Bajo su mando

Abriendo el corazón al amor y un enemigo que no acepta perder.

Capítulo—

Valeria apenas había dejado la maleta junto al sofá cuando el cansancio emocional la golpeó con más fuerza que el jet lag. Se dejó caer, hundiendo el rostro entre las manos.

—Todo fue un desastre, Lucía… —murmuró con la voz rota—. Un completo desastre.

Lucía, sentada frente a ella con una taza de café, frunció el ceño mientras escuchaba en silencio. No la interrumpió. Dejó que Valeria hablara de Londres, de Maximilian, de Fabiana, del beso, de la pelea en el bar, del ascensor cerrándose como una sentencia.

Cuando terminó, el silencio fue denso. La verdad fue un largo viaje lleno de tensión, cosa que últimamente se había vuelto rutina en la vida de Valeria. Y lo odiaba.

Lucía apoyó el codo en el respaldo y la miró fijamente.

—Ok —dijo al fin—. Déjame ver si entendí bien.

Valeria alzó la mirada, los ojos brillosos.

—Maximilian es un idiota manipulador de manual. El peor que he escuchado en meses —continuó Lucía sin anestesia—. Y Sebastián… reaccionó como un hombre desesperado que creyó perder a la mujer que ama.

Valeria negó despacio.

—No lo sé… todo fue tan confuso. Me sentí engañada, humillada. Tenía miedo de que todo se complicara otra vez.

Lucía se inclinó y, sin aviso, le dio un golpecito suave en la frente.

—¡Ay! —protestó Valeria.

—Reacciona, mujer —dijo Lucía—. Sebastián no es perfecto, nadie lo es. ¿Hizo cosas mal en el pasado? Sí. ¿Estoy justificándolo? No. Pero lo que pasó en Londres… —negó con la cabeza— eso fue miedo puro. Terror a perderte.

Valeria tragó saliva.

—¿Y si me equivoco otra vez?

—¿Y si no? —replicó Lucía con firmeza—. A veces el mayor error no es confiar… es huir.

Valeria bajó la mirada. Las palabras le pesaban en el pecho como verdades incómodas. En realidad todo se le mezclaba en la cabeza como una licuadora de emociones, no sabía ni que sentir o pensar, pero una cosa sí sabía. Ella tenía obvios sentimientos hacia Sebastián, pero a la vez el temor a lo que pudiera ocurrir después, la hacía retroceder.

Mientras cavilaba entre ideas y posibilidades el timbre sonó.

Ambas se quedaron congeladas.

—No… —susurró Valeria—. No puede ser.

Lucía alzó una ceja.

—Si es una pizza, no la pedí—expresó confusa.

Valeria se levantó despacio, el corazón golpeándole las costillas. Cada paso hacia la puerta era una batalla interna. Tomó aire y giró el picaporte.

Sebastián estaba ahí.

No traía la sonrisa de siempre, esa que le hacía parecer un ganador. Ni arrogancia. Ni orgullo. Solo cansancio… y algo muy parecido a la rendición.

—Hola —dijo él en voz baja—. Perdón por venir sin avisar. Solo… necesitaba verte.

Valeria no habló.

—No vengo a insistir —continuó Sebastián—. Vine a despedirme. Mañana me voy.

Eso dolió más de lo que ella esperaba.

—Lo siento —dijo él, con la voz quebrándose—. Fui un idiota. Hice todo mal. Si pudiera volver atrás cambiaría tod—

Valeria no lo dejó terminar.

Lo tomó del cuello de la camisa y lo besó.

No fue un beso tímido. Fue urgente, cargado de todo lo que no se dijeron, de rabia, de miedo, de amor contenido. Sebastián tardó apenas un segundo en reaccionar… y cuando lo hizo, la besó con la misma intensidad, como si el mundo pudiera acabarse en ese instante.

Desde el fondo del departamento se escuchó un ahogo dramático.

— ¡¡¡OH. MY. GOD!!!—exclamó Lucía explotando en alegría.

Ambos se separaron apenas, respirando agitados.

Lucía estaba ahí, con los ojos abiertos como platos.

—Mi mandíbula… se va a caer… —murmuró.

Valeria tenía las mejillas ardiendo. Sebastián parecía completamente descolocado.

—Yo… —empezó él.

Valeria apoyó la frente en su pecho.

—No quiero que te vayas —dijo, con la voz temblorosa—. Te necesito. Y estoy cansada de huir. Tal vez fui una estúpida… pero ya no quiero seguir negando lo que siento.

Sebastián la miró como si no pudiera creerlo.

—¿Hablas en serio?

—Nunca había hablado tan en serio en mi vida.

Lucía levantó los brazos.

—¡¡SÍ!! ¡¡¡OMG esto es hermoso!!!

Valeria la miró fulminante.

—Lucía…

—Ok, ok —dijo ella retrocediendo—. Esto claramente requiere privacidad… y una conversación larga, intensa y probablemente traumática.

Se dirigió a la puerta de su habitación, pero antes de cerrarla añadió con una sonrisa maliciosa:

—Eso sí… procuren hablar en voz alta. No quiero perderme este momento histórico.

La puerta se cerró.

Valeria negó con la cabeza, avergonzada. Sebastián reprimió una risa suave… la primera en mucho tiempo.

—Tu amiga es… increíble.

—Insoportable diría yo—respondió Valeria, mirándolo—. Pero suele tener razón.

Y esta vez, por primera vez en mucho tiempo, Valeria decidió no tener miedo de creerlo.

El silencio volvió a instalarse en la sala después del beso.

No era incómodo. Era pesado. De esos silencios que anuncian verdades largamente guardadas.

Valeria se separó apenas de Sebastián y caminó hasta la ventana. Abrazó sus propios brazos como si de pronto el aire se hubiera vuelto frío.

—Hay algo que nunca te conté… —dijo sin mirarlo—. Algo que juré no volver a decir en voz alta.

Sebastián no habló. No la apuró. Aprendió que con Valeria, el amor también era paciencia.

—Por eso huí —continuó ella—. Por eso cuando sentí lo que sentía contigo… me asusté tanto.

Se giró. Sus ojos estaban brillosos.

—Antes de ti… yo ya había amado a alguien.

Sebastián sintió un golpe seco en el pecho, pero se mantuvo firme.

—Pensé que era el amor de mi vida —dijo ella con una risa amarga—. Me prometió todo. Un futuro, lealtad, respeto. Me juró que yo era suficiente.

Respiró hondo.

—Y yo le creí.

Flashback

La Valeria de entonces sonreía más. Reía fuerte. Confiaba sin miedo porque tenía razones para hacerlo, alguien le había dado muchos motivos, ella creía tanto en el amor verdadero, en las palabras que se volvieron promesas y que guardaba en su corazón.




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