Capítulo—
Maximilian no dormía.
No porque se sintiera culpable, sino porque su mente funcionaba mejor cuando el tablero estaba completo.
Necesitaba todas las piezas en su lugar.
Hizo llamadas. Muchas. Con calma quirúrgica.
Confirmó lo que ya intuía: Sebastián estaba en Londres.
Y no solo eso.
—Interesante... —murmuró al ver la información en su teléfono—. Mismo hotel.
Una sonrisa lenta, satisfecha, se dibujó en su rostro.
—Vaya suerte la mía —susurró—. Esto lo hará mucho más fácil.
Estaba acostumbrado a tener el control, a ganar y cuando las cosas no salían como él se lo proponía, eso lo enfadaba mucho, pero había algo en ese juego que lo mantenía con una excitación hipnótica, y era la adrenalina de ganar. Fácil para él muchas veces, estaba acostumbrado a que todo saliera como lo planificaba.
Marcó el número de Fabiana.
—Tenemos poco tiempo —le dijo cuando ella contestó—. Esta es tu única oportunidad para recuperarlo.
Fabiana guardó silencio por un momento.
—¿Qué quieres a cambio? —preguntó finalmente.
—Un favor pequeño —respondió él—. Pon tu teléfono en vibrador y llévalo en el bolsillo. Espera mi mensaje. Cuando estés con él... deja la puerta abierta.
Ella entendió al instante. Sabía que algo traía entre manos, pero también quería recuperar a Sebastián.
—¿Para qué?
—Para que alguien vea lo que tiene que ver.
Fabiana dudó... pero la herida seguía abierta.
—Está bien —aceptó—. Pero después de esto, no quiero saber de ti y no te debo nada.
—Al contrario —pensó Maximilian—. Me lo deberás todo—contestó calculador con una sonrisa inquietante.
***
A la mañana siguiente, Maximilian tocó la puerta de Valeria.
Silencio.
Insistió una vez más. Nada.
Sabía que estaba molesta. Sabía que lo evitaba. Pero eso no iba a detenerlo. Al contrario, le dio más determinación para lograr su objetivo.
—Ya veremos quién gana—murmuró.
Bajó al lobby y habló con un camarero. Le entregó una nota doblada, con una caligrafía cuidadosamente imitada.
—Por favor, entréguesela a la señorita de la habitación 814. Dígale que viene de... Sebastián.
Minutos después, Valeria tenía el papel en las manos.
"Ven a mi habitación. Necesito hablarte"
El corazón le dio un vuelco.
No dudó demasiado.
Se cambió, respiró hondo y salió al pasillo, sin saber que cada paso estaba siendo guiado por alguien más.
***
Sebastián abrió la puerta sin mirar.
Y el pasado lo golpeó de frente.
Fabiana.
El mundo se le vino encima en una ráfaga de recuerdos: risas, promesas, planes rotos.
—¿Qué demonios haces aquí? —dijo, con la voz dura.
—Te vi en el hotel —mintió ella—. ¿Puedo pasar?
—No tengo tiempo—se negó con una mirada mortal.
—Por favor—insistió con suavidad en un intento de persuadirlo.
Sebastián cerró los ojos un segundo... y se hizo a un lado.
Error.
—¿Cómo has estado? —preguntó ella, suave.
—Bien —respondió seco.
—Te he extrañado.
Él soltó una risa irónica.
—Qué curioso. Ahora sí.
Fabiana dio un paso más.
—Cometí errores... pero mi amor por ti sigue intacto.
—Llegas tarde —dijo Sebastián, con un filo que dolía—. Ya no te amo.
—No me digas eso —replicó ella—. Sabes que no es verdad.
La discusión subió de tono.
—¡Me destruiste! —estalló él—. Tiraste todo a la basura por alguien que solo sabe usar a las personas.
—Fui una estúpida —admitió ella, con lágrimas contenidas—. Pero te amo.
En ese momento, el teléfono vibró en su bolsillo.
Fabiana entendió.
Escuchó pasos en el pasillo.
Escuchó la voz de Valeria.
—¿Sebastián?
Sin pensarlo.
Sin medir consecuencias.
Fabiana tomó el rostro de Sebastián y lo besó.
Justo cuando la puerta se abrió.
Valeria se quedó inmóvil.
La escena se grabó en su mente como una herida abierta:
Sebastián.
La mujer.
El beso.
El mundo se detuvo.
Y nada volvió a ser igual.
Valeria reaccionó como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones.
El golpe fue inmediato, brutal.
Dio un paso atrás, luego otro, negando con la cabeza, como si así pudiera borrar la imagen que acababa de clavársele en los ojos.
—No... —susurró, con la voz quebrada—. No. No.
Sebastián se separó de golpe de Fabiana.
—Valeria, espera...
Ella giró sobre sus talones y salió al pasillo casi corriendo. El corazón le martillaba con furia, la garganta cerrada, los ojos ardiendo.
—¡Valeria! —la alcanzó él, tomándola del brazo—. No es lo que crees.
Ella se soltó con violencia.
—¡No me toques! —gritó, temblando—. La vi, Sebastián. La vi besándote. No intentes negarlo.
—¡Ella fue quien me besó! —dijo él desesperado—. Yo no—
—¡Mentiroso! —lo interrumpió, con una risa rota que dolía más que un grito—. Todo lo que me dijiste... todo... no fue más que una mentira bien ensayada.
Sebastián negó con la cabeza, los ojos enrojecidos.
—Te juro que no —dijo, casi suplicando—. Valeria, mírame. Tú sabes que yo no—
—No sé nada —respondió ella, con frialdad repentina—. Y ese fue mi error. Creerte con los ojos cerrados.
El elevador llegó con un sonido seco.
—Por favor —dijo él, la voz hecha trizas—. No te vayas así. Déjame explicarte.
—¿Explicarme qué? —preguntó ella, entrando al elevador—. ¿Cómo juegas con la gente? ¿Cómo dices amar mientras besas a otra?
Las puertas comenzaron a cerrarse.
—Valeria... —susurró él, derrotado.
—No vuelvas a buscarme —dijo ella, mirándolo por última vez—. Ya me rompiste suficiente.
Las puertas se cerraron.
Sebastián se quedó inmóvil en el pasillo, con la sensación de que algo dentro de él acababa de morir otra vez. Más lento. Más profundo.
Había vuelto a perder lo que amaba.
Editado: 23.01.2026