Bajo su mando

Sangre en el penthouse

Capítulo—

El sonido aún vibraba en el aire cuando el tiempo pareció romperse.

Maximilian se quedó inmóvil.

Sus ojos, abiertos de par en par, descendieron lentamente hacia su propio cuerpo… como si no entendiera lo que acababa de ocurrir. Como si su mente se negara a aceptar la realidad.

Un segundo.

Dos.

La mancha oscura comenzó a extenderse.

Entonces lo vio.

Carson.

De pie, firme, el arma aún humeante en su mano.

Detrás de él, Harrison.

El mundo volvió de golpe.

Maximilian alzó la vista… y sus ojos se encontraron con los de su tío.

Algo pasó ahí.

Algo que no tenía nombre.

Harrison negó lentamente con la cabeza, como si ese gesto pudiera borrar todo lo que acababa de suceder.

—No… —murmuró, apenas audible.

Maximilian lo miró fijamente.

Y entonces… sonrió.

No era burla.

No era arrogancia.

Era algo más oscuro. Más profundo.

Casi… resignado.

Luego su cuerpo cedió.

Cayó.

El impacto contra el suelo sonó definitivo.

Sus ojos se cerraron.

Silencio.

—¡Área asegurada! —ordenó Carson con voz firme.

Pero para Valeria, el mundo estaba lejos de estar asegurado.

El sonido de su propia respiración era ensordecedor. Irregular. Rota.

—Valeria—

Harrison llegó hasta ella en cuestión de segundos.

Se arrodilló a su lado, tomando sus brazos con cuidado.

—¿Estás bien? —preguntó, con una urgencia que no intentó ocultar.

Ella temblaba.

Literalmente.

Pero asintió.

Una vez.

Dos.

Como si su cuerpo necesitara convencerse de ello.

—Sí… —logró decir, aunque su voz apenas era un hilo.

Y entonces lo vio.

Sebastián.

Moviéndose.

Incorporándose con dificultad, como si cada centímetro de su cuerpo protestara.

El aire regresó a sus pulmones de golpe.

—Sebastián…

Se levantó casi sin sentir el suelo bajo sus pies y caminó hacia él… no, corrió.

Se detuvo frente a él apenas un segundo.

Un segundo en el que sus miradas se encontraron.

Todo estaba ahí.

El miedo.

La angustia.

El alivio brutal de verlo vivo.

Y sin decir nada más… lo abrazó.

Con fuerza.

Con desesperación.

Como si soltarlo significara perderlo.

Sebastián cerró los ojos al sentirla.

Su brazo libre la rodeó con firmeza, atrayéndola más hacia él, como si necesitara comprobar que era real.

—Te amo… —murmuró contra su cabello, con la voz quebrada.

Valeria apretó más.

Como respuesta.

Como ancla.

Como todo.

Las luces azules y rojas teñían la noche cuando finalmente salieron del edificio.

El aire frío golpeó sus rostros, pero ninguno de los dos parecía sentirlo realmente.

Carson se acercó, guardando su arma.

Su expresión era profesional… pero más suave.

—Necesitaremos tu declaración formal —dijo, dirigiéndose a Valeria—. Protocolo.

Ella asintió, aún procesando todo.

—Pero después de eso —continuó— podrán irse. Tenemos todo. Audio, video… y lo que ocurrió aquí.

Hizo una breve pausa.

—Es suficiente.

Valeria soltó un aire que no sabía que estaba reteniendo.

A unos metros, los paramédicos subían a Maximilian a una ambulancia.

Inconsciente.

Pálido.

Conectado a cables.

Vivo.

Pero apenas.

—Está en estado crítico —añadió Carson—. Si sobrevive… enfrentará juicio. Y con lo que tenemos…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Valeria observó la ambulancia mientras cerraban las puertas.

No sintió victoria.

Solo… el final de algo oscuro.

Algo que había pesado demasiado tiempo.

La ambulancia arrancó.

Y con ella… se llevó todo lo que había sido Maximilian.

O al menos, eso esperaba.

Harrison estaba de pie, un poco apartado del resto.

Observando cómo las luces se alejaban.

Inmóvil.

Callado.

Valeria se acercó despacio.

Aún podía ver la tensión en su espalda, en la rigidez de sus hombros.

Dudó un segundo.

Luego apoyó una mano sobre él.

Harrison dio un leve respingo, como si lo hubieran sacado de muy lejos.

Giró el rostro.

Y al verla… sonrió.

Instintivo.

Automático.

Como si ella fuera un punto seguro en medio del caos.

—Hey… —dijo en voz baja.

Valeria lo miró con una mezcla de emociones difícil de contener.

—Lo siento… —susurró.

Harrison negó de inmediato.

—No —respondió—. No tienes por qué disculparte.

Su mirada se suavizó.

—Si alguien debe hacerlo… soy yo.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—No debí involucrarte en esto —continuó—. Sabía el riesgo. Y aun así… —hizo una pausa, tragando saliva—. Temí que no salieras de ahí.

Valeria bajó la mirada un segundo… y luego tomó su mano.

La apretó.

Lo obligó a mirarla.

—Gracias —dijo—. Por estar siempre. Por no soltarme.

Sus ojos brillaban.

—Eres de las pocas personas en las que siempre he podido confiar… y eso no lo cambio por nada.

Harrison sonrió.

Pero esta vez… había cansancio en ese gesto.

Un peso.

Como si los años, las decisiones… todo, cayera de golpe sobre sus hombros.

—Te quiero mucho —dijo con sinceridad—. Y siempre voy a estar para ti.

Valeria no respondió con palabras.

Lo abrazó.

Fuerte.

Él cerró los ojos un instante… correspondiendo.

Y en ese abrazo había alivio.

Dolor.

Y despedida de algo que nunca sería igual.

—Valeria—

La voz los hizo separarse.

Sebastián se acercaba.

El brazo inmovilizado, el gesto tenso, pero firme.

Sus ojos se clavaron directamente en Harrison.

—Quiero hablar contigo.

El aire cambió.

Valeria los miró a ambos.

No le gustaba.

Para nada.

Soltó un pequeño resoplido, torciendo los ojos.




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