Para entender mejor esta historia, también debemos de trasladarnos al pequeño pueblo de San Cristóbal, donde residía como una vecina más nuestra querida protagonista. Allí toda la aldea la había estado buscando por los alrededores de la zona durante la madrugada y buena parte de la mañana, sin éxito ninguno.
Su padre Don Víctor Álvarez, burgués de buena fama tanto en España como en el nuevo continente, estaba desesperado. Había visto con sus propios ojos cómo raptaban a su hija, y aunque no tardó ni un instante en subirse en su caballo e ir tras ellos, lo cierto es que sus pocas dotes en la montura y su afección en las piernas a causa de una vejez incipiente, ocasionaron que los perdiera pronto de vista.
Sólo de pensar lo que aquel piel roja mal parido le podía haber hecho a su hija le ardía la sangre y despertaba una parte de él muy poco cristiana. Ese hombre se iba a volver loco si seguía así y no habían pasado tan siquiera 24 horas desde el secuestro.
Los cuatro diferentes grupos de civiles que habían emprendido de ipso facto la búsqueda de la pobre muchacha no estaban teniendo éxito alguno. A pesar de que muchos de ellos se conocían la zona de arriba a abajo, pues muchos practicaban la caza, no habían podido seguir el rastro de aquel indio. A decir verdad, dieron con algunas huellas por el herraje del caballo que portaba, pero que se perdieron rápidamente entre la maleza.
—No quiero desesperanzarle, Víctor —le dijo Don Guillermo de Fábrega, estrujando su sombrero con las manos, denotando pesar en su mirada—, pero lo cierto es que ese hijo del demonio ya estará muy lejos. Quiera Dios que me equivoque, pero no hay nada más que podamos hacer más que rezar para que la pobre Lidia encuentre la manera de regresar.
Don Víctor se negaba a aceptarlo, no se iba a rendir. Ella era su hija, sangre de su sangre, y no pensaba quedarse rezando por mucho que el beato de su amigo lo viera como única opción. Él iría a la guardia nacional, al ejército o ante el mismísimo rey si hiciera falta, pero su hija iba a volver.
En cuanto pisó San Ventura, la ciudad más cercana a la aldea, se dirigió hacia la taberna de Pedro Chaves. La taberna por fuera era un edificio colonial, con detalles en color blanco, pero toda la fachada estaba principalmente pintada de color celeste. Sin duda la elegancia del edificio contrastaba con la clientela que se encontraba dentro de él. Era el paraíso para mujeriegos, borrachos y adictos al juego. Por ende, sabía de buena tinta que media guardia nacional y en específico el hombre que le iba a ayudar, estaban allí.
La puerta del lugar permanecía abierta e incluso antes de cruzarla ya golpeaba un fuerte olor a tabaco y coñac, era un pequeño anuncio de lo que cualquier hombre se podía encontrar allí. Si no fuera por aquella situación tan alarmante, sus valores jamás le habrían permitido estar en un lugar tan siquiera parecido a ese.
En cuanto entró en el lugar sintió la mirada de todos los curiosos sobre él, pero no se achantó ni por un segundo. Pasó de largo de la barra donde estaban sirviendo dos camareros y atravesó todo el salón principal, hasta llegar al que se encontraba más al fondo, justo en la zona de juego del local.
Principalmente hombres pero también alguna mujer, estaban agolpados alrededor de las mesas participando en las apuestas o tan sólo observando el juego, todos ellos emocionados por lo que seguramente estaba aconteciendo cada una de ellas.
En una de ellas, se encontraba Ramiro, teniente de la guardia nacional, con un puro cubano entre los dientes y sujetando con sus dedos un abanico de cartas. Le daba vergüenza ver cómo aquel holgazán con mala vida no se avergonzaba de lucir aquel uniforme en un lugar como ese. Si él siguiera activo en el ejército le habría agarrado de esa cabellera larga y rizada y le habría pegado una paliza que se lo hubiera pensado un par de veces antes de pisar un antro así. Para suerte de él, en aquel momento para sorpresa de todos incluso para sí mismo, Don Víctor lo necesitaba tanto que era capaz hasta de besarle los pies.
—Teniente Ramiro —le saludó, llevándose la atención de toda la mesa y la sorpresa del propio teniente.
El joven se levantó de golpe, abandonado tanto el puro como las cartas en la mesa.
—Don Víctor, ¿pero qué está haciendo aquí? Qué alegría verle —le dio la mano la cuál Don Víctor estrechó.
—Necesito hablar urgentemente con usted en privado.
Al ver la seriedad del anciano, desapareció la sonrisa de Ramiro.
—Por supuesto que sí —agarró su sombrero—, por favor acompáñeme.
Ninguno hizo nada por satisfacer la curiosidad de los presentes y se marcharon sin perder el tiempo hacia el cuartel de la guardia, a unos metros de la taberna. Una vez encerrados en el despacho del teniente, el segundo al mando en aquella ciudad, los dos hombres se dispusieron a hablar.
—¿Le ha ocurrido algo a Lidia? —preguntó el joven notablemente preocupado. Sabía que no era del gusto de Don Víctor y que si él había acudido hasta allí era porque no había tenido más remedio que hacerlo.
Don Víctor hizo una breve pausa, tratando de que el nudo que tenía en su garganta no le impidiese hablar.
—La han secuestrado, Ramiro. Un indio hijo de puta —escupió con rabia— se le llevó anoche. La hemos estado buscando por todos lados, pero ha desaparecido. No sé a dónde se la habrá llevado ni qué habrá sido de ella... —las lágrimas agolpándose en sus ojos lo interrumpieron y obligaron a mirar hacia otro lado para recomponerse.