Capítulo—
Valeria intentaba concentrarse en su respiración, pero la inquietud no la abandonaba. Desde el día en que salió del penthouse de Maximilian con aquel beso marcado como una advertencia, una sombra la acompañaba a cada paso. Disimulaba. Sonreía. Actuaba con normalidad.
Pero el temor seguía ahí, silencioso, porque su última estocada estaba calculada al milímetro… y cualquier sospecha podría arruinarlo todo.
Habían pasado dos días. Dos días eternos.
Ahora estaba sentada en la parte trasera de un taxi, estacionada frente a la mansión de Sebastián. No había querido usar su propio coche. No podía darse ese lujo. No cuando la posibilidad de estar siendo observada era tan real.
Miró la fachada con el corazón acelerado.
Entonces lo vio.
El auto de Sebastián apareció al final del camino y se detuvo frente al taxi. En ese mismo instante, su teléfono vibró.
—Ya estoy aquí —dijo él al otro lado de la línea.
Valeria sonrió, aun sabiendo que lo tenía justo frente a ella.
—Ya te vi —respondió en voz baja.
Pagó al conductor, bajó del taxi y, en cuanto Sebastián descendió de su vehículo, ella caminó hacia él… pero solo logró avanzar unos pasos antes de echar a correr.
Se lanzó a su cuello y lo besó.
Fue un beso intenso, desesperado, como si el mundo se hubiera desvanecido alrededor de ellos. Como si todo lo demás —el compromiso, el plan, el peligro— hubiera dejado de existir. Sebastián respondió de inmediato, con la misma necesidad, con la misma urgencia. La estrechó contra él, como si temiera que volviera a desaparecer.
Las semanas en Londres habían sido interminables.
Cuando se separaron apenas unos centímetros, Valeria apoyó la frente en la de él, respirando agitada.
—Te necesitaba tanto… —susurró—. Necesitaba estar cerca de ti.
Sebastián sonrió con suavidad. Levantó la mano y apartó con delicadeza algunos mechones de su rostro, recorriendo su mejilla con los dedos como si memorizarla fuera una forma de protegerla. La brisa de un invierno acercándose los golpeó con sutileza, y ella cerró los ojos disfrutando tenerlo así de cerca nuevamente.
—Yo también te necesitaba, Valeria —dijo—. Te pensé cada segundo. Conté los minutos para volver a verte.
Ella sonrió, pero su expresión se volvió seria casi de inmediato. El silencio ocupó el lugar, pero estaba lleno de tantas palabras no dichas que debían salir a la luz. Valeria están asustada, claro que lo estaba. Pero necesitaba ser fuerte y ver a Sebastián le dio esa determinación que necesitaba para poder seguir y afrontar todo lo que estaba por venir.
—Hay cosas que tengo que contarte.
Él asintió.
—Y yo también —respondió—. De hecho… una de ellas te está esperando en el auto.
Valeria frunció el ceño instintivamente y giró el rostro hacia el vehículo de Sebastián.
Y entonces lo vio.
Harrison descendía del asiento trasero.
El corazón de Valeria se aceleró con fuerza. El aire pareció volverse más denso. Sin pensarlo, casi como si el cuerpo actuara antes que la razón, soltó lentamente a Sebastián y avanzó hacia él.
Cada paso fue contenido. Medido.
Cuando estuvieron frente a frente, no dijo nada.
Simplemente lo abrazó.
Lo hizo como quien busca refugio. Como una niña que por fin encuentra un lugar seguro. Se aferró a Harrison con una necesidad que no podía fingirse, como si en ese gesto se concentrara todo aquello que le había faltado siempre. Protección. Presencia. Silencio.
Ella tenía una conexión con él difícil de explicar en palabras, solo sentía que Harrison era importante para ella y que tenerlo cerca le dolía más de lo que pensaba.
Él la rodeó con los brazos sin dudarlo, sosteniéndola con una firmeza tranquila, paternal, inquebrantable.
Sebastián observó la escena con una sonrisa serena.
Porque entendía.
Entendía que ese vínculo no competía con el amor.
Que no restaba.
Que no se rompía.
Había lazos que no se explicaban, solo se aceptaban.
Y mientras Valeria permanecía allí, aferrada a ese abrazo que le daba una fuerza distinta, supo que no estaba sola.
No esta vez.
Ella aflojó el abrazo poco a poco y levantó la vista hacia Harrison. Sus ojos brillaban con una mezcla de alivio y emoción contenida.
—Fue extraño verte en Londres… —dijo en voz baja—. Y después simplemente despedirme de ti así… fue duro. Más de lo que imaginé.
Harrison sonrió con suavidad. Una sonrisa cansada, honesta. Detrás de esa sonrisa había un peso de muchas cosas por decir, sin embargo solo la miro respondiendo:
—Creí que alejarme era lo mejor —admitió—. Pensé que darte espacio iba a ayudarte a resolver todo con claridad.
Hizo una pausa, observándola con atención.
—Pero me equivoqué. Me di cuenta de que me necesitabas… y no podía abandonarte.
Valeria sonrió apenas, pero luego bajó la mirada.
Y Harrison lo vio. Porque la conocía más de lo que pretendía.
Vio ese dolor que ella intentaba esconder. La preocupación permanente. El peso de las amenazas que la mantenían en vilo. Supo, sin que ella dijera una sola palabra más, que Maximilian no solo la estaba presionando… la estaba cercando.
—Entremos —dijo con firmeza—. Aquí no es lugar para hablar de esto.
Le hizo una seña a Sebastián, que asintió de inmediato y los guió hacia el interior de la mansión. Caminaron en silencio, ella veía a Sebastián, obviamente estaba tenso, sabía que esa conversación no solamente traía palabras de consuelo, había cosas que plantear y confesiones que hacer, pero Valeria no podía dar marcha atrás, si quería librarse de una vez por todas de Maximilian.
Ya en la sala, se acomodaron en silencio. El ambiente era sobrio, seguro, casi reconfortante. Harrison fue directo al punto.
—Háblame del documento que encontraste en el escritorio de Maximilian.
Valeria se irguió un poco.
—Parecen transferencias —explicó—. A cuentas que no pertenecen a Harrison Corp. Movimientos que no encajan con la estructura financiera de la empresa. Temo que esté cometiendo fraude.
Editado: 23.01.2026