Bajo su mando

No retorno

Capítulo—

Al día siguiente de la reunión con Harrison, Valeria fue a la empresa como cualquier otro día de trabajo.

O al menos, eso era lo que debía parecer.

Nada en ese día sería normal. No para ella.

Ese era el día en el que tendría que reunir todas sus fuerzas para fingir.

Para hacer algo que jamás pensó que tendría el valor de intentar: seducir a Maximilian. Llevarlo al límite. Volverlo lo suficientemente confiado, lo suficientemente obsesionado, como para que fuera él quien diera el siguiente paso y la invitara a su penthouse.

Solo así podría concretar el plan.

Solo así podría arrancarle la confesión.

Desde que llegó, los nervios no la abandonaron ni un segundo. Las manos le temblaban, el pulso no se estabilizaba. Había llegado mucho más temprano de lo habitual, incapaz de quedarse en casa, incapaz de permanecer quieta.

Daba vueltas en su oficina de un lado a otro.

Contestó llamadas.

Hizo informes.

Ordenó documentos que ya estaban perfectamente ordenados.

Cualquier cosa con tal de no pensar.

Pero no podía engañarse. Sabía que si esto salía mal, absolutamente todo se iría a la basura. No solo el plan. No solo la empresa. Ella misma.

Había dejado instrucciones claras a su asistente: en cuanto Maximilian llegara, debía avisarle.

El tiempo pasó lento, cruel.

En medio de esa espera interminable, el teléfono sonó. Era Lucía.

—¿Ya lo hiciste? —preguntó, sin rodeos.

Valeria se dejó caer en la silla y cerró los ojos un instante.

—No —respondió—. Estoy… muy nerviosa. Necesito concentrarme.

—Todo va a salir bien —intentó animarla Lucía—. Confía en ti.

Valeria estaba a punto de responder cuando un golpe suave en la puerta la hizo sobresaltarse.

—Lucía, espera un segundo —dijo, llevándose el teléfono al hombro.

—Adelante —respondió.

La asistente asomó la cabeza.

—Señorita Valeria, el señor Maximilian ya se encuentra en su oficina.

El corazón de Valeria dio un vuelco.

Por un instante, el mundo pareció detenerse.

—Está bien —contestó, forzando calma—. Iré en un momento.

La asistente asintió y se retiró.

Valeria volvió a llevar el teléfono a su oído.

—Ya llegó —dijo en voz baja.

—Entonces… —Lucía hizo una pausa—. Suerte.

Valeria tragó saliva.

—Deséamela de verdad.

—Te la deseo. Y manténme informada, ¿sí?

—Lo haré.

Colgó.

Durante unos segundos permaneció sentada, inmóvil, sintiendo cómo el miedo y la determinación chocaban dentro de ella. Luego se puso de pie, alisó su ropa y respiró hondo.

No podía retroceder ahora.

Salió de su oficina y comenzó a caminar por el pasillo, contando cada paso, repitiéndose una y otra vez que debía ser fuerte, que no podía quebrarse.

Ese sería su mayor reto.

Y estaba a punto de enfrentarlo.

Sentía el pulso en las sienes y las manos frías, pero no podía permitirse dudar ahora. No después de todo lo que había puesto en juego. Se miró en el reflejo del vidrio oscuro. Su expresión era serena… demasiado. Nadie adivinaría el torbellino que llevaba dentro.

Cada paso por el pasillo le pareció eterno.

El sonido de sus tacones resonaba con una precisión casi cruel, marcando el tiempo como una cuenta regresiva. Repasaba mentalmente cada gesto, cada palabra, cada mirada que debía usar.

No podía equivocarse. No podía mostrarse vulnerable. Maximilian se alimentaba de eso.

Al llegar frente a su oficina, se detuvo apenas un segundo. No para dudar, sino para blindarse.

Tú tienes el control, se repitió.

Tocó la puerta.

—Adelante —respondió su voz desde el interior.

Valeria entró.

Maximilian estaba de pie junto al ventanal, revisando algo en su teléfono. Al escucharla, levantó la vista y una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en su rostro.

—Valeria… —dijo, con ese tono que siempre parecía una caricia disfrazada—. No esperaba verte tan temprano.

Ella cerró la puerta con suavidad y avanzó un par de pasos, manteniendo la distancia justa. Lo suficiente para no parecer esquiva… ni accesible.

—Yo tampoco planeaba venir tan temprano —respondió—, pero había cosas que necesitaba adelantar.

Maximilian la recorrió con la mirada sin ningún pudor. Valeria lo sintió, como una presión incómoda sobre la piel, pero no bajó la mirada.

—Te ves… distinta hoy —comentó él.

Ella ladeó la cabeza levemente.

—¿Distinta?

—Más… concentrada. —Se acercó un poco—. O quizás más tensa.

Valeria sonrió. No una sonrisa amplia, sino una contenida, calculada.

—Tal vez sea el estrés —dijo—. Últimamente han sido días intensos.

—Puedo ayudarte a relajarte —murmuró, acercándose un paso más.

Ahí estaba. Ese límite invisible.

El impulso de retroceder fue inmediato… y lo aplastó.

Valeria no se movió. Al contrario, sostuvo su mirada. Permitió que el silencio se alargara un segundo de más.

—¿Siempre ofreces ese tipo de ayuda en horario laboral? —preguntó, con un tono suave, casi divertido.

Maximilian alzó una ceja, intrigado.

—Depende de la persona.

Ella dio un paso lateral, rodeando lentamente el escritorio, como si no tuviera prisa. Como si el tiempo no la estuviera devorando por dentro.

—Supongo que entonces dependerá de qué tan necesaria sea esa ayuda —respondió.

El brillo en los ojos de Maximilian cambió. Se volvió más oscuro. Más atento.

Valeria lo notó… y supo que había dado el primer paso.

Pero por dentro, mientras fingía seguridad, su corazón latía con una fuerza brutal. Sabía que a partir de ese momento no había vuelta atrás. Cada palabra sería un arma. Cada gesto, una trampa.

Y si fallaba…

No quiso terminar ese pensamiento.

Se detuvo frente a él, a una distancia peligrosamente corta, y lo miró con una calma que no sentía.

—Quería hablar contigo de algo —dijo—. Algo personal.




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