Capítulo—
El bar había quedado en silencio.
Demasiado silencio.
Sebastián y Maximilian estaban sentados uno al lado del otro, como dos enemigos que ya se habían dicho todo con los puños y ahora solo les quedaba la verdad desnuda.
—Siempre fuiste así —dijo Sebastián al fin, sin mirarlo—. No conquistas… invades.
Maximilian apretó la mandíbula.
—¿Y tú qué hiciste? —respondió—. ¿Creer que bastaba con sufrir en silencio? Las mujeres no se quedan por lástima, Sebastián.
—No hables de ella —espetó Sebastián, girándose al fin—. No tienes derecho.
Maximilian soltó una risa breve, amarga.
—¿Derecho? Tú la dejaste ir creyendo que el pasado te justificaba. Yo solo tomé lo que estaba libre.
—La manipulaste —dijo Sebastián, con la voz baja, peligrosa—. Usaste el dolor de otros como piezas de ajedrez.
—Así funciona el mundo real —respondió Maximilian—. El que duda, pierde.
Sebastián se puso de pie.
—No esta vez.
Maximilian alzó la vista.
—Esto no termina aquí —continuó Sebastián—. Tocaste lo único que no debías tocar.
Se inclinó un poco hacia él.
—Y te lo voy a cobrar.
Se dio la vuelta y se marchó, dejando tras de sí una amenaza suspendida en el aire.
Maximilian se quedó solo.
Por primera vez… inquieto.
***
Valeria cerró la puerta de su habitación con un golpe seco.
El silencio la atacó.
Lanzó el bolso contra la silla, se llevó las manos al cabello y gritó, un grito ahogado, lleno de rabia y dolor. Caminó de un lado a otro, respirando mal, con el pecho apretado.
—¡Basta! —se dijo a sí misma—. Basta ya.
Las imágenes volvían sin permiso: el beso, la pelea, las miradas, las mentiras.
Sintió ganas de llorar… pero también de huir.
Se cambió de ropa, tomó su abrigo y salió del hotel sin mirar atrás.
Pidió un taxi.
—Trafalgar Square —dijo primero, luego dudó—. No… mejor la National Gallery.
Un lugar tranquilo para el caos que llevaba dentro, quizás la ayudaría.
El taxi avanzó entre las calles de Londres, mientras Valeria apoyaba la frente en la ventana, observando luces y sombras, tratando de ordenar un corazón hecho pedazos. Cavilando en lo que ocurrió, intentando decidir que hacer con su vida, porque sí, todo era más sencillo cuando no tenía que estar en medio de dos hombres que se odiaban, cuando no tenía tantas emociones revoloteando en su estómago, cuando simplemente no era necesario tener que huir.
Soltó un largo suspiro como si eso le pudiera devolver la calma, reflexionando sí valía la pena todo lo que estaba viviendo.
La galería estaba llena de turistas, pero aun así, el ambiente tenía algo solemne, casi sagrado.
Valeria caminó despacio entre las salas, deteniéndose frente a los cuadros. Rostros antiguos. Miradas eternas. Historias congeladas en óleo.
Todos esconden algo, pensó.
Se detuvo frente a una pintura en particular, absorta, intentando respirar, intentando no sentir y al mismo tiempo anhelando sacar de su cabeza los problemas, al menos por ese momento.
—Es curioso —dijo una voz masculina a su lado—. Uno viene buscando belleza… y termina encontrándose a sí mismo.
Valeria giró lentamente.
Y se quedó inmóvil.
—¿Harrison..? —preguntó, incrédula.
El hombre sonrió con tranquilidad elegante, la misma presencia imponente que lo caracterizaba.
—Veo que no he perdido mi fama —respondió—. Valeria, ¿verdad?
Ella asintió, todavía sorprendida.
—No esperaba encontrarte aquí.
—Ni yo a ti —dijo él—. Londres suele hacer eso… cruza caminos cuando uno más lo necesita.
Valeria tragó saliva.
No sabía por qué, pero algo en esa coincidencia le erizó la piel.
Valeria parpadeó un par de veces, como si su mente necesitara confirmar que no estaba imaginando aquella figura frente a ella.
—Vaya, debo ser honesta, justo ahora estoy muy sorprendida … —dijo al fin.
Y entonces sonrió.
Una sonrisa real. Espontánea. De esas que nacen sin permiso.
Se acercó a él sin pensarlo y lo abrazó. Harrison se quedó un segundo quieto… y luego le devolvió el abrazo con una calidez conocida, segura.
—Vaya forma de reencontrarnos —dijo él, con una leve risa—. En una galería de arte, en Londres… es como si el destino nos hubiera puesto aquí.
—No sabes cuánto me alegra verte —respondió ella, separándose apenas—. De verdad.
Harrison la observó con atención. No dijo nada al principio. Solo la miró.
Demasiado bien.
—Me alegra verte sonreír —dijo—. Aunque… no del todo.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Él ladeó la cabeza, suave.
—Que tu sonrisa llega… pero tus ojos no.
Ella bajó la mirada de inmediato.
—A veces —continuó Harrison—, el rostro grita lo que el corazón se empeña en callar.
Esas palabras le atravesaron el pecho. Sí había algo que Harrison tenía, era esa maravillosa capacidad de leerla como si fuera un libro abierto, Valeria no podía ocultarle nada porque su capacidad de analizarla era incomprensible. Como si la conociera de toda la vida.
Ella tragó saliva. Sintió cómo el peso que llevaba se le apretaba en la garganta.
—Estoy cansada, Harrison —admitió en voz baja—. Muy cansada.
Caminaron juntos por la sala, despacio, deteniéndose frente a un cuadro de tonos oscuros.
—Siempre has sido fuerte —dijo él—. Incluso cuando no lo sabías.
Ella negó con la cabeza.
—No sé qué hacer —confesó—. Todo se me salió de las manos. Creí en personas que no debía… y ahora no confío ni en mí.
No mencionó el nombre de Maximilian porque no quería involucrar a Harrison en el problema, no era justo para él.
La miró con esa serenidad que siempre lo había caracterizado.
—Ser fuerte no es no caer —dijo—. Es levantarte sin convertirte en aquello que te lastimó.
Valeria lo miró, con los ojos brillantes.
—¿Y si no puedo? —preguntó—. ¿Y si esta vez me rompí de verdad?
Editado: 23.01.2026