Lobo no me reveló en qué consistía su plan, pero sabía que no se iba a andar con minucias. Él mismo había dicho que el fallecido era como su hermano.
Algo en mi estómago se revolvió al pensar qué podía hacerle ese ser salvaje a Ramiro. Él era un buen hombre, siempre se había comportado conmigo de manera atenta y caballerosa. Era un buen cristiano, no podía imaginarme que pudiera hacerle una barbarie así a nadie, ni tan siquiera a un salvaje. Aun así, nuestra relación jamás se basó en hablar sobre sus funciones como Teniente, ni tan siquiera estaba segura de qué hacía como tal.
Pensar en él me llevó a recordar cómo nos habíamos conocido. Al llegar a las Américas como era costumbre en aquel momento a los nuevos colonos se les presentaba en sociedad. Siempre imaginé que no fue casualidad que nos presentaran aquella misma noche. Mi padre solía ser un hombre muy resolutivo y seguramente imaginó que la ilusión de un pretendiente me animaría en la tristeza que ya en aquel momento comenzaba a acecharme. Entre todos aquellos muchachos de buena familia estaba Ramiro, quien aunque su origen había sido más humilde que probablemente el resto de los participantes de la velada, sin duda era el que más destacaba.
Su sonrisa resplandecía cada vez que se dirigía a mí, pero realmente era igual de encantador con todo el mundo. Sabía cómo engatusar a la gente incluso antes de conocerla. A pesar de su puesto como Teniente siempre se mostraba muy allegado. Esa noche sin lugar a dudas me ganó y rápidamente nos hicimos cercanos. Al principio siempre acompañados por Carmen, quien hacía de carabina, principal testigo de que no habíamos cruzado ninguna línea que pudiera poner mi pureza en entredicho. Poco a poco mi padre fue más permisivo, permitiendo que él me visitara brevemente en el porche o que yo me acercara hasta el cuartel de la Guardia Nacional, de camino a realizar algunos mandados a la ciudad.
Él había pedido mi mano hacía unos meses, todos estábamos encantados. Yo me sentía tan afortunada que no tardé en visitar una modista para la confección del vestido de boda e incluso hice llegar mediante carta la noticia al otro lado del océano para que todas mis amistades conocieran nuestro compromiso. Pero todo aquello terminó de la noche a la mañana, de manera repentina mi padre me prohibió que lo volviera a ver e incluso llegó a amenazarlo de la peor de las maneras. Jamás me hizo saber el motivo, Ramiro parecía tampoco saberlo, y estaba claro que si él lo sabía tampoco me lo iba a decir. Era un asunto de hombres.
Aunque no sabía realmente nada en cuanto a lo que Ramiro había hecho o dejado de hacer, creía conocerlo bastante bien para la fecha. Habíamos vivido muchas cosas juntos. Así que si Lobo tenía razón y Ramiro realmente había escrito dicha carta, estaba convencida de que sus motivos tendría. Al fin y al cabo él tenía que proteger al Reino en aquel rincón del mundo y sin duda no se trataba de una tarea sencilla. Yo misma había visto cómo su despacho se llenaba de peticiones -algunas incluso de cuantías importantes de dinero- para liberar a presos y jamás accedió a ninguna por muy tentadora que fuera la recompensa. No fuese yo quien se alegrara del mal ajeno y mucho menos de la muerte de una persona, pero sin lugar a duda el fallecido se lo merecía, estaba completamente segura.
Aun así a Lobo todo aquello seguramente no le interesaba, en primer lugar porque no le agradaría mi conclusión y en segundo lugar porque yo allí no tenía ni voz ni voto; era su rehén. En español ordenó a dos indias que me despojaran de mis vestiduras.
—¡No! ¿Qué diablos...?—yo misma me autocensuré, sabiendo que maldecir era pecado—. ¡Parad!—Me revolví con más fuerza de la que jamás creí tener, agarrando el camisón por atrás, para impedir que los botones desabrochados dejaran ver mi espalda.
Aquellas dos indias se apartaron finalmente con algún que otro arañazo en sus brazos.
—Si no le desvisten ellas lo haré yo —me advirtió.
—¡Que no! Es lo único que mantiene mi dignidad, señor. ¡No puedo!
—Atiéndame —se acercó hasta mí—, con ese trapo lleno de fango y... —hizo cierta mueca— maloliente lo último que parece es digna. ¡Quitádselo! —ordenó, pasando por mi lado para salir del tipi, antes de echarme una última mirada que no iba dirigida precisamente a mi rostro -aunque aquello en aquel momento me daba completamente igual-.
Las mujeres se abalanzaron sobre mí y esta vez vencieron en fuerza, arrancaron el camisón haciéndolo girones. Con el sonido de la tela romperse sentí cómo lo hacía también mi corazón, no sólo estaba siendo humillada sino que era lo poco que me quedaba de mi hogar.
Una vez completamente desnuda me dejé vestir con uno de sus vestidos de piel de búfalo, idéntico al del resto de las mujeres del asentamiento, y cubrieron mis pies dañados con mocasines hechos de la misma piel. Mi cuerpo lo agradeció de inmediato al comenzar a sentir el calor que aquellas vestiduras me proporcionaban. No me había dado cuenta del frío que había estado pasando hasta que dejé de sentirlo.
Mientras lloraba en silencio ellas recogieron mi pelo que durante aquellos días ya había perdido su brillo natural y los mechones se asimilaban más al tallo del trigo seco que al cabello que solía acostumbrar. Dividieron en dos secciones el cabello y trenzaron cada una de ellas con un listón de tela de un color rojizo pero apagado, de una tonalidad ligeramente burdeos.
Cuando entendieron que estaba lista, me empujaron hasta fuera del tipi donde un grupo reducido de hombres me estaba esperando. Lobo los encabezaba, montado en su caballo, del que se desmontó en cuanto reparó en mí. Dejó entrever una media sonrisa al ver mi nuevo conjunto.