Años antes…
La pequeña Mariam, una joven de espíritu aventuro y una mente curiosa, creció en el ducado de Cornualles, una tierra de costas escarpadas y leyendas antiguas. Aunque su linaje conectaba con la nobleza, su corazón latía más fuertes por los relatos de caballeros y los secretos que guardaban los bosques de su hogar. Como los monstruos míticos, por ejemplo.
Desde que tuvo uso de razón, tenía inculcado que en algún momento llegaría a ser la Reina de Anglenia, un puesto codiciado por muchas familias, incluso por las que consideraba sus amigas, que poco a poco iban revelando que su amistad con ella no era más que una mera fachada para estar más cerca de la realeza. Qué hipócritas, pensó.
A sus catorce años, la noticia de un encuentro inminente con el príncipe Arthur de Anglenia llenó los salones del castillo de un aire de expectación. No por la perspectiva de un futuro compromiso forzado, sino por la oportunidad de conocer a alguien de un reino diferente, con historias y costumbres propias. Mariam, más interesada en las crónicas de batallas y los relatos de exploradores que en los bailes de salón —aunque mentiría si dijera que lo hace mal, porque le sale a pedir de boca—, veía este encuentro una ventana a un mundo más allá de las fronteras de su ducado.
—Mariam, el día de hoy os reuniréis con su excelencia, el príncipe Arthur. Es una oportunidad para demostrar la gracia y la inteligencia de Cornualles —le dijo su padre el duque, consciente de la independencia de su ducado, quien buscaba fortalecer los lazos con Anglenia a través de esta alianza.
—Y recuerda Mariam, nada de mencionar algún tema relacionado con la magia—amenazó su padre—, en varias ocasiones os he repetido que no debéis leer nada referido a los seres que acechan los bosques prohibidos—continuó—. Sabes perfectamente que tanto en Anglenia como en Cornualles, está completamente prohibido alguna mención de ese tipo.
La pequeña duquesa no entendía el por qué de esa prohibición, la primera vez que su padre la encontró en la biblioteca con libros que explicaban los miles de criaturas que habitaban los bosques, la castigó severamente y ordenó que escondieran esos libros y que quedaran fuera del alcance de Mariam.
—Querido, por favor, no la turbéis; aún es muy pequeña para entender su papel. Mi querida lady Mariam, tú solo sé buena con el príncipe, ¿sí?, tratad de entablar una buena relación entre vosotros —añadió su madre, la duquesa, con una cálida sonrisa—. Y no olvides lo que menciono vuestro padre ¿de acuerdo?, tratad de entenderlo por favor—añadió en un susurro, dándole un beso en la frente.
Para Mariam las palabras de su madre eran un bálsamo, un recordatorio de que, a pesar de las expectativas de la corte, lo más importante era ser fiel a sí misma. Mariam asintió, con el corazón lleno de una ilusión genuina.
El viaje a la capital de Anglenia, la bulliciosa ciudad de Leonfort, duró tres días. Mariam observó con ojos curiosos el cambio de paisajes; las costas escarpadas de Cornualles dieron paso a los vastos campos de trigo y los densos bosques de Anglenia. La capital misma era un espectáculo de piedra gris y torres que alcanzaban el cielo, un lugar que Mariam, en su inocencia, consideró el centro del mundo.
Fueron alojados en una de las alas del inmenso Palacio Real, una vasta construcción de mármol blanco y granito que dominaba la ciudad. Con sus cientos de habitaciones, era un laberinto de pasillos y salones. La fachada principal, de estilo barroco riguroso, presentaba pilares imponentes y ventanales altos que reflejaban el poderío del reino. En el interior, los techos estaban adornados con frescos vibrantes, los pisos de mármol pulido y las paredes tapizadas con sedas orientales y espejos venecianos que multiplicaban la luz de miles de velas. El aire olía a la fuerte fragancia del sándalo. Era un olor diferente al de su hogar, más pesado y menos acogedor.
Los guardias condujeron a Mariam hacía unos hermosos jardines, hoy vestía uno de sus atuendos favoritos, esperando la aprobación de su alteza el príncipe Arthur. Pero cuando llegó, solo encontró al rey Leopold esperándola, quién había preparado té para recibirla. La mesa de té estaba adornada con delicadas porcelanas y dulces intrincados, pero Mariam apenas los notaba, sus nervios y su curiosidad por conocer al príncipe la consumían. ¡Alguien de su edad! Imaginaba que quizás él también tendría algún secreto, o que podrían escaparse juntos a los bosques.
Al llegar este la recibió con una leve sonrisa y la invitó a sentarse.
—Lady Mariam, es un gusto poder recibirla —saludó el rey—¸ ¿quisiera acompañarme a tomar el té? —preguntó.
—Será un placer, alteza. —procedió a sentarse en la silla que se encontraba al frente del rey.
—Cuéntame, querida ¿Cómo has estado? Has crecido mucho desde la última vez, ¿Os fue bien de camino al palacio?
—Me encuentro gozando de buena salud, alteza. Respecto a lo otro, no me puedo quejar, vuestro carruaje real es una maravilla — respondió.
El rey Leopold soltó una carcajada— Siempre tan educada, lady Mariam, estoy seguro que vuestro padre la educó con esmero.
En ese momento Mariam dejó de juguetear con su vestido, quería torcer la boca en un gesto parecido al del dolor, tan solo al recordar cuántas tardes paso repitiendo cada saludo, cada reverencia, para poder estar a la altura de las expectativas de su padre, le daban ganas de llorar. Enderezó la espalda, ahora quedando perfectamente recta y descansó sus manos sobre su regazo con elegancia.
—Agradezco vuestros cumplidos, alteza—respondió y se dispuso a tomar un sorbo de té. Después de un momento de silencio reunió el valor para preguntar —. Disculpe alteza, si me permite la osadía ¿no era hoy, el día que me reuniría con su alteza el príncipe Arthur? —cuestionó.
El rey sonrío — ¿Acaso os aburre mi presencia? — preguntó vacilante, con un leve tono bromista.
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Editado: 27.12.2025