Bajo su mando

Un plan escalofriante

Capítulo—

Valeria cerró la puerta de su oficina con más fuerza de la necesaria.

El silencio que quedó después fue pesado, casi sofocante. Caminó hasta su escritorio, dejó el bolso caer al suelo y se apoyó con ambas manos sobre la superficie de cristal, respirando hondo, como si necesitara recordarse a sí misma que seguía de pie.

—Desgraciado… —susurró.

La imagen de Maximilian, seguro, arrogante, convencido de haberla acorralado, le quemaba la mente. No era solo rabia lo que sentía. Era frustración. Impotencia. Esa sensación asfixiante de saber que tenía la razón, pero no las pruebas.

Apretó los labios.

No iba a romperse. No ahora. Debía mantenerse firme para lo que venía.

Tomó su teléfono.

Marcó un número que conocía de memoria, pero que hacía tiempo no usaba. El tono sonó una vez. Dos.

—¿Sí? —respondió una voz del otro lado, grave, cautelosa.

Valeria cerró los ojos un segundo antes de hablar.

—Necesito hablar contigo —dijo—. Es importante.

Hubo una breve pausa. No de duda, sino de cálculo.

—Está bien —respondió la voz—. Quedo atento.

—Te contactaré pronto.

Colgó sin más.

El corazón le latía con fuerza. No sabía si esa llamada sería su salvación, pero ya no había marcha atrás.

Luego marcó otro número.

—Sebastián —dijo apenas él respondió.

—¿Todo bien? —preguntó de inmediato, como si ya supiera que no.

Valeria caminó hasta la ventana, mirando la ciudad.

—Tenemos que vernos esta noche. Hay cosas que tengo que contarte en persona.

El silencio del otro lado fue tenso.

—¿Pudiste renunciar? —preguntó finalmente.

Ella apretó la mandíbula. Pensando en ese momento cuando Maximilian la acorraló amenazándola.

—No. No todavía.

Sebastián exhaló despacio. Valeria podía imaginarlo pasando una mano por su cabello, conteniendo la furia.

—Eso significa que él hizo algo —dijo con voz baja.

—Sí —admitió ella—. Pero no estoy sola. Solo… confía en mí—prosiguió con seguridad, no iba a darse por vencida sin pelear.

Hubo unos segundos interminables.

—Confío —dijo al fin—. Aunque me cueste. Te veo esta noche.

—Gracias…—hizo una pausa y añadió—. Sebastián, no voy a retroceder con lo que te dije, pienso intentarlo porque lo que siento por ti es mucho más fuerte que yo.

—Y yo no pienso rendirme contigo Valeria, ya llegamos hasta aquí y el mayor paso era aceptar que te amo, así que confío que todo esto termine.

Ell sintió un nudo en la garganta y se despidió antes de que la voz se le quebrara.

Solo entonces marcó el último número.

—¡Amigaaaa! —respondió Lucía con su entusiasmo habitual—. Dime que ya renunciaste y que vamos a celebrarlo con vino.

—Lucía —dijo Valeria, seria.

El cambio fue inmediato.

—¿Qué pasó?

Valeria se dejó caer en la silla.

—Necesito saber algo. ¿Sigues siendo amiga de Travis?

—Sí…por supuesto, de vez en cuando salimos—respondió Lucía, intrigada—. ¿Por qué?

Valeria miró el techo, girando lentamente la silla.

—Voy a necesitar un favor.

Lucía sonrió del otro lado, aunque Valeria no podía verla.

—Eso es pan comido. Tú ordena que yo cumplo.

—Invítalo a cenar.

—¿Eso es todo? ¿Una cena? Ay, Valeria, yo pensé que haríamos algo interesante.

—Por ahora es solo eso, necesito que investigues algo, te enviaré toda la información detallada por texto y cuando la tengas sabrás que hacer.

—Hecho —dijo Lucía sin dudar—. Cuando quieras, ejecutamos la siguiente fase.

Valeria colgó y dejó caer el brazo con el teléfono.

Se quedó ahí, girando suavemente, mirando el techo blanco, dejando que el ruido lejano de la ciudad se filtrara por la ventana.

Maximilian creía que la tenía atrapada.

Que había ganado.

Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en los labios de ella porque iba a darle una razón para que pensara dos veces volver a amenazarla.

—No sabes con quién te metiste —murmuró.

Cerró los ojos.

Si Maximilian quería guerra, la tendría.

***

Las horas siguientes transcurrieron con una normalidad forzada.

Valeria respondió correos, revisó informes y sostuvo reuniones como si nada hubiera cambiado. Por fuera, la ejecutiva impecable. Por dentro, una tormenta contenida que amenazaba con estallar a la menor provocación. Estaba cargando con todo ese peso de frustración y la cosa empeoraba si veía el rostro de Maximilian, era como si se burlara de ella en su propia cara, cosa que le provocaba romperle la nariz de un puñetazo.

Cuando finalmente guardó sus cosas y se levantó de la silla, una voz conocida la detuvo.

—¿Ya te vas?

Maximilian estaba apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa ensayada que ahora Valeria detestaba.

—Sí —respondió sin mirarlo—. ¿O también piensas retenerme aquí?

Él soltó una risa suave, como si la pregunta le pareciera encantadora.

—No estoy demente —dijo—. Te veo mañana.

Ella tomó su bolso.

—Perfecto.

—Ah… —añadió él, dando un paso hacia ella—. Tengo una sorpresa para ti.

Valeria se detuvo, lo miró por fin, con una sonrisa cargada de ironía.

—Si es como la sorpresa de hoy, prefiero que no.

Los ojos de Maximilian brillaron. No se ofendió. Al contrario, parecía disfrutarlo.

—Mañana lo veremos —respondió, guiñándole un ojo—. Descansa.

Valeria salió sin despedirse.

El ascensor descendió mientras ella apretaba los puños, las uñas clavándose en las palmas.

Odiaba ese juego.

Odiaba que creyera tener control sobre ella.

Apenas cruzó la puerta del edificio, marcó un número.

—¿Dónde estás? —preguntó cuando Sebastián respondió.

—Salía del trabajo.

—Necesito verte. Ahora.

—Dime dónde.

Eligieron un restaurante discreto, lejos de miradas conocidas. Cuando Valeria llegó, Sebastián ya estaba allí. Al verla, se levantó de inmediato.




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