Había resistido con éxito las primeras tareas que me había encomendado la joven india, y aunque estaba segura de que el resultado de ninguna de ellas había sido extraordinario, para mí misma sí había resultado una sorpresa.
Me había dado cuenta de que realizando labores era mucho más sencillo abstraerse de aquella terrible realidad que me acechaba. Incluso aunque mis manos comenzaran a doler de tanto frotar la ropa o mis pies se resintieran por ir descalzos sobre la hierba salvaje de aquel lugar; sabía que era mucho mejor que quedarse encarcelada en aquella tienda pensando en por qué Dios me había hecho tan desafortunada. Sin duda, no había peor condena que la de los pensamientos.
En el campamento parecía estar el ambiente más animado. Los hombres ya se habían despertado y era el momento en que las mujeres que llevaban varias horas trabajando les preparaban el desayuno.
Me sorprendió ver delante de la olla a la Abuela Émar, agarrando con fuerza una cuchara de palo que revolvía dentro del recipiente de metal, mientras charlaba con el resto de mujeres que también se encontraban haciendo labores.
Debió notar que la miraba porque enseguida se giró hacia mí, que me encontraba a varios metros de ella, mientras le quitaba las hojas y tallos a unas ramas que me habían ordenado recoger para leña. Enseguida bajé los ojos de nuevo a mi faena, completamente avergonzada de que me hubiera encontrado chismeando lo que hacía.
—Lidhíaa —me llamó pronunciando mi nombre como pudo, haciendo señas con la mano para que me acercara hasta allí. Levanté la cabeza, completamente atónita, sin saber muy bien si debería ir o no— ¡Lidhía! —insistió.
No tuve más opción que salir de mi escondite, dejando las ramas en su cesta, y levantándome del suelo; permitiendo ver a todo el mundo mi camisón lleno de una especie de mezcla de arena y sudor, que lo habían vuelto de color marrón oscuro. Me acerqué hasta la anciana con el rostro gacho y las mejillas sonrosadas. Sentía las miradas del resto de mujeres que la acompañaban, quemándome en la nuca. Todas se habían quedado completamente en silencio, a pesar de que yo tan siquiera podía entenderlas.
—Dígame, señora —A ella no me importaba hablarle con el respeto merecido, era la única que me había demostrado tenerlo por igual conmigo.
—Tú aprender —me tendió la cuchara de madera y me cedió su lugar ante la enorme olla.
Asentí y agarré la cuchara, dejándome guiar por los movimientos en círculos que ella hacía en el aire. Al igual que hacía unas horas con la ropa y la tabla de lavado ella me estaba enseñando. Su presencia no sólo era de agradecer sino tranquilizadora. Era una buena persona.
Revolvía con cierta dificultad la masa espesa, eran una especie de gachas con trozos de arándanos que le daban cierto subtono azulado. Sin duda era un desayuno contundente.
Al ver con cuánto mimo me trataba la abuela Émar, el resto de mujeres parecieron bajar la guardia y volver a conversar mientras hacían alguna que otra labor cotidiana. A pesar de no poder entenderlas, sabía que estaban charlando de cosas agradables: sonreían y soltaban alguna risilla.
Por un momento me recordó a cuando yo vivía en Madrid y paseaba por los jardines con mis amigas. Entonces yo también era así de risueña, incluso la más bromista de mi grupo. Pero las situaciones cambian sin que muchas veces podamos hacer nada para evitarlo. Mi padre decidió venir a las Américas en busca de más prosperidad, con ganas de expandir el comercio de telas y tintes. Tanto la materia prima como la clientela potencial (la nueva burguesía formada por dueños de minas y plantaciones de algodón, tabaco y azúcar) estaban en América, y había que aprovecharlo. Por lo que él dejó su puesto en el ejército y tras embarcarnos en un navío en el Puerto de San Fernando, llegamos a este continente.
Nosotros, mi padre y yo, pensábamos que no sería difícil adaptarnos pues al fin y al cabo todos los ciudadanos provenían de España o Europa; pero lo cierto era que yo no podía verlo igual. Echaba muchísimo de menos Madrid y cada vez con más frecuencia rehusaba salir de casa. Si no hubiera sido por Ramiro, seguramente ni tan siquiera habría conocido más allá del valle.
Negué con la cabeza varias veces. En él sí que no quería pensar.
—¡Lidhía! —me llamó la atención la anciana, fue entonces cuando regresé de mis pensamientos a mi realidad. De la olla empezó a salir un humo un poco más que grisáceo y emanaba un olor algo desagradable. La anciana me arrebató el cucharón y me apartó de la olla, donde ella volvió a ponerse al mando. Yo completamente sonrojada me quedé mirándola a una distancia prudente. Había estado a punto de echar a perder el desayuno de más de veinte personas por estar enfrascada en mis pensamientos.
Émar echó las partes más oscuras a un lado y junto al resto de las mujeres la ayudamos a repartir el contenido en grandes platos, que más tarde todo el poblado compartirían entre unos y otros.
—Toma —una de las mujeres me dio un plato mucho más pequeño, antes de que todas se marcharan alrededor de la fogata donde hombres y niños ya las estaban esperando. Me quedé atontada observando el plato.
No sólo era pequeño en cantidad, también tenía trozos completamente negros, carbonizados por mi metedura de pata. Una lágrima comenzó a rodar por mi mejilla.
—Qué cruel —musité, antes de romperme en llanto.
Había dado lo mejor de mí aquella mañana y esa era mi terrible recompensa. Me senté en el frío pasto y como pude me acomodé en un rincón, donde toda aquella gente no podía verme, para comerme aquel lamentable plato.
Recordé entonces el plato de caldo que me había entregado Émar en cuanto desperté, si no fuese por ella seguramente el resto me habrían dejado morirme de hambre.
En cuanto todos terminaron su desayuno, se me entregaron todos los enseres para de nuevo limpiarlos a la orilla del río. Estaba tan agotada que sentía que en cualquier momento iba a desvanecerme. A veces me aplicaba agua fría sobre la nuca y eso parecía calmar por un instante aquella sensación.
Fue entonces cuando el trote de un caballo me alertó completamente, pero antes de que ni tan siquiera pudiera levantarme, apareció ante mí cruzando el río, una yegua color chocolate que llevaba en su lomo a un indio desplomado y con las vestiduras empapadas de sangre.
Se me escapó un chillido de sorpresa, pero en cuanto pude reaccionar me aproximé hasta él. A pesar de que el animal se inclinó ligeramente para que agarrara a quien portaba, yo no me atreví más que a observar la escena. Aquel hombre parecía estar sufriendo más que un desmayo, estaba moribundo, apenas podía oír su respiración.
En el lapso de unos segundos, muchos hombres se agolparon alrededor del caballo, empujándome constantemente en cuanto les estorbaba. Se oía algún chillido a nuestras espaldas, seguramente de algún niño que miraba horrorizado la escena.
Entre tres bajaron al herido con mucho cuidado. Entonces sí me di cuenta de cuán malherido estaba. No sólo tenía sangre en su ropa, sino por todo el rostro también. Aparté la mirada en cuanto me di cuenta de cuán deformado tenía el rostro, no sólo eran las heridas sino que también se notaba que le habían arrancado partes de él.
¿Quién le podría haber hecho? Parecía que le hubieran atacado.