Bajo su mando

Después de la tormenta

Capítulo—

Sebastián no esperó a que Harrison hablara.

—Fue un error—expresó con calma mientras lo miraba directamente al rostro.

Su voz no fue alta, pero sí firme. Cargada. Cada palabra llevaba el peso de lo que acababan de vivir, porque un solo error hubiera cambiado la historia por completo.

Harrison lo miró sin esquivarle la mirada.

—Lo sé— empezó a decir sin excusarse, él comprendía que aquello ocurrido fue solo suerte porque muchas cosas pudieron salir mal y él no podría perdonarse por eso.

—No —lo interrumpió Sebastián, negando con la cabeza—. No lo sabes como yo.

Hubo un silencio tenso. Denso.

Sebastián dio un paso más cerca, lo suficiente para que no hubiera distancia cómoda entre ellos.

—La pusiste en riesgo —continuó—. La dejaste entrar sola ahí, con alguien capaz de… —se detuvo un segundo, apretando la mandíbula—. Si algo le hubiera pasado…

No terminó la frase porque el hecho de pensarlo oprimía el pecho con fuerza.

Harrison no dijo nada. Solo escuchó. Y eso, en alguien como él, decía más que cualquier defensa.

Sebastián bajó un poco la voz, pero no la intensidad.

—La amo. Más de lo que me gustaría admitir, en otro tiempo mi orgullo hubiera ganado, pero en este caso no, no puedo ser capaz de renunciar a ella—Las palabras salieron directas. Sin adornos. Sin vuelta atrás.—Y pensar en perderla… —tragó saliva— es una idea que no puedo soportar. No es solo miedo, es… es como si todo lo demás dejara de importar.

El silencio volvió, pero esta vez no era tenso.

Era… honesto.

Harrison desvió la mirada un segundo, como si procesara cada palabra. Luego volvió a él.

—Lo entiendo—admitió —sé que de no amarla, jamás hubieras arriesgado tu vida por ella—Su voz era más baja ahora. Más humana.—También la quiero —añadió—. Pero no me malinterpretes, lo que yo siento por Valeria es totalmente distinto, cuando estuve en Londres entendí que esto que yo siento por ella es un amor más paternal, la quiero más de lo que probablemente debería, solo deseo que ella esté bien.

Exhaló lento.

—Y tienes razón. Nunca debí aceptar esto. Nunca debí permitir que se expusiera así—Hubo un pequeño gesto de cansancio en su rostro.—No volvería a ocurrir aunque ella fuera la única persona que estuviera para ofrecerse.

Sebastián lo sostuvo con la mirada unos segundos más, evaluando, midiendo… y finalmente asintió.

No había más que decir.

No porque no hubiera cosas pendientes… sino porque ambos habían dicho lo importante.

Sebastián extendió la mano.

Harrison la miró un instante… y la estrechó.

Firme.

Un acuerdo silencioso.

—¿Todo bien?

La voz de Valeria los hizo girar.

Venía acercándose junto a Lucía, que ya tenía esa expresión inquietantemente brillante en los ojos.

Sebastián soltó la mano de Harrison.

—Todo bien —respondió.

Lucía, en cambio, no perdió ni un segundo.

Se llevó una mano al pecho de forma dramática.

—Guapísimo Harrison… ¿estás bien? —dijo con un suspiro exagerado—. Estaba tan preocupada que casi me lanzo desde mi casa como Superman… bueno, versión económica, sin capa y probablemente aterrizando en un arbusto.

Harrison parpadeó.

Y, contra toda lógica… sonrió.

Lucía continuó, animada por el efecto.

—O sea, lo intenté mentalmente, porque físicamente me iba a romper mínimo tres huesos, pero la intención cuenta, ¿no?

Valeria cerró los ojos un segundo.

Sebastián soltó una risa baja.

Harrison negó levemente, divertido.

—Estoy bien —respondió.

—Menos mal —dijo Lucía—, porque si te pasaba algo yo iba a demandar al universo, al destino y probablemente al clima también, por si acaso.

Eso le sacó otra pequeña sonrisa.

Pero entonces, la expresión de Harrison cambió.

Más suave.

—Tengo que irme.

Lucía hizo una cara de auténtica tragedia.

—¿Ya? —preguntó, con un puchero digno de novela—. ¿Y yo que apenas estaba empezando a brillar en tu vida?

Harrison dio un paso hacia ella.

Luego otro.

Hasta quedar muy cerca.

Demasiado. Valeria y Sebastián intercambiaron una mirada incómoda.

Lucía, en cambio, parecía haber dejado de respirar.

—Voy a verte otra vez —dijo Harrison en voz baja, casi íntima.

Y sin más—

La besó.

No fue un roce.

Fue un beso real. Seguro. Intenso.

Lucía se quedó completamente inmóvil, como si el mundo hubiera dejado de girar.

Cuando se separó, Harrison llevó una mano a su mejilla, acariciándola con suavidad.

—Nos vemos pronto —murmuró.

Y se fue.

Así.

Sin mirar atrás.

Lucía no se movió.

No parpadeó.

Nada.

Siguió la figura de Harrison hasta que desapareció… y luego giró lentamente hacia Valeria.

—Dime que estoy soñando.

Silencio.

—Pellízcame.

Valeria no dudó.

Le dio un pellizco real.

Fuerte.

—¡AU! —saltó Lucía— ¡NO HABLABA EN SERIO!

Valeria se encogió de hombros.

—Tú lo pediste.

Sebastián soltó una risa.

—Creo que es momento de irnos —dijo.

Minutos después, el auto de Sebastián se detuvo frente a la casa de Valeria.

Lucía bajó primero, pero antes de cerrar la puerta se inclinó hacia la ventana.

—Pórtense bien —dijo, señalándolos con los ojos entrecerrados—. O mínimo avisen si no lo hacen.

Valeria puso los ojos en blanco.

Sebastián sonrió.

—Buenas noches, Lucía.

Ella cerró la puerta… pero no sin antes soltar un suspiro dramático.

—Guapísimo Harrison… —murmuró mientras se alejaba exhalando como tonta.

El auto quedó en silencio.

Por primera vez en toda la noche… un silencio distinto.

Sebastián apoyó la cabeza un momento contra el respaldo, soltando el aire.

Como si recién ahora todo le cayera encima.

Luego la miró.

Y en sus ojos… no había filtros.

—Pensé que te perdía—confesó con un nudo en la garganta.




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