Bajo un manto de estrellas.

CAPÍTULO 1.

El cielo, aquella noche, parecía estar salpicado de miles de brillantes estrellas. En el cielo no podían caber más.

Reposaba mi cabeza sobre el respaldo de la mecedora, el chal que cubría mis hombros aplacaba el frío proveniente del viento de las montañas. Me gustaba disfrutar de aquellas noches de otoño en nuestro pequeño porche.

Levanté la mirada al oír unos golpecitos en la ventana, Carmen -la ama de llaves- estaba al otro lado haciéndome señas para que entrara. Seguramente por órdenes de mi padre, pues ya era demasiado tarde y no era seguro estar afuera.

Aunque mi padre siempre había sido permisivo en ese aspecto, últimamente todos en el valle nos sentíamos bastante inseguros. No dejaban de llegar noticias de indígenas que aprovechan la oscuridad de la noche para entrar en las casas, robar e incluso atacar a las personas que se encontraban en su camino. Se decía que no tenían piedad.

A pesar de que no podía negar que aquellos rumores me inquietaban, lo cierto era que tener a mi padre en casa me daba una gran seguridad que me hacía restarle importancia. Sin duda aquellos días que mi padre había vuelto de uno de sus viajes de mercader, había hecho cambiar en cierto modo la situación en casa, tan solitaria a veces.

Carmen insistía dando más golpecitos. Se podía ver en su rostro cómo se impacientaba.

—Ay, qué insistente —exclamé—. ¡Ya voy, ya voy! —Recogí el libro que había comenzado a leer aquella misma tarde del alféizar y me levanté de mi asiento, sacudiéndome los granos de arena que el viento había llevado hasta mi falda.

Me adentré al interior de la casa, cerrando la puerta y asegurándome de que lo hubiese hecho bien.

—Señorita, no me haga preocuparme más de esta manera. No es adecuado que una mujer permanezca fuera de su casa después del atardecer. —Carmen me quitó el libro de entre las manos y lo dejó encima de una butaca que había en el recibidor.—. Venga, a la cama, antes de que su padre se inquiete más.

Carmen me guió hasta mi cuarto gracias a la luz que nos proporcionaba un quinqué que sostenía en la mano. Una vez allí, me ayudó a desvestirme y a ponerme el camisón. También me deshizo el recogido que me había hecho por la mañana y me desenredó el pelo. Había dejado que todo él cayera sobre mis hombros y mi espalda, como si fuera una cascada de color carbón repleta de ondulaciones.

—¿Se acuerda señorita cuando era pequeña y huía de mí cada vez que la quería cepillar? —Me sonrió a través del espejo, sonrisa que yo le devolví de igual manera.

Carmen siempre había estado con nosotros, al menos desde que tenía uso de razón. A veces sentía que con ella tenía un vínculo parecido al que podría haber tenido con mi madre.

—Claro que me acuerdo. No podía soportar cuánto me tirabas del pelo.

—Exagera —musitó, mientras me terminaba de cepillar.

A los pies de la cama, rezamos conjuntamente e hicimos nuestras respectivas plegarias a Dios.

Después abrió las mantas de lana y las sábanas. Retiró las bolsas de agua caliente que habían estado calentando el lecho durante horas y me invitó a meterme dentro de él.

Cerré inmediatamente los ojos de placer al sentir el calor que desprendían las mantas. Aquel momento del día era el más reconfortante sin duda.

—Dulces sueños, señorita. Sueñe con los angelitos —acarició mi frente con su pulgar y apagó toda vela que proporcionaba luz.

Me quedé dormida prácticamente al instante, sin tan siquiera imaginar qué me esperaba al día siguiente.

Los sueños eran como un laberinto, en el que entraba pero nunca sabía cuándo ni cómo iba a salir de allí. Para mí dormir siempre había sido un momento de plena calma, carente, para mi buena fortuna de malos sueños, donde cualquier pena se dejaba atrás. Aquella madrugada no parecía ser diferente, hasta que de dicho laberinto me empezaron a guiar unos pasos hacia la salida. Poco a poco me hicieron entrar en mí; recuperar de nuevo mis sentidos y despertar. Eran unos pasos silenciosos, discretos, como una presencia que no estaba segura de haber oído pero sin duda sí de haber sentido.

Abrí los ojos, conteniendo la respiración y con el corazón en un puño sin saber muy bien con qué o quién me iba a encontrar. A los pies de mi cama, iluminado por una luz anaranjada y tenue que traspasaba desde la ventana, me encontré con un hombre de piel ligeramente oscura, con el pelo moreno y largo, recogido en su parte delantera con pequeñas trenzas. Sus ojos oscuros me miraban fijamente en silencio, mientras se mantenía de pie. No parecía sorprendido, más bien parecía haberme estado esperando.

Un miedo sobrehumano se apoderó de mí, cada parte de mi cuerpo temblaba frenéticamente, pero antes de que pudiera chillar en busca de auxilio, el hombre se abalanzó contra mí como una pantera lo hace al encontrar a su presa, aplastando su cuerpo contra el mío y con una de sus manos me tapaba la boca. Intenté zafarme de su agarre, pero ni tan siquiera pude apartarlo de mí un solo instante.

—Más le vale callarse —murmuró cerca de mi oído, mientras se levantaba su camisa de algodón con su otra mano libre, mostrando la resplandeciente hoja de un cuchillo sujeto con el cinturón.

Asentí, mientras brotaban lágrimas de mis ojos. Estaba aterrorizada, no entendía qué quería ese indio de mí. Sólo podía imaginarme lo peor.




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