Bajo tierra

Otro día

Mariano observó su elegante cafetera y lanzó un suspiro. Era uno de sus pocos placeres, un gusto culposo que aún estaba pagando en cuotas. Con paciencia esperó que el agua llegara a la temperatura justa y mojara un aromático café colombiano, el mejor que podía permitirse. Un aire caribeño llenó su austero apartamento de dos piezas en Ciudad de México y se impregnó en su ropa, con una promesa de felicidad que lo acompañaría todo el día.

Vivía solo. Su alarma sonaba a las 6:30; tomaba el desayuno frente al televisor mirando las noticias; a las 7:30 salía corriendo para no perder el autobús que lo dejaba en el centro de atención telefónica a clientes donde trabajaba, ocho horas en un cubículo tratando de ser simpático, con media hora para comer y descansar la cabeza. Al regresar a su apartamento, miraba en la televisión algún programa de concursos para distraerse, cenaba y se iba a la cama. Una rutina que, aunque él aún no lo sabía, estaba por romperse para siempre.

Después de saborear su café con un panecillo, lavó con cuidado la taza y el plato para no dejar nada desordenado en la cocina. Recordó regar el helecho que tenía en la ventana, algo vivo que cuidaba con esmero a falta de una mascota, que le era imposible tener por su falta de tiempo.

A las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985, la vida que conocía se terminó. El único aviso, por encima de la voz impersonal del periodista que relataba en la televisión un suceso policial de la noche anterior, fue un rumor sordo que salió de las paredes, acompañado por un poco de polvo que cayó sobre la mesa. Luego, el piso se abrió bajo sus pies. Mariano fue lanzado a la oscuridad de un abismo sin fondo.

***

Las noticias que publicaban los canales internacionales eran escalofriantes: uno de los terremotos más potentes en décadas se había producido frente a las costas de México. Había caos y destrucción en varias ciudades, incluida la capital. Los muertos y desaparecidos se contaban por miles, y los servicios de socorro y salud estaban colapsados.

Mariano no sabía nada de eso: después de una caída al vacío que le pareció eterna, golpeado por objetos irreconocibles que caían junto a él, se incrustó en un amasijo de hierros que le hizo crujir las costillas. Cerró los ojos esperando la muerte, pero la mesa de su cocina cayó primero y formó un refugio que lo salvó de más golpes.

A su alrededor todo era oscuridad y un silencio cortado por los latidos de su propio corazón, que parecían estallarle en los tímpanos. Unos segundos después escuchó un goteo como de agua, un sonido armónico y fuera de lugar en medio de aquel caos difícil de entender. Su mente confundida rememoró la fuente luminosa de una plaza de la ciudad, que tenía unos alegres chorros y luces de colores que parecían danzar dentro del agua. Un lamento al que se le sumaron otros, y luego un grito, lo devolvieron a la realidad:

—¡Auxilio! ¡¿Hay alguien?! ¡Ayuda, por favor!

Mariano no pudo reconocer las voces, pero en su confusión pensó que debían ser sus vecinos, a quienes en su mayoría no conocía más que por algún cruce y un saludo apresurado en las escaleras o el ascensor. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué su mundo seguro y aburrido se había transformado en ese lugar irreconocible de dolor y miedo? El cuerpo le estaba respondiendo a la agresión de la caída con un dolor agudo. Intentó moverse un poco y se dio cuenta de que estaba clavado al piso. Apenas podía respirar sin que sus magulladas costillas crujieran, y tenía algo incrustado en una pierna. Notó el líquido tibio que se le escapaba por la herida, y la impresión lo hizo unirse al coro de gritos que pedían auxilio.

***

«Un torniquete…». Después de gritar hasta quedarse ronco, Mariano se dio cuenta de que nadie iba a ayudarlo. Al contrario: las pocas voces que escuchó pedían auxilio, igual que él. Estaba solo, y si no actuaba rápido iba a morirse desangrado. Su cinturón. ¿Se lo había puesto esa mañana? A veces no lo hacía, dependiendo del pantalón que usara para ir a trabajar. A propósito, debía levantar la ropa limpia de la lavandería. No recordaba dónde había dejado el ticket que le dieron después de pagar el lavado. Tenía que encontrarlo, sino el dueño iba a querer cobrarle de nuevo. Ese tipo era medio estafador, pero su lavandería era la única cerca de su edificio. Aparte le entregaba los pantalones bien planchados.

«Los pantalones», pensó. Y recordó el cinturón. Vuelto a la realidad, se llevó la mano a la cintura hasta que tocó el frío metal de la hebilla del cinturón que al final llevaba puesto, y le dio un tirón para quitárselo. El dolor en la espalda lo hizo jadear; había algo roto allí, además de sus costillas. ¿Sería su columna? ¿Quedaría paralítico? El dolor en la pierna le indicaba que aún tenía sensibilidad, y eso dentro de todo era un buen síntoma. Como pudo se pasó el cinturón por debajo del muslo y lo apretó con fuerza. La herida le latió, y oleadas de dolor le subieron por el cuerpo, como si todos sus nervios se hubieran activado y le enviaran choques eléctricos al cerebro. No pudo evitar sollozar como un niño.

—¿Estás bien..? —le preguntó alguien con una voz suave, casi inaudible—. No llores. Pronto vendrán a rescatarnos.

Mariano estaba acostumbrado a la soledad, pero no a esa soledad cargada de amenazas que lo aprisionaba más que los restos de su apartamento. Escuchar una voz tranquila, más allá de los gritos, logró que aquella tumba que lo aprisionaba dejara de ser tan oscura, y que el miedo no fuera tan intenso:

—¿Quién eres?

—Esteban… Me llamo Esteban. No sé bien qué pasó. Creo que me desmayé…

—Yo me llamo Mariano. —En realidad Mariano tampoco sabía lo que había ocurrido, pero las opciones eran pocas, y pensó en la más lógica—. Creo que fue un terremoto.

—Un terremoto… —La voz de Esteban parecía perder fuerza—. Ojalá nos encuentren pronto.

«Ojalá», pensó Mariano. Estaba demasiado cansado como para seguir hablando. Cerró los ojos y se abandonó a ese lugar oscuro. Tal vez nada había ocurrido. Tal vez su alarma de las 6:30 aún no había sonado, y aquello solo era un mal sueño.




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