Bajo un Velo de Antifaces

Capítulo II: Un escape casi perfecto

Mariam se quedó mirando la puerta por donde su hermano había desaparecido. El tic-tac del reloj de pie en la esquina, un elegante mueble de caoba con incrustaciones de oro, parecía un martillo. Tenía poco tiempo antes de que su destino quedará sellado en el natalicio del príncipe Arthur.

No había aliados, solo deber y resignación en Cornualles. Había pensado en pedirle ayuda a su madre, pero hace mucho tiempo le había perdido la fe, al parecer su madre también había sido víctima de un matrimonio político. Así que, la responsabilidad de su libertad recaía únicamente sobre sus propios hombros.

Mariam llamó a Elara, que esperaba nerviosa fuera de la puerta. La doncella entró con sus ojos llenos de miedo.

—Mi señora, ¿Qué ha pasado con Lord Edmund? —preguntó, cerrando la puerta, tras de sí.

—Ha intentado hacerme entrar en razón —respondió Mariam, con un tono amargo, mientras se dirigía a su tocador y comenzaba a guardar algunas joyas pequeñas y valiosas en una bolsita de terciopelo. Eran las únicas cosas que podría vender fácilmente en un puerto.

Había pensado en vender algunos de sus mejores vestidos, pero si salía con muchas cosas ya sería algo sospechoso, y no tenía pensado correr tal riesgo.

—¿Y bien? —Elara la miró con esperanza.

Mariam clavó sus ojos esmeraldas en los de su doncella, entrecerrándolos ligeramente.

—Elara, sabes que ya tomé una decisión.

Se hizo un breve silencio cargado de significado. Era una advertencia silenciosa: que a Elara tampoco se le ocurriera intentar disuadirla.

Ahora que sabía que ni Edmund podía ayudarla, no quería pensar que su única fiel amiga también quisiera hacerle cambiar de opinión.

—Al final no me ayudará. Está tan atrapado en su "deber" como mis padres. No podemos confiar en nadie más que nosotras, Elara.

La doncella tragó saliva con fuerza, su rostro palideció, mirando la fina tela del vestido de compromiso que había levantado del suelo. El peso de la lealtad y el peligro se disputaban en su rostro, pero su miedo era palpable.

—Pero, mi señora, ¿está segura de esto? Es un riesgo terrible— dijo dudando visiblemente.

—Si me quedo, estoy atrapada de todos modos, Elara —dijo suplicante, acercándose a su doncella—. Por favor, eres la única en quien confío aparte de mi hermano. He estado planeando esto durante meses, en caso ya no pudiera hacer nada más. Conozco el camino al establo, solo necesito a mí caballo, dinero, y mi capa más oscura.

La doncella vaciló, mirando nuevamente la tela del vestido. La idea de la vida que le esperaba a Mariam, una vida de tristeza y resignación, pesó más que su propio miedo. Aunque le hubiese gustado verla vestida de blanco, si eso no le hacía feliz, solo podía apoyarla.

Finalmente, asintió con una determinación silenciosa, tragando saliva con fuerza.

—Os encontraré el caballo más rápido y el dinero que alguna vez guardamos para emergencias. Pero debéis ser rápida, mi señora. Los guardias del servicio cambian a medianoche. Tenéis diez minutos, antes de que vuelvan a sus puestos nuevamente. Id a la salida del servicio junto a la bodega. Yo llevaré lo necesario —exclamó su doncella decidida.

—¿De verdad me ayudaréis? —susurró Mariam esperanzada.

—Sí mi señora, si realmente lo que desea es no casarse y vivir la vida que siempre quiso, quien soy yo para negarme a cumplir su sueño.

Al concluir su frase Mariam no aguantó más y corrió a abrazar a su doncella

—Gracias Ela, ¡muchísimas gracias! —le dijo emocionada.

Su doncella le devolvió el abrazo y luego de un breve momento, se separaron.

—No es nada mi señora, ahora si me disculpa, debo retirarme a seguir con mis deberes.

—Claro, sí, por supuesto, puedes retirarte.

Con un asentimiento de cabeza, la joven doncella estaba a punto de retirarse cuando Mariam la volvió a llamar

—¡Elara! —exclamó.

—¿Sí?

—Solo quería nuevamente darte las gracias, enserio, significa mucho para mí.

Elara asintió con una suave sonrisa y se retiró a seguir con sus deberes, ya que debía terminar para poder ayudar a Mariam con su cometido.

(***)

Las dos horas pasaron arrastrándose y volando al mismo tiempo. El reloj de la esquina sonaba insoportablemente fuerte. A las once y cuarenta y cinco, Mariam se vistió con una simple blusa de lino oscuro y una falda de viaje, nada de sedas ni encajes. Se puso las botas más resistentes que tenía, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.

Se deslizó por el corredor de servicio. El palacio dormía, sumido en un silencio que rara vez experimentaba durante el día, pero al que ya estaba acostumbrada debido a sus cientos de paseos nocturnos al pueblo. Cada sombra parecía un guardia, cada crujido de las tablas del suelo de madera vieja era un grito de alarma en sus oídos. El olor a cera de abejas y a humedad de las bodegas llenaba el aire.

Llegó a la puerta de servicio que daba al exterior, oculta tras unos arbustos de lavanda. Elara la esperaba allí, temblando visiblemente bajo el cielo nocturno salpicado de estrella. Llevaba una bolsa pesada de cuero con monedas, un bulto con pan, queso y una cantimplora de agua.

—Buena suerte, mi señora —dijo Elara, las lágrimas asomando a sus ojos.

—Creo que esta vez me deberías llamar por mi nombre, ¿no crees? —inquirió Mariam con una sonrisa triste, que amenazaba con hacerla llorar.

—Buena suerte, señorita Mariam —acertó a decir Elara, secándose algunas lágrimas que afloraron.

Mariam rio entre dientes. Nunca había tenido una amiga tan leal como Elara, quien era hija de su Aya, ahora la dama de llaves del palacio, la señora Celestina.

—No tienes idea de cuanto te voy a extrañar —le dijo, abrazándola con fuerza.

Al separarse Mariam estaba apunto de dirigirse al establo, pero de repente al acordarse de algo importante se volteó hacia su doncella y le susurró.

—Elara, escúchame bien, en caso sea encontrada, y piensen que me ayudaste a escapar, agarra tus cosas e huye. —Mariam sacó un poco de monedas de oro de su bolsa y le dio — Ten, tal vez esto te ayude en todo caso.




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