Bajo tu hechizo

La hechiza pitos

Ethan Cole

Los lunes a las ocho de la mañana deberían ser ilegales.

No era una opinión dramática ni una queja formulada bajo los efectos de la resaca emocional que llevaba arrastrando desde hacía dos semanas; era un hecho científico, una verdad universal, algo que cualquier persona con dos neuronas funcionales y un mínimo de respeto por la dignidad humana debería ser capaz de aceptar sin discutir.

El cuerpo humano no estaba diseñado para deslizarse sobre cuchillas afiladas, recibir gritos de un entrenador psicópata y tomar decisiones veloces sobre hielo a esa hora, mucho menos después de dormir tres miserables horas porque tu ex había decidido vaciar media habitación en silencio, borrar su presencia de tu vida como si nunca hubiera estado ahí y, de paso, dejarte con la sensación de que el aire en tu propio dormitorio olía a abandono.

Aun así, ahí estaba yo, con el casco mal puesto, el protector bucal entre los dientes y el ánimo de un hombre camino al matadero, deslizándome por la pista mientras el entrenador nos gritaba instrucciones desde un costado como si nuestras almas dependieran de ese ejercicio de transición defensiva.

El hielo estaba duro y limpio, y cada pasada me retumbaba en la cabeza. Estaba cansado, irritado y tratando demasiado de fingir que no me importa algo que claramente sí me importa. O alguien.

No la miré al principio y ese fue mi primer error. Aguantarme las ganas de mirarla, porque joder, no era sano resistir al maldito hechizo de Tessa Morgan.

Mi segundo error fue pensar en ella de todos modos. No podía sacármela de la cabeza.

Porque no importaba que Tessa Morgan no estuviera sobre patines ni dentro de mi carril ni haciendo nada remotamente relacionado conmigo.

Su mera presencia en el complejo deportivo era suficiente para alterar el campo magnético de mi existencia.

La vi de reojo al otro lado del vidrio, en la zona de resistencia, corriendo en la cinta con esa postura suya insoportablemente elegante, como si incluso sudar fuera una forma refinada de despreciar al resto del planeta, o de despreciarme a mí.

Llevaba un top ajustado que dejaba ver una franja de cintura, una falda deportiva corta que se movía con cada zancada y el cabello castaño suelto, medio salvaje, muy ella, cayéndole por la espalda como si acabara de salir de un aquelarre sexy patrocinado por una marca de ropa universitaria.

Sus collares extraños rebotaban contra su clavícula, y uno de esos nudos raros que coleccionaba, símbolos, amuletos, cuerdas, huesitos, la brujería portátil de Tessa, descansaba justo sobre su pecho. La imagen me recordó lo mucho que la extrañaba.

Después de eso, todo salió mal en un orden casi admirable.

Tomé la curva demasiado abierto, corregí tarde, el filo de mi patín derecho mordió el hielo en un ángulo ridículo y, durante un segundo glorioso y letal, sentí ese instante suspendido en que el cuerpo sabe que va a caerse, pero el orgullo masculino todavía se aferra a la fantasía de salvar la situación.

No la salvé.

Me fui de boca con una violencia espectacular, y el golpe me abrió el labio contra el hielo con un chasquido húmedo que no habría querido escuchar ni en mi peor pesadilla.

La sangre apareció de inmediato, caliente, abundante, obscenamente roja sobre la superficie helada y blanca, y luego vino el dolor, ese latigazo tardío que me subió desde la boca hasta el pómulo mientras las carcajadas estallaban a mi alrededor sin la menor intención de disimularse.

—Cole, carajo —escuché a alguien decir entre risas—. ¿Intentabas besar la pista?

Me incorporé a medias, apoyando una mano enguantada en el hielo, con el labio palpitándome como si me hubiera metido en una pelea callejera y perdido contra una pared.

Quise ponerme de pie de golpe, como un hombre digno, como un atleta de élite, como alguien que conservaba al menos el cuarenta por ciento de su reputación, pero entonces mi tobillo protestó.

No fue una punzada brutal ni un dolor exagerado, sino algo peor: un tirón preciso y humillante, lo bastante fuerte para decirme “no vas a hacerte el héroe hoy, imbécil”.

El entrenador silbó. Los chicos seguían riéndose. Yo escupí un poco de sangre sobre el hielo, me limpié con el dorso del guante y, por una idiotez que seguramente estudiarían siglos después en algún manual sobre masoquismo masculino, busqué a Tessa con la mirada.

Ella seguía corriendo.

No me ofreció ni un gesto, ni una pausa, ni una mirada de sobresalto. Ni el mínimo estremecimiento al verme besar la pista, partirme la boca y convertirme en el bufón del equipo a las ocho y once de la mañana de un lunes infernal.

Si acaso me había visto caer, no le importó; o le importó exactamente lo suficiente como para esconderlo tan bien que el resultado fue peor. Mucho peor. Porque una cosa era que te odiaran y otra que te miraran como si ya no existieras.

No sabía cuál me dolía más.

Para cuando me sacaron del hielo, con una bolsa de frío sobre la boca, el tobillo inmovilizado y una expresión que probablemente me hacía parecer un boxeador derrotado por un refrigerador, yo ya estaba convencido de algo: no había manera humana de que todo esto fuera casualidad.




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