Bajo su mando

No todo está perdido

Capítulo —

Treinta minutos después, Valeria estaba sola en su oficina.

El silencio era ensordecedor.

La pantalla del televisor aún mostraba imágenes repetidas de la rueda de prensa: sonrisas, flashes, titulares anticipados. “Compromiso inesperado en Harrison Corp”. Cerró los ojos con fuerza y apagó todo.

Ya no había marcha atrás.

Había aceptado.

Frente a la prensa.

Frente al mundo.

Y la devastación le cayó encima como un peso imposible de sostener.

Su mirada se clavó en el enorme arreglo de flores que descansaba en una esquina de la oficina. El mismo que había ignorado por la mañana. Ahora lo veía distinto. Como una burla. Como una jaula disfrazada de pétalos.

—Te odio… —susurró.

Se acercó y, sin pensarlo, lo empujó con rabia. Las flores cayeron al suelo. Las arrancó una a una, rompiéndolas entre sus manos, como si así pudiera arrancarse el dolor del pecho.

Las lágrimas comenzaron a caer sin permiso. El pecho se apretaba más y el nudo en su garganta tomaba fuerza.

—Yo te amo a ti… —murmuró entre sollozos, pensando en Sebastián—. Siempre fuiste tú.

El destino parecía empeñado en arrebatarle todo lo que tocaba. Cada vez que intentaba ser feliz, algo —o alguien— se lo destruía.

Con el rostro empapado y el corazón hecho pedazos, salió de la oficina.

—Saque ese arreglo inmediatamente —le ordenó a su asistente con voz firme—. Para mañana no quiero ver ni una sola flor ahí.

—Sí, señorita Cruz —respondió ella sin preguntar.

Valeria se marchó. No miró atrás porque lo que antes pensó era una oportunidad, ahora se convertía en su prisión, los recuerdos de las promesas de Harrison se colaban sin permiso haciendo más insoportable su aflicción.

Cuando llegó a casa, apenas cerró la puerta, Lucia apareció como un torbellino.

—¿Se puede saber por qué rayos acabo de verte en la televisión, Valeria Cruz? —exclamó—. ¡Aceptando un compromiso de matrimonio con Maximilian Cole! ¿Te volviste loca? ¿Qué demonios te pasa? ¿Estás…?

Se detuvo en seco porque algo le pareció que estaba mal, Valeria no estaba escuchando, de hecho parecía perdida como si se hubiera equivocado de casa, o de planeta.

El rostro de ella estaba vacío. Perdido. Sus manos temblaban.

Lucia dio un par de pasos hacia ella.

Y entonces Valeria se quebró.

—No puedo más… —dijo con un hilo de voz antes de romper en llanto.

Se lanzó a los brazos de su amiga como una niña rota dejó que el dolor contenido saliera en los brazos de la única persona que podía comprenderla. Lucia la sostuvo de inmediato, fuerte, sin reproches, sin preguntas. Solo la abrazó, como si pudiera protegerla del mundo entero.

—Estoy cansada… —sollozó Valeria—. Ya no quiero seguir. Me está pasando otra vez, Lucia… lo mismo que antes… la misma historia… solo que ahora duele más.

Lucia la meció con ternura, acariciándole el cabello.

—Shh… ya. Llora todo lo que tengas que llorar—murmuró entendiendo que en una situación así solo debía estar para ella.

Y Valeria lo hizo. Lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Hasta que el cuerpo le dolió de tanto sentir.

Cuando por fin se calmó, Lucia la separó apenas para mirarla a los ojos.

—Bien —dijo con decisión—. Ya lloraste. Ahora compónte, Valeria.

—No tengo fuerzas… —susurró ella sin ánimos de respirar.

—Claro que las tienes —replicó Lucia—. ¿O acaso no tenías un plan?

Valeria asintió lentamente. Pero ya no sabía si ese plan valía la pena, ella estaba comprometida frente a la prensa con Maximilian.

—Entonces mejoremos ese plan—indicó Lucía con una sonrisa peligrosa.

Valeria frunció el ceño, confundida.

—¿Qué…?

ella sonrió de lado, con ese brillo en los ojos que solo advertía una idea temeraria.

—Mi madre siempre decía que si alguien te juega sucio… debes devolverle el favor.

Las palabras hicieron clic.

Valeria se irguió de golpe.

—Claro… —dijo, abriendo los ojos—. ¡Claro! ¿Cómo no se me ocurrió antes?

Lucia sonrió, satisfecha.

—Esa es la Valeria que conozco. La que no se deja. La que enfrenta al mundo—celebró que finalmente su amiga estaba superando su crisis del momento.

Valeria respiró hondo, sintiendo cómo algo dentro de ella volvía a encenderse. Claro, porque no podía rendirse sin pelear primero.

—Vamos a hacer de este evento el más grande de la historia —dijo con determinación—. Que Maximilian jamás lo olvide.

—Oh, se va a arrepentir —respondió Lucia con una sonrisa peligrosa—. Y además… yo le voy a dar un regalito. De mi parte—añadió saboreando cada palabra como un delicioso manjar.

—¿Qué regalo? —preguntó Valeria intrigada.

Lucia se encogió de hombros, divertida.

—Tú tranquila… yo nerviosa, amiga. Ya lo verás cuando llegue el momento.

Se miraron.

Y sin decir nada más, comenzaron a trazar el plan.

Porque si Maximilian quería guerra…

acababa de declarar una que no iba a ganar.

Pasaron unos cuantos minutos y

El teléfono de Valeria vibró sobre la mesa.

Su corazón se detuvo apenas vio el nombre en la pantalla.

Sebastián.

Contestó de inmediato.

—No entiendo nada —dijo él, sin rodeos, con la voz tensa—. Acabo de ver las noticias… Valeria, sales comprometida con Maximilian. Dime que esto no es real, ¿acaso piensas volverme loco? —cuestionó aturdido.

Valeria cerró los ojos un segundo, respirando hondo. No era fácil de explicar por teléfono el plan de Maximilian y como la tomó por sorpresa. Él sabía jugar muy sucio dar golpes bajos era su especialidad.

—Necesito explicártelo todo en persona —respondió—. ¿Dónde estás?

—Voy camino al aeropuerto.

—Detente —dijo ella con urgencia—. Dime exactamente dónde estás—intervino evitando que se fuera sin antes aclarar la situación. Se lo debía porque ahora lo que ellos estaban atravesando no era simplemente un “vete y luego te explico”




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