Bajo su Sombra: El Heredero y la Valquiria

La sombra que siempre estuvo ahí

La lluvia caía suave sobre la ciudad.
No era una tormenta fuerte, solo esa llovizna persistente que parecía no terminar nunca. Las luces de los postes se reflejaban en el asfalto mojado, formando manchas doradas que se estiraban sobre la calle vacía.
Elian caminaba con las manos en los bolsillos de su campera.
Eran casi las once de la noche y el barrio estaba prácticamente desierto. Solo el sonido lejano de algún auto y el golpeteo constante de la lluvia contra las veredas rompían el silencio.
No era la primera vez que volvía tarde a casa, pero esa noche había algo distinto.
Una sensación.
La misma que lo había acompañado desde que tenía memoria.
La sensación de que alguien lo observaba.
Elian se detuvo un segundo y miró hacia atrás.
Nada.
La calle estaba vacía.
—Estoy paranoico… —murmuró.
Volvió a caminar.
Sin embargo, la sensación no desapareció.
Nunca lo hacía.
Desde chico le habían pasado cosas raras. Accidentes que parecían inevitables pero que de alguna forma nunca ocurrían.
Una bicicleta que casi lo atropella… pero se cayó justo antes.
Un árbol que cayó en medio de una tormenta… a centímetros de donde él estaba.
Un auto que perdió el control… y chocó contra un poste antes de alcanzarlo.
Siempre había algo.
Algo que cambiaba el resultado en el último segundo.
Durante años pensó que era suerte.
Hasta que empezó a notar las sombras.
A veces, cuando estaba solo en su habitación, las veía moverse en la pared.
Otras veces sentía una presencia detrás suyo… como si alguien estuviera parado justo fuera de su campo de visión.
Cuando se daba vuelta…
no había nadie.
Elian suspiró.
—Genial… ahora también lo estoy pensando en voz alta.
La esquina de su casa estaba a solo media cuadra.
Aceleró un poco el paso.
Fue entonces cuando escuchó el ruido.
Un motor.
Fuerte.
Demasiado cerca.
Elian giró la cabeza.
Un auto apareció doblando la esquina a toda velocidad.
Las ruedas patinaron sobre el asfalto mojado.
El conductor perdió el control.
Elian sintió que todo ocurría demasiado rápido.
Las luces del auto lo cegaron.
El sonido de los frenos fue un chillido agudo.
Intentó moverse.
Pero su cuerpo no reaccionó.
El auto venía directo hacia él.
Entonces el tiempo… se detuvo.
Literalmente.
El sonido desapareció.
La lluvia quedó suspendida en el aire como si cada gota fuera una pequeña esfera de cristal flotando en el vacío.
Elian no podía moverse.
No podía hablar.
Pero podía ver.
Y lo que vio hizo que su corazón se detuviera.
Una figura emergió de la sombra del callejón.
Alta.
Delgada.
Una mujer.
Su cabello oscuro caía hasta la mitad de su espalda y su ropa parecía hecha de la misma oscuridad que la rodeaba.
Caminaba con calma absoluta.
Como si el mundo detenido fuera algo completamente normal.
Se detuvo frente al auto.
Lo observó unos segundos.
Luego levantó una mano.
La sombra bajo el vehículo se movió.
Se estiró como si estuviera viva.
En cuestión de segundos, el auto se desplazó unos centímetros hacia un costado… lo suficiente para que no golpeara a Elian.
La mujer bajó la mano.
El tiempo volvió a fluir.
El ruido regresó de golpe.
El auto pasó a toda velocidad… a menos de un metro de Elian… y se estrelló contra un poste más adelante.
Elian cayó de rodillas al suelo.
Su corazón latía como si quisiera romperle el pecho.
Respiró con dificultad.
—¿Qué…?
Miró alrededor.
La calle estaba igual que siempre.
La lluvia seguía cayendo.
El auto humeaba contra el poste.
Pero había algo más.
Una presencia.
Elian levantó lentamente la cabeza.
Y la vio.
La mujer estaba parada a unos metros de él.
Completamente inmóvil.
Sus ojos parecían reflejar la luz de los postes.
No eran normales.
Brillaban levemente.
Elian se quedó paralizado.
—¿Quién…?
La mujer inclinó apenas la cabeza.
Lo observaba como si lo estuviera analizando.
Durante varios segundos no dijo nada.
Finalmente habló.
Su voz era baja.
Fría.
—Sigues siendo descuidado.
Elian parpadeó.
—¿Qué?
Ella cruzó los brazos.
—Casi mueres otra vez.
Elian se levantó lentamente.
Su cerebro intentaba procesar lo que estaba pasando.
—Espera… ¿otra vez?
La mujer no respondió.
Sus ojos recorrieron la calle.
Como si buscara algo.
Luego volvió a mirarlo.
—Deberías irte a casa.
Elian frunció el ceño.
—No. Esperá un segundo.
Se acercó un paso.
—Acabas de… mover un auto con sombras o algo así.
La mujer lo observó sin emoción.
—Sí.
La respuesta fue tan simple que lo dejó más confundido.
—¿Sí?
—Sí.
Elian pasó una mano por su cabello mojado.
—¿Y eso te parece normal?
—Para mí.
Silencio.
Elian la miró unos segundos.
Luego soltó una risa nerviosa.
—Bueno… genial. Creo que estoy teniendo un ataque psicótico.
La mujer no reaccionó.
Solo lo miraba.
Eso lo incomodó más.
—¿Por qué me mirás así?
Ella respondió después de un momento.
—Porque eres más alto de lo que esperaba.
Elian parpadeó otra vez.
—¿Perdón?
—La última vez que te vi de cerca tenías cuatro años.
El mundo pareció detenerse otra vez.
—…¿Qué?
La mujer dio un paso hacia él.
Elian sintió algo extraño en el aire.
Como electricidad.
—He estado observándote durante diecinueve años.
Su voz no cambió.
Siguió siendo fría.
Neutral.
—Ese era mi castigo.
Elian sintió un escalofrío.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
Ella lo miró directamente a los ojos.
—Los humanos nunca entienden al principio.
Elian retrocedió medio paso.
—Ok… voy a preguntarlo de forma simple.
Respiró hondo.
—¿Quién sos?
La mujer guardó silencio unos segundos.
Como si estuviera decidiendo algo.
Finalmente respondió.
—Mi nombre es Kaelis.
La forma en que dijo su nombre tenía algo extraño.
Antiguo.
Como una palabra de otro idioma.
—Soy una valquiria.
Elian se quedó completamente quieto.
La lluvia seguía cayendo.
Pero el sonido parecía lejano.
—Eso… es un chiste.
—No.
—Las valquirias no existen.
Kaelis lo miró con leve curiosidad.
—Y sin embargo estoy aquí.
Elian abrió la boca.
La cerró.
Su cerebro estaba tratando de encontrar una explicación lógica.
No encontró ninguna.
—Ok… supongamos… solo por un segundo… que eso es verdad.
Señaló el auto destruido.
—¿Por qué me salvaste?
Kaelis inclinó la cabeza otra vez.
—Porque es mi deber.
—¿Deber?
—Debo protegerte.
Silencio.
Elian frunció el ceño.
—¿Por qué?
Kaelis lo observó durante varios segundos.
Luego respondió con absoluta naturalidad.
—Porque si mueres… mi castigo nunca terminará.
Elian sintió que algo en esa respuesta no estaba bien.
—Eso no suena como una buena razón.
—No lo es.
Ella dio otro paso hacia él.
Ahora estaba muy cerca.
Demasiado.
Elian notó algo raro en sus ojos.
Algo intenso.
Como si lo estuviera estudiando.
Memorizando.
—Aunque… —continuó Kaelis.
—…he empezado a pensar que hay otra razón.
Elian tragó saliva.
—¿Cuál?
Kaelis lo observó en silencio.
Luego dijo algo que hizo que el aire pareciera más frío.
—Porque alguien más también te está buscando.
Elian sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Quién?
Kaelis miró hacia la oscuridad al final de la calle.
Sus ojos se estrecharon levemente.
—Demasiado tarde.
Elian giró la cabeza.
—¿Qué?
Una sombra en la pared del edificio se movió.
Pero no era la sombra de nada.
Era algo… vivo.
Algo que estaba saliendo de la oscuridad.
Kaelis dio un paso adelante.
Y por primera vez su voz cambió.
Ahora tenía un tono peligroso.
—Quédate detrás de mí.
Elian la miró.
—¿Por qué?
La respuesta fue simple.
—Porque si esa cosa te toca…
morirás antes de entender lo que realmente eres.
La sombra en la pared comenzó a tomar forma.
Una figura imposible.
Alta.
Retorcida.
Y sus ojos… estaban fijados directamente en Elian.
Kaelis extendió la mano.
La oscuridad alrededor de ella comenzó a moverse.
Como si respondiera a su voluntad.
Y entonces dijo algo que Elian nunca olvidaría.
—Diecinueve años protegiéndote…
y esta es la primera vez que algo se atreve a atacarte frente a mí.
Sus ojos brillaron con una intensidad feroz.
—Un grave error.
La criatura avanzó.
Y la noche se llenó de sombras vivas.
Continuará… 🖤




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