Bajo su mando

Cuenta regresiva

Capítulo—

Cuenta regresiva.

Cuando Valeria terminó de arreglarse, se miró al espejo por última vez. No solo estaba impecable por fuera; por dentro también se había armado de una determinación férrea. El miedo seguía ahí, agazapado, pero ya no gobernaba. Ahora mandaba la voluntad.

El teléfono vibró.

—Estoy afuera —dijo la voz de Harrison.

Valeria respiró hondo y fue a abrir. Apenas la puerta se abrió, Lucía apareció a su lado como un resorte. Sus ojos se iluminaron al ver a Harrison y, como si fuera un reflejo imposible de controlar, se le derritió la expresión.

—Hola… —saludó con una sonrisa que podría haber derretido acero.

Harrison respondió con una leve inclinación de cabeza, cordial… y claramente consciente del efecto que provocaba. Lucía ya estaba a punto de soltar algún comentario inapropiado cuando Valeria le dio un codazo seco en las costillas.

—Compórtate —murmuró entre dientes—. Esto es serio.

Lucía carraspeó, enderezándose de inmediato.

—Claro. Seria. Súper seria —dijo, cruzándose de brazos con esfuerzo.

—He venido con alguien más —intervino Harrison—. Es mi contacto.

Un hombre dio un paso al frente. Su presencia imponía respeto de inmediato: postura recta, mirada calculadora, voz firme.

—Freddy Carson —se presentó—. Capitán del FBI.

Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Asintió y los invitó a pasar.

Ya en la sala, tomaron asiento. El ambiente se volvió denso, profesional. Carson fue directo al punto.

—El operativo es sencillo en concepto, pero delicado en ejecución —comenzó—. Llevarás una cámara oculta y un micrófono. Todo quedará grabado. Desde el momento en que cruces esa puerta, estarás bajo monitoreo constante.

Sacó un pequeño dispositivo y lo dejó sobre la mesa.

—Si en algún momento te sientes amenazada, dirás la palabra clave: whisky. Esa será nuestra señal para intervenir de inmediato.

Valeria escuchaba con atención absoluta, cada músculo tenso.

—Nos mantendremos a la espera para no arruinar la misión —continuó Carson—. Cuando tengamos la confesión, actuaremos.

—Estoy de acuerdo —respondió Valeria sin titubear.

Carson la observó unos segundos, evaluándola.

—Entonces pasamos a la segunda fase. Nos moveremos a un punto cercano al penthouse. Desde ahí operaremos la torre de control. Necesitamos instalar el equipo unos minutos antes de que llegues.

—Entendido —dijo ella.

Se puso de pie, lista.

Antes de salir, se giró hacia Lucía.

—Deséame suerte.

Lucía no dijo nada. La abrazó con fuerza, aferrándose a ella como si quisiera memorizar su presencia. Por primera vez, no hubo bromas, ni comentarios fuera de lugar.

—Cuídate —susurró—. Y vuelve.

Valeria asintió, sintiendo cómo le ardían los ojos, pero contuvo las lágrimas. La abrazó de nuevo, fuerte, como si ese gesto le diera el último empujón de valor que necesitaba.

Luego se separó, tomó aire y salió.

La noche la esperaba.

Y con ella, el momento más peligroso de su vida.

El auto avanzaba en silencio por las calles iluminadas de la ciudad. Valeria miraba por la ventanilla, viendo las luces pasar como destellos lejanos, mientras su mente repasaba cada detalle una y otra vez. Harrison conducía con ambas manos firmes en el volante, pero el gesto serio lo delataba.

—Valeria —dijo al fin, rompiendo el silencio—. Prométeme algo.

Ella giró el rostro hacia él.

—Si en algún momento te sientes en peligro… aunque no tengas la confesión, dices la palabra clave. Sin dudarlo.

Ella sonrió con suavidad, intentando restarle peso a la tensión que se había instalado entre ambos.

—Todo va a estar bien —respondió—. Lo tengo bajo control.

Harrison negó levemente, sin apartar la vista del camino.

—No me importa el plan, ni la confesión, ni siquiera Maximilian —admitió—. Me importa que salgas de ahí ilesa.

Valeria no respondió de inmediato. Sabía que no había palabras suficientes para tranquilizarlo del todo.

Cuando el auto finalmente se detuvo en el punto acordado, el silencio volvió a caer. Harrison apagó el motor, pero no hizo ademán de bajar. Por primera vez desde que lo conocía, Valeria vio algo distinto en sus ojos.

No era calma.

No era estrategia.

Era miedo.

Él la miró, profundamente afectado.

—Si algo sale mal… —su voz se quebró apenas— no me lo perdonaría jamás.

Valeria tragó saliva. Extendió la mano y tomó la de él, apretándola con firmeza. Su gesto era tranquilo, casi sereno, como si esa calma la hubiera aprendido de él mismo.

—Nada malo va a ocurrir —dijo con convicción—. Voy a volver. Y cuando lo haga… te daré un abrazo.

Harrison la observó unos segundos más. En ese instante entendió que no había nada que pudiera decir para detenerla. Ella ya había tomado su decisión.

Asintió despacio.

—Ten cuidado —murmuró.

Ambos descendieron del auto. La noche se sentía más fría, más densa. Valeria respiró hondo una última vez antes de avanzar.

El juego estaba a punto de comenzar.

Ella siguió cada instrucción al pie de la letra.

Un agente se colocó detrás de ella con movimientos precisos, casi quirúrgicos, y ajustó el micrófono bajo la tela de su ropa. Luego fijó la cámara corporal, tan pequeña e imperceptible que, de no saberlo, nadie sospecharía que estaba ahí. El capitán observaba atento mientras hablaba con voz firme.

—Procura mantener el torso de frente cuando hables con él. No cubras el lente con el bolso ni cruces demasiado los brazos —le indicó—. Recuerda la palabra clave.

—Whisky —repitió Valeria, sin titubear.

Otro agente intervino para probar el audio.

—¿Me escuchas?

—Claro y fuerte —respondió ella.

—Perfecto. Ahora habla normalmente.

—Entendido, estoy lista —dijo, procurando que su voz no delatara el nudo que tenía en la garganta.

Confirmaron la transmisión. Luego activaron la cámara. En la pequeña pantalla del interior de la van, Valeria vio el pasillo, las luces, los rostros de quienes quedaban frente a ella. Todo encuadraba a la perfección.




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