Capítulo —
El arte de fingir
Valeria salió de la oficina de Maximilian con el mismo porte impecable con el que había entrado. La espalda recta. El mentón en alto. El paso firme.
Nada en su rostro delataba el terremoto que acababa de sacudirle el mundo.
Si Maximilian la observaba desde su escritorio —y estaba segura de que lo hacía— solo vería a una mujer que había aceptado su destino. Sumisa. Cooperadora. Bajo control.
Justo como él quería.
Cuando cruzó el umbral de su propia oficina, cerró la puerta con seguro. El sonido seco del clic marcó el inicio de otra versión de ella. Una mucho más peligrosa.
Dejó el bolso sobre el escritorio y tomó el teléfono sin sentarse siquiera. Marcó un número de memoria.
—Lucía —dijo en cuanto atendieron—. Dile a Travis que tengo una información bastante interesante. Te la enviaré—explicó detenida, calculada y segura.
Del otro lado de la línea hubo un segundo de silencio. Luego, una risa baja. Satisfecha.
—Oh… —respondió Lucía—. Ya veo. Entraste en modo destruir al enemigo, ¿verdad?
Valeria sonrió apenas. No era una sonrisa amable. Era una promesa.
—Digamos que Maximilian acaba de cometer el error más caro de su vida.
Lucía inhaló lentamente, como quien se prepara para una tormenta.
—Perfecto. ¿Algo más?
—Sí —añadió Valeria, apoyándose en el escritorio—. Tú vas a organizar la fiesta de compromiso. Tres semanas.
Lucía parpadeó al otro lado de la llamada. La tensión cruzó la línea como una corriente eléctrica.
—¿Tres semanas? —repitió—. Entonces vas por todo.
—Por todo —confirmó Valeria sin dudar—. Maximilian sabrá que meterse conmigo no es un juego.
Lucía sonrió. Valeria podía imaginar ese gesto sin verla.
—Cuenta conmigo —respondió—. Hasta el final.
Se despidieron y Valeria colgó. Y poco a poco su idea tomaba forma, las cartas de badajeaban a su favor, con ese nuevo descubrimiento, solo debía ser paciente y podría tener resultados positivos. Pero a pesar que colocaba cada pieza para que encajara a la perfección, algo dentro de ella gritaba como una repetitiva alarma, de que quizás algo podría salir mal.
No pienses eso Valeria.
Se obligó a componerse, y no dudar de su propia capacidad para hacerle saber a Maximilian Cole, que se había metido con la persona equivocada.
Recién entonces se sentó, tomó aire y sacó el teléfono una vez más. Abrió la galería. Las fotos del documento seguían ahí. Claras. Precisas. Condenatorias.
Seleccionó todas.
Destinatario: Sebastián.
Enviar.
No pasaron ni treinta segundos cuando el teléfono comenzó a vibrar.
—¿Eso… es lo que estoy viendo? —preguntó él apenas respondió, con la voz baja, contenida, peligrosa.
—Sí —contestó Valeria sin rodeos—. Es real, lo vi hace unos minutos en el escritorio de Maximilian—confesó y
el silencio se estiró al otro lado de la línea. Sebastián estaba procesando. Encajando piezas. Midiendo consecuencias.
—Si esto es cierto… —dijo al fin— ya lo tenemos.
—Lo tenemos —confirmó ella—. Muéstraselo a quien tú sabes.
—Dalo por hecho.
Valeria cerró los ojos un segundo. No por miedo. Por alivio.
—Gracias por todo lo que estás haciendo —murmuró—. Pronto todo va a acabarse. Y lo que te prometí… lo voy a cumplir.
Sebastián exhaló despacio. Había algo pesado en esas palabras. Algo definitivo.
—No anhelo nada más que eso —respondió—. Que por fin podamos estar juntos. Sin sombras. Sin amenazas.
El corazón de Valeria se apretó, pero su voz se mantuvo firme.
—Falta poco —dijo—. Te lo prometo, y espero verte pronto. Voy a mantenerte al tanto—se despidió con la certeza de que esa promesa era lo que la mantenía en pie.
Colgaron.
Valeria dejó el teléfono sobre el escritorio y miró al frente. El reflejo del vidrio le devolvió una imagen distinta a la de días atrás. Ya no había confusión. Ni lágrimas. Ni duda.
Solo determinación.
Maximilian Cole creía tener el control.
Creía que el juego era suyo.
Pero no sabía algo esencial:
Valeria Cruz nunca jugaba para perder.
***
Dos semanas después, Valeria se observaba en el espejo mientras ajustaba el último botón de su blusa. El reflejo le devolvió a una mujer impecable, serena, casi inalcanzable. Nadie habría imaginado que bajo esa apariencia se gestaba una tormenta silenciosa, paciente, a punto de romperlo todo.
Dos semanas habían transcurrido y con ellas la sensación de que pronto todo acabaría, la pesadilla del control llegaría a su fin, pero Valeria aún seguía siendo paciente. No había visto a Sebastián en esas dos largas semanas que se convirtieron en una eternidad dolorosa, todas las noches hablaron se pusieron en contacto, Valeria le contaba el avance de todo, él por su parte, seguía en Londres, regresaría dentro de dos días para finalmente poder verse.
Lucía, por supuesto, apoyaba a Valeria como la organizadora del gran “evento”
La aliada perfecta. Porque si algo tenía su mejor amiga, era que podía ser el ser más amable del planeta, pero cuando se metían con Valeria, ella no era tan agradable, de hecho podía volverse un tanto meticulosa en cuanto a planes se refería, todo para hacer caer a quien le hiciera daño a su amiga.
El penthouse de Maximilian Cole estaba bañado por la luz de la tarde cuando llegaron. Amplio. Impecable. Frío. Un espacio diseñado para impresionar… y para controlar.
Maximilian las recibió con una sonrisa amplia, confiada, convencido de que cada pieza estaba cayendo exactamente donde él la había colocado.
Lucía se sentó frente a ellos y abrió el cuaderno de organización. Fotografías, muestras, bocetos. Ideas que parecían sacadas de una revista de lujo.
—Esta sería la paleta de colores —explicó, pasando páginas—. Elegante, sobria, con un toque moderno. Y aquí el concepto general del salón—señaló con seguridad profesional.
Editado: 23.01.2026