Capítulo—
—¿Por qué hiciste esto? —la voz de Valeria temblaba, pero no de miedo—. ¿Por qué viniste hasta aquí?
Sebastián apretó el volante.
—Porque no iba a quedarme mirando cómo Maximilian te roba —respondió con dureza—. No iba a ponérselo fácil.
Valeria giró el cuerpo hacia él.
—¿Por qué lo odias tanto? —preguntó—. Dímelo de una vez.
El silencio cayó de golpe.
Sebastián no respondió.
Sus nudillos se pusieron blancos alrededor del volante. La mandíbula tensa. La mirada fija al frente.
—Para el auto —dijo ella.
—Valeria...
—Para. El. Auto.—ordenó decidida.
Él respiró hondo.
—Dame un momento—quiso persuadirla, pero ella era imposible de convencer.
—No —negó ella—. No estoy dispuesta a secretos. Si no hablas, lo voy a tomar como lo que es: que no confías en mí.
Sebastián cerró los ojos un segundo.
—¿Por qué tienes que ser tan terca?—pugnó en un bufido.
—Porque no quiero medias verdades —respondió—. Para el auto.
El conflicto lo atravesó por dentro. Finalmente frenó.
El silencio volvió a instalarse.
Valeria esperó.
Un segundo.
Dos.
Nada.
Abrió la puerta.
—Espera —dijo Sebastián, con urgencia—. Te lo diré... pero no aquí. Conozco un lugar.
Ella dudó, pero volvió a cerrar la puerta.
No dijo nada.
Minutos después llegaron.
El auto se detuvo frente a un invernadero oculto entre vegetación y estructuras de cristal que reflejaban la luz de la noche. Todo era verde, vivo, silencioso. Un refugio fuera del tiempo.
Valeria bajó del auto y se quedó inmóvil.
—¿Cómo conoces este lugar? —preguntó, casi en un susurro.
—Hace años —respondió él—. Cuando viajaba a Londres... venía aquí.
Ella se giró, se cruzó de brazos y lo miró de frente. Aunque no quería parecer intensa, ya esa situación la sobrepasaba, necesitaba saber que había ocurrido entre ellos, para que existiera tanto rencor.
—Habla.
Sebastián tardó.
Buscó las palabras como quien intenta tocar una herida que nunca cerró.
—Hubo una mujer —comenzó—. Estaba enamorado de ella.
La imagen lo golpeó sin aviso.
Un Flashback.
Recuerdos duros de traer al presente.
Ella reía.
Cabello oscuro.
Manos entrelazadas con las suyas.
Un anillo brillaba entre ambos.
—Vamos a casarnos —decía ella, apoyando la frente en su pecho mientras reía, él la observaba con añoranza, sus ojos solo podían verla a ella, no existía nada más alrededor.
Sebastián la amaba. Con todo. Sin reservas.
Era su hogar.
—Será en un lugar muy hermoso, lleno de flores e irán todos nuestros amigos y familiares—propuso ella. Sebastián asintió porque siempre su respuesta para ella, era un si rotundo.
En la celebración del compromiso todo cambió.
Apareció él.
Carismático. Seguro. Brillante.
La miraba distinto.
Sebastián lo notó. Pero guardó silencio, pensaba que eran cosas de su imaginación, quizás estaba demasiado enamorado para darse cuenta de lo que pasaba, pero luego ella cambió. Ya no era la misma persona dulce que él había conocido, siempre estaba irritada cuando llegaba, le molestaba la sola presencia de Sebastián, de hecho pasaba más tiempo alejada de él, que juntos.
Entonces Sebastián empezó a sospechar. Ya era demasiado tarde cuando quiso investigar.
La siguió uno de esos días en los que ella dijo que iría con sus amigas al spa. Pero no resultó ser ningún lugar de relajación, ella no estaba con sus amigas, se había encontrado con Maximilian en un hotel.
Y fue en ese momento que algo dentro de él se rompió y ya no volvió a encajarse igual.
Maximilian la sedujo lentamente. Con palabras. Con promesas.
Y ella... se fue.
Canceló el compromiso.
Dejó a Sebastián roto.
***
—Me destrozó —continuó Sebastián, de vuelta en el presente—. Desde entonces cerré todo. Me volví frío. Vacío. Me importaba solo yo.
Valeria no dijo nada.
—Tiempo después —su voz bajó— supe que él la dejó.
***
Otra imagen.
Una secretaria nerviosa.
—Hay una mujer afuera... pregunta por usted.
—Dile que no estoy —respondió él, sin levantar la vista.
Desde su oficina, Sebastián la vio irse. Cabizbaja. Sola.
No volvió a verla nunca más.
El relato terminó.
***
El invernadero estaba lleno de flores. Colores suaves. Vida.
Contraste cruel.
Valeria tenía los ojos llenos de lágrimas. No habló. No pudo.
Sebastián tampoco.
Se quedaron ahí, mirando las flores, compartiendo un silencio pesado, denso, verdadero.
Por primera vez... sin máscaras.
El silencio no era vacío era insoportable.
Valeria seguía mirando las flores del invernadero, pero ya no las veía. Tenía los ojos húmedos con gotas que se negaban a caer, como si aún intentara sostenerse de algo que no sabía cómo nombrar.
—Por eso... —dijo al fin, con la voz rota— por eso eres así.
Sebastián levantó la vista lentamente.
—¿Así cómo? —preguntó, aunque sabía la respuesta.
—Frío. Duro. Como si nada te tocara —Valeria se giró hacia él—. Como si amar fuera una debilidad.
Él apretó la mandíbula.
—Porque lo fue —respondió—. Amar me destruyó.
Valeria dio un paso hacia él, indignada y dolida al mismo tiempo.
—No —negó—. Lo que te destruyó fue no volver a intentarlo.
Sebastián soltó una risa amarga.
—No tienes idea de lo que se siente, Valeria. —Se pasó una mano por el rostro—. Yo la amaba. Pensé que era mi futuro. Mi vida. Y verla irse con él... —cerró los ojos— me hizo sentir reemplazable. Insuficiente. Como si todo lo que yo era, todo lo que le había dado no hubiera sido suficiente.
Valeria tragó saliva.
—¿Y por eso te castigas desde entonces?
—No —respondió—. Por eso castigo a los demás.
La confesión cayó como un golpe.
—Cuando apareciste tú —continuó—... todo empezó a desmoronarse otra vez. Yo no quería sentir nada. No debía. Pero me importaste. Y eso me dio miedo.
Editado: 23.01.2026