Bajo su mando

Viaje, celos y un plan que no puede fallar

Capítulo —

El espacio entre ellos era mínimo.

Sebastián bajó un poco más el rostro. Valeria sintió su respiración mezclarse con la de él. El mundo parecía haberse reducido a ese instante frágil y peligroso.

—Valeria... —murmuró él.

Ella cerró los ojos.

Y entonces…

—¿Pueden pasar o prefieren congelarse ahí afuera?

La voz cayó como un balde de agua helada.

Valeria abrió los ojos de golpe.

Sebastián se quedó inmóvil.

La puerta se abrió del todo y Lucía apareció envuelta en una manta, con una taza humeante en la mano y esa sonrisa descaradamente curiosa que Valeria conocía demasiado bien.

—Digo... porque hace mucho frío —añadió, mirando de uno a otro—. Aunque claramente ustedes dos están bastante... calientes.

Valeria se separó de Sebastián de inmediato, con las mejillas ardiendo.

—¡Lucía! —exclamó, avergonzada.

Lucía alzó ambas manos, fingiendo inocencia.

—¿Qué? Yo solo estaba siendo hospitalaria.

Sebastián carraspeó, incómodo, enderezándose.

—Creo que... eh... mejor me retiro —dijo—. No quiero interrumpir.

Lucía ladeó la cabeza, observándolo con interés.

—¿Retirarte? —repitió—. No, no, no. Para nada. Pasa, siéntete como en casa.

Valeria abrió los ojos como platos.

—Lucía...

—Ay, Val —la interrumpió—. No seas así. Imagínate que después diga que lo dejamos morir de frío en la puerta.

Sebastián miró a Valeria, claramente tentado de reírse... pero se contuvo.

—De verdad, no quiero causar molestias —intentó nuevamente.

Lucía ya se había hecho a un lado, señalando el interior.

—Molestia sería no dejarte pasar. Además —añadió con malicia—, prometo encerrarme en mi habitación y no salir si escucho ruidos raros.

Silencio.

Valeria cerró los ojos un segundo.

—Lucía... —dijo, cansada.

—Lo siento, lo siento —respondió ella, riéndose—. No puedo evitarlo.

Y sin darles tiempo a nada más, caminó por el pasillo y cerró la puerta de su habitación de un portazo exagerado.

Sebastián se quedó mirando en esa dirección, aún sorprendido.

Valeria se llevó una mano al rostro.

—Perdón —dijo—. Lucía... salió del manicomio hace poco.

Lo dijo lo suficientemente alto como para que se escuchara desde la habitación.

—¡TE ESCUCHÉ! —gritó Lucía desde adentro—. ¡Y no me arrepiento!

Sebastián apretó los labios, luchando por no reírse.

—Tiene... personalidad —dijo finalmente.

—Eso es una forma amable de que está loca—respondió Valeria, suspirando.

Se hizo un silencio incómodo.

La tensión seguía ahí. No se había ido. Solo estaba contenida.

Sebastián dio un paso atrás, dándole espacio.

—No quiero presionarte —dijo con voz más baja—. Lo de antes... podemos dejarlo así, si quieres.

Valeria lo miró.

Y supo que mentía.

—Gracias por entender —respondió—. De verdad.

Él asintió.

—Aún sigues trabajando cerca de Maximilian—interpeló de repente, ella contuvo el aire y asintió. Sebastián se tensó un poco—. Vaya, debe ser interesante—murmuró y ella bufó por la nariz. Sabía cuál era la intención de Sebastián con ese tema, y de igual manera tenía que contarle lo del viaje, porque pronto se iba a enterar de todas formas.

—Es trabajo Sebastián, nada más. Y no sé que tienes con Maximilian, pero creo que deberás acostumbrarte a que trabajo para él, y... —hizo una pausa tratando de encontrar la manera más fácil de contarle—. Mañana me iré de viaje con él, tendremos una conferencia en Londres y quiere que yo vaya al frente—explicó aunque no debería hacerlo, pero dadas las circunstancias de cómo se estaban llevando las cosas con él, era mejor decirle.

Sebastián alzó las cejas, luego sus ojos se afilaron en una mirada mordaz y llena de irritabilidad. Bufó una sonrisa cargada de ironía y negó lentamente.

—Que conveniente para él —expresó con amargura.

—Debo ir—recalcó ella aunque ya le había mencionado que era importante, Sebastián no dijo nada más solo suspiró, se llevó los dedos índice y pulgar al puente de la

nariz y cerró los ojos, luego la miró de nuevo.

—Entiendo. Debo irme—apuntó, pero antes de marcharse la miró con una intensidad que la desarmó y al mismo tiempo paralizó—. Solo cuídate, Maximilian no es quien crees—completó. Ella quiso responder algo, pero las palabras se quedaron atascadas en la garganta.

Así que solo lo acompañó hasta la puerta. Antes de salir, Sebastián se detuvo.

—Por cierto —añadió—, dile a tu amiga que... tiene muy buen radar.

Valeria rodó los ojos.

—Buenas noches, Sebastián.

—Buenas noches.

La puerta se cerró.

Valeria apoyó la frente contra la madera, exhalando lentamente.

Desde la habitación, Lucía salió como un misil.

—OK —dijo—. Ahora sí. Cuéntamelo TODO.

Valeria se giró, cruzándose de brazos.

—No.

—Valeria...

—No.

Lucía la observó un segundo y luego sonrió, suave, distinta.

—Te brillaban los ojos —dijo—. Y eso no te pasaba desde hace mucho.

Valeria bajó la mirada.

—Eso es lo que me da miedo.

Lucía la abrazó sin decir nada más.

Y mientras Valeria se dejaba sostener, en algún lugar de la ciudad, Sebastián sonreía solo, sabiendo que aquello...

No había terminado.

Sebastián del otro lado de la puerta sintió el peso de los celos sobre su cuerpo, debía hacer algo porque conocía a Maximilian y esa mirada y juegos en la fiesta, la manera como se acercaba a Valeria, era peligrosa y con el pasado de enemistad evidente que ellos tenían, Sebastián sabía que eso le daría más motivos a Maximilian para seguir con ese juego.

Así que no se fue en paz.

Esa misma noche, en la soledad de su departamento, Sebastián abrió su laptop.

Harrison Corp.

Conferencia internacional.

Londres.

No fue difícil. Nunca lo era para él. Encontró todo.

Vuelo.

Hora.




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