Bajo su mando

Peligro y determinación

Capítulo —

Valeria no pensaba retroceder.

La decisión ya estaba tomada, grabada a fuego en su pecho.

Sebastián, en cambio, seguía luchando contra ella… y contra sí mismo.

—No quiero que corras peligro —insistió—. Mucho menos que te enfrentes a ese infeliz de Maximilian.

Harrison observó el intercambio durante unos segundos más y finalmente habló:

—Los voy a dejar solos —dijo con calma—. Necesitan hablar.

Luego miró a Valeria.

—Estaré atento a tu llamada.

Ella asintió. Sabía que ese momento iba a llegar.

Cuando Harrison abandonó la sala, el silencio se volvió denso. Valeria se giró lentamente y se encontró con el rostro de Sebastián. Él parecía agotado, tenso, con los sentimientos desbordándole en la mirada.

—No puedes tomar una decisión así sin medir las consecuencias —dijo—. Es demasiado, Valeria. Yo no… —se detuvo un segundo— no quiero perderte.

Ella avanzó despacio hacia él. No apartó la mirada ni un instante. Se aferró a su chaqueta, como si el mundo pudiera desaparecer en cualquier momento.

—Necesito hacerlo —dijo con voz firme—. Necesito ser libre.

Respiró hondo.

—Si Maximilian sigue creyendo que tiene poder sobre mí, nunca vamos a ser felices. Nunca.

Sebastián bajó la mirada. Luego volvió a levantarla.

La impotencia lo atravesaba, pero también la comprensión. Durante mucho tiempo había querido dominar a Valeria. Controlarla. Y nunca lo logró. Porque ella era o muy determinada, o realmente testaruda y con eso no podía batallar.

¿Por qué ahora sería diferente?

—No puedo decidir por ti —admitió al fin—. Y no quiero convertirme en alguien que te diga qué hacer. Eso ya pasó una vez y fallé por completo —recordó y ella suspiró en una tenue sonrisa.

Sebastián Exhaló lentamente.

—Solo me queda apoyarte… y rogar para que todo salga bien.

Se acercó a ella.

—Estoy contigo —dijo—. Hasta el final.

Valeria sonrió apenas. Entonces Sebastián la atrajo hacia su cuerpo y la besó. No fue un beso desesperado. Fue profundo, contenido, como una promesa sellada en el silencio de esa sala.

***

Más tarde, Valeria estaba en casa con Lucía. Ambas ocupaban el sofá, rodeadas de cajas de comida china. Lucía devoraba sus fideos con entusiasmo mientras Valeria le explicaba todo con calma todo el caso de Maximilian y como se había metido en negocios realmente turbios.

—Ese hombre es un desgraciado —exclamó Lucía—. Un delincuente de lo último.

Hizo un gesto exagerado con las manos.

—Si fuera por mí, ya lo habría colgado de los testículos.

Valeria no pudo evitar reír.

—Esto es serio, Lucía —dijo—. Si algo sale mal, corro mucho peligro.

Lucía dejó los fideos a un lado, ahora sí atenta.

—¿Y qué vas a hacer?

—Llamé a Harrison —respondió Valeria—. Le dije que aceptaba. Que cuándo sería el momento de sacarle la confesión a Maximilian.

—¿Y?

—Me dijo que me lo explicaría personalmente —añadió—. Viene en camino.

Lucía se puso de pie de un salto.

—¡¿Qué?! —abrió los ojos como platos—.

Luego sonrió de oreja a oreja.

—¿El maduro, pero guapísimo Harrison Cole vendrá aquí? ¡Rayos, Valeria! Tenías que haberlo mencionado antes.

Salió casi corriendo hacia su habitación.

Valeria frunció el ceño mientras escuchaba el caos al fondo: el agua del baño, el cepillo de dientes, las gárgaras exageradas con enjuague bucal. Minutos después, Lucía reapareció radiante. Seguía en ropa de casa, pero claramente más arreglada… según sus propios estándares.

Valeria negó con la cabeza.

—No tienes remedio, loquita.

Lucía le guiñó un ojo.

—Nunca —respondió—. Pero alguien tiene que ponerle un poco de glamour al apocalipsis.

Y aunque Valeria sonrió, en el fondo sabía que, cuando Harrison cruzara esa puerta,

el verdadero comienzo del fin estaría a punto de escribirse.

Minutos después, el timbre sonó.

Los ojos de Lucía brillaron como luces de un árbol de Navidad.

—Contrólate, por favor —le advirtió Valeria desde el sofá.

Lucía no escuchó. O no quiso escuchar.

Se levantó de un salto y corrió hacia la puerta. Al abrirla con demasiado entusiasmo, resbaló torpemente… y terminó cayendo directo en los brazos de Harrison.

—¡Oh! —exclamó ella.

Harrison reaccionó al instante. La sostuvo con firmeza, pero con un cuidado casi instintivo, evitando que se lastimara. Lucía quedó ahí, sostenida, con el corazón a mil y la respiración desordenada, como si acabara de vivir una experiencia sobrenatural.

—¿Estás bien? —preguntó él con calma.

Lucía lo miró embelesada, sin parpadear.

—¿Acaso estoy soñando? —dijo—. Me he caído… y un ángel me atrapó.

Harrison arqueó una ceja. Contuvo una risa que amenazaba con escapársele. No era un hombre de carcajadas, pero había algo en Lucía que inevitablemente lo había descolocado.

La ayudó a incorporarse.

—Me alegra que no te hayas lastimado —respondió con una sonrisa discreta.

Lucía suspiró como si acabara de aterrizar en una nube. Luego hizo un gesto exagerado con la mano hacia el interior de la casa.

—¡Val! —llamó—. Llegó el príncipe… oh, perdón, qué digo… llegó el guapísimo Harrison.

Se aclaró la garganta, ladeando la cabeza con teatralidad.

—Vaya, perdóname —añadió—. Es que me pongo nerviosa cuando un Harrison Cole, excesivamente guapo, está frente a mí.

Hizo una pausa.

—¿Quieres café? Tengo café… o galletitas… agua… ¿quizás un beso?

Harrison volvió a reír, esta vez sin poder evitarlo.

Lucía hizo un puchero.

—Lo arruiné, ¿verdad?

Antes de que él pudiera responder, Valeria apareció detrás de ella y la empujó suavemente hacia un lado.

—Basta, Lucía —dijo—. Estás tirando tu dignidad al suelo.

Era exactamente por eso que su mejor amiga seguía soltera: amaba sin frenos, sin medidas… y siempre terminaba lastimada.




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