Bajo un Velo de Antifaces

Capítulo I: Una decisión irrevocable

El despacho del duque de Cornualles olía a pergamino viejo y al suave aroma ahumado de una pipa que acababa de ser apagada. Era una estancia diseñada para la diplomacia silenciosa, o como a Mariam le gustaba decir, “manejar las cosas por lo bajo”.

Y es que había sido oyente de tantas arbitrariedades que pasaban en ese lugar, pero solo le quedaba fingir bajo una forzosa sonrisa que nada pasaba. A decir verdad, había escuchado cada cosa a hurtadillas, o cuando a muy altas horas de la noche se le antojaba algún que otro bocadillo. Los cocineros y algunos sirvientes que aún no habían terminado con sus deberes ya sabían de sus mini aventuras a la despensa, así que solo se dedicaban a observarla y ella solo podía dedicarles una sonrisa cómplice mientras se llevaba un dedo a la boca.

Puesto que tenía presente que si su padre se enterase de tal fechoría, estaba segurísima de la muy no grata reprimenda que se ganaría.

¿Por qué?
Porque una dama de su alcurnia debía comer moderadamente.
La brillante luz del alba se filtraba a través de los altos ventanales que acicalaban el enorme despacho, proyectando largas sombras sobre los retratos ancestrales que adornaban sus paredes. Sí, esos que la asustaban en sus travesías nocturnas cuando se disponía encontrar algún libro prohibido que le había sido arrebatado por su inadecuado contenido, pero que curiosamente el duque los tenía coleccionados en su biblioteca privada.

Mariam se mantuvo erguida frente al escritorio de caoba, no era su primera vez después de todo, sintiendo el peso de cada uno de esos antepasados sobre sus hombros como si observasen cada una de las decisiones que tomaba.

Algunas más malas que otras.

Su padre, el duque, un hombre cuya barba entrecana y ojos agudos que inspiraban un respeto casi reverencial, no la miraba con afecto paternal en ese momento, sino con la fría evaluación de un estratega. Mariam inhaló y exhaló con cansancio porque estaba segura de lo que vendría a continuación.

—Te casarás con él, ya está todo arreglado. Pasado mañana, anunciaremos vuestro compromiso en el baile conmemorativo del vigésimo natalicio de su alteza el príncipe Arthur de Anglenia.

Mariam no se lo podía creer.
Mentira.
Por supuesto que ya lo sabía, le había rogado a su padre toda esa semana que cambiase de opinión.

A diferencia de sus padres, ella creía que casarse no lo era todo en la vida. Quería disfrutar su plena juventud aprendiendo nuevas cosas que le gustasen; no esas cosas a las que se dedicaba una princesa o una reina o, por ejemplo, una dama de alta alcurnia como ella, puesto que era la única hija de los duques más importantes y los únicos que tenían un ducado separado de cualquiera reino y si fuera poco, las personas más cercanas a la corona de Anglenia.

Aún recordaba las incontables conversaciones que había entablado con su padre para que considerase el hecho de que ella no quería formar parte de la familia real, de esa familia real.

—Padre, te lo suplico ¡por favor! estoy segurísima de que hay muchas señoritas a las que les gustaría tener que lidiar con esta clase de problemas —replicó Mariam y, aunque tuviera la mayor de las razones. A su padre, el duque de Cornualles, no le hacía ni una mera gracia sus comentarios.

—¿Problemas, me decís? —argumentó su padre con un tono indignado. —¿Sabes cuántas desearían estar en tu lugar jovencita?

Y en realidad, Mariam lo sabía, lo sabía perfectamente; desde que era una niña se le preparó para tal papel. Al parecer sus padres, tanto los del príncipe como los de ella, lo habían planeado incluso antes de que llegasen al mundo. Lo cual, para ella, era una completa barbaridez.

No obstante, para la no sorpresa de Mariam había oído alguna vez, que su padre y el del príncipe se habían conocido en una taberna hace muchos años atrás, cuando el rey Leopold era un simple cortesano común y corriente, aunque cortesano no sea la manera más lúgubre de llamarte puesto que la historia de Anglenia es tan curiosa…

—Por eso mismo padre, dejad que cumplan sus sueños. Y a mí dejadme cumplir los míos.

El duque, que lamentablemente carecía de un buen humor esos días, golpeó la mesa con la palma de la mano. El ruido sordo hizo que los jarrones de la repisa vibraran.

—¡Basta de insensateces, Mariam! —Su voz, normalmente medida, estalló en un alarido de frustración—. Tus sueños, como tú lo llamas, son incompatibles con tu deber. La corona de Anglenia y la estabilidad de Cornualles dependen de esta alianza. Es nuestra única defensa sólida contra la hostilidad de Valenoria y los posibles ataques de Whisperwood. Tu matrimonio no es un capricho, es una necesidad política, una que tu madre y yo hemos asegurado con un gran esfuerzo. No permitiré que tu… infantil rebeldía lo eche todo a perder. Acéptalo. Eres mi única hija y harás lo que se espera de ti.

La frase, pronunciada con la naturalidad de quien comenta el clima, impactó a Mariam como un golpe físico. Aunque el rumor había estado circulando y el tema había sido evitado con mucho esfuerzo durante semanas, escuchar la confirmación directa, fue devastadora.

—Id a vuestra habitación —prosiguió su padre —. Vuestra doncella os tomará las medidas para el vestido del compromiso —aclamó su padre dando por terminada la conversación.

Dicho esto, su padre se dio media vuelta y salió del despacho, dejando a Mariam con el peso de su destino. Las palabras de su padre resonaban en sus oídos.

Acéptalo.

Mariam se quedó de pie, observando la puerta cerrada por donde hace unos pocos segundos había salido su padre. No derramó ni una lágrima. El miedo que había sentido durante semanas dio paso a una firmeza inquebrantable. Su padre podría haberla sentenciado, pero ella aún no había pronunciado su última palabra.

Mariam salió del despacho y caminó por los largos pasillos del Palacio de Cornualles. Caminaba a paso lento recorriendo con la mirada aquel sitio que alguna vez consideró su dulce hogar; no obstante ahora solo lo miraba como un lugar sofocante y carente de libertad, tal como pájaro enjaulado. Sabía que debía hacer algo cuanto antes o al menos… planearlo, idearlo, pero su estómago tenía otros planes en mente.
—Agh— se detuvo bajando la vista hacia su estómago, el cual había hecho un leve sonido en señal de protesta —. ¿Enserio? — susurró.




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