La segunda parte de la travesía estaba siendo en completo silencio, a veces interrumpido por alguna de las respiraciones de los tres (el indio, el caballo o yo). Por suerte, el hombre se había dignado a reconsiderar la posición en la que debía estar subida al caballo, poniéndome delante suya. Sin lugar a dudas tenerle tan cerca de mí no era plato de buen gusto —sobre todo porque notaba a veces su vista fija en mí—, pero al menos había dejado de padecer mareos y náuseas.
Era evidente que nos dirigíamos a un lugar remoto. Hacía horas que no veíamos un sólo camino de tierra y por supuesto no nos habíamos cruzado con una sola persona —tampoco carruaje—. La maleza cada vez era de mayor dimensión, tanto que tenía que levantar mis pies descalzos en ocasiones para no rasparme con ella.
Ese indio debía de tener algún campamento escondido en las montañas junto a los suyos. No era de extrañar, eran unos criminales, al menos él. Por suerte mi padre me encontraría pronto y terminaría dando justicia tanto a mí como al resto de víctimas que habían dejado por el camino. No me hacía falta ningún tipo de prueba para saber que él y su grupo, eran los bandidos que saqueaban, robaban e incendiaban todo aquello que se cruzaba en su camino.
Por un momento la rabia volvió a poseerme, pero pronto me tranquilicé. Si algo había aprendido ese día era que perdiendo la serenidad sólo había conseguido empeorar el humor de mi secuestrador y ponerme en una peor tesitura de la que ya de por sí me encontraba. Tenía que mantener la calma como fuera.
Pronto supe que ya estábamos llegando al destino. La forma triangular característica de los tipis se irguieron a lo ancho de la colina, señalados por el humo que se levantaba hasta llenar parte del cielo con él. No estaban muy lejos de allí, tan sólo al bajar la colina, en un pequeño valle que se formaba con esta montaña y las montañas vecinas. Era como una pequeña aldea, mucho más pequeña de lo que me imaginaba. Un río serpenteaba a un lateral del campamento, donde muchas mujeres parecían estar lavando vestiduras y enseres, mientras charlaban. Algunos niños de muy corta edad correteando entre ellas las interrumpían. Los hombres estaban esparcidos, cada uno parecía tener diferentes tareas como encurtir pieles o afilar la punta de las flechas que tal vez estuvieran preparando para un próximo ataque. O para mí.
Aquella precipitada conclusión me puso tan nerviosa, que me hizo pegar un salto en el asiento, pegando sin querer al indio en toda la barbilla con mi cabeza.
—Auch —Me sobé la cabeza, justo en el lugar del golpe.
—Pero- ¡Maldita mujer! —protestó a la misma vez que yo. Volteé mi rostro lo estrictamente necesario para mirarle, sin llegar a mirarle a los ojos, cuando levantó una de sus manos con la finalidad de golpearme. Cerré los ojos con todas mis fuerzas, dispuesta a soportar el tortazo. Pero nunca llegó. Los abrí y sólo me encontré con su rostro molesto, mirando hacia al frente, ignorándome totalmente. Volvía a agarrar las crines del caballo con ambas manos. Por alguna razón que desconocía aquel hombre se había reprimido. Una pequeña parte de mí se lo agradeció.
Los niños que había visto antes, se acercaron a nosotros corriendo, emocionados inexplicablemente por nuestra llegada. Rodearon el caballo de tal manera que el indio tuvo que frenar en seco para no llevarse a ninguno por delante.
Él les regañaba en un idioma que yo no entendía, me imaginaba que era su lengua materna, pero los niños no desistieron ni un solo segundo. El que se rindió fue aquel hombre, que terminó por descender del caballo y pegándoles una suave patada a un par de niños en su trasero a modo de juego. Entonces los pequeños se fueron corriendo y riendo, como si estuvieran jugando al juego de las escondidas.
—Baje —me ordenó, tirando de la parte baja de mi camisón.
Le miré asustada, mi corazón se aceleraba cada vez más; en cualquier momento se me iba a salir del pecho. No quería estar allí, no sabía qué iban a hacer conmigo ahora que habíamos llegado.
—Le he dicho que baje —me insistió, esta vez tirando tan fuerte que hizo crujir la tela.
—No quiero bajar —sollocé—. No me haga bajar, por favor —le supliqué. Ni tan siquiera yo pensaba que había estado conteniendo tanto temor dentro de mí, pero llegada la hora no pude soportarlo más.
A falta de ablandar su corazón lo único que conseguí fue terminar con su paciencia, por lo que subió sus manos hasta mi torso y con gran parte de su fuerza me apeó del caballo a pesar de que yo me agarré al animal como si fuera un clavo ardiendo. Me dejó caer a tierra, levantando una pequeña nube de polvo a mis pies. La caída sólo hizo que mi llanto aumentara cada vez más. Qué hombre tan cruel. Qué episodio tan triste en mi vida.
—Cállese, aquí no sirve de nada, nadie la ayudará —me gritó, parecía realmente frustrado—. ¡Que se calle! —me zarandeó y me alzó del suelo con una brusquedad que podría haberme fracturado el brazo fácilmente—. ¡No la voy a matar! ¡No me sirve de nada muerta! ¡Cállese, niña estúpida!
Me dejé arrastrar por él hasta llegar al campamento. Mantenía mi cabeza gacha, mis ojos estaban nublados por las lágrimas que se acumulaban en ellos pero traté de mantener mi llanto en silencio. No quería enfurecerlo más.
No tardarían en acercarse hasta donde nos encontrábamos algunas mujeres y un par de hombres.
—Lobo —habló una mujer—, ¿quién es ella? —Su mirada y la de los demás estaba totalmente puesta en mí, traté de cubrirme lo más que pude el camisón.