir de un sueño.

—Lo besé.

Lucía parpadeó.

—¿A quién besaste?

—A Sebastián.

Silencio.

Luego, un grito ahogado.

—¡¿A TU EX JEFE?! —Lucía caminó de un lado a otro—. El mismo Sebastián que te hizo la vida imposible, ¿ese Sebastián?

Valeria se puso de pie y caminó hasta la ventana. Afuera, la ciudad aún brillaba húmeda, como si la noche se negara a desaparecer del todo.

—Ese mismo —susurró—. Y no fue un error.

Lucía se detuvo.

—Ah... eso lo complica todo.

Valeria apoyó la frente contra el vidrio frío.

—Eso es lo que me asusta.

Sebastián permanecía dentro del auto, con las manos apoyadas en el volante, la mirada perdida en el edificio. La lluvia golpeaba el parabrisas, pero él no encendió los limpiaparabrisas. No los necesitaba. No estaba viendo nada.

Se pasó una mano por el rostro y soltó una risa breve, incrédula.

—Idiota… —murmuró—. La besaste y la dejaste ir.

Pero no había sido así. Ella había elegido irse. Y eso, de algún modo, le daba esperanza.

Arrancó el auto finalmente, perdiéndose entre las luces mojadas de la ciudad, con el recuerdo del beso repitiéndose como una escena que no podía pausar.




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