Bajo un Velo de Antifaces

Capítulo II: Un escape casi perfecto

Mariam

Me quedé mirando la puerta por donde mi hermano había desaparecido. El tic-tac del reloj de pie en la esquina, un elegante mueble de caoba con incrustaciones de oro, parecía un martillo. Tenía poco tiempo antes de que mi vida quedará sellada en el natalicio del príncipe Arthur.

Y no planeaba dejar que eso sucediera.
El destino podía irse a la mierda.

No había aliados, solo deber y resignación en Cornualles.

Al inicio, solo después de un año de que anunciaran mi compromiso con Arthur y darme cuenta de la grotesca persona que era, había pensado en pedirle ayuda a mi madrastra, pero igualmente hace mucho tiempo le había perdido la fe.

Así que la responsabilidad de mi libertad recaía únicamente sobre mis propios hombros.

Fui hacia la puerta y llamé a Elara que esperaba nerviosa en la esquina del pasadizo. Mi doncella entró con sus familiares ojos llenos de intriga.

—Mary ¿Qué ha pasado con Lord Edmund? —preguntó, cerrando la puerta tras de sí.

—Ha intentado hacerme “entrar en razón” —respondí haciendo el gesto de las comillas con mis manos con tono amargo mientras me dirigía a mi tocador y comenzaba a guardar algunas joyas pequeñas y valiosas en una bolsita de terciopelo.

Eran las únicas cosas que podría vender fácilmente en un puerto.

—¿Pero que hacéis? — preguntó incrédula.

En ese momento paré lo que hacía y me giré hacia ella.

—Guardando cosas que me sirvan Elara —respondí con desdén.

Había pensado en vender algunos de mis mejores vestidos, pero si salía con muchas cosas ya sería algo sospechoso, y no tenía pensado correr tal riesgo.

—¿Qué os ha dicho? —siguió cuestionando.

—¿Quién? —pregunté yendo a mi baúl y posteriormente hurgar en él para encontrar más cosas que pudiera vender.

—¿Quién acaba de salir por la puerta? — respondió irónica,

Clavé mis ojos Hazel en los de ella entrecerrándolos ligeramente.

—Al final no me ayudará —mencioné enojada—. Está tan atrapado en su “deber” como mis padres. No podemos confiar en nadie más que nosotras, Elara.

Oí como se quedaba en silencio, luego tragó saliva con fuerza observando la fina tela del vestido de compromiso que seguía arrugado bajo mi cama. El peso de la lealtad y el peligro se disputaban en su rostro, pero su miedo era palpable.

—Pero Mariam, ¿estáis segura de esto? Es un riesgo terrible— dijo dudando visiblemente.

—Si me quedo, estoy atrapada de todos modos, Elara —dije suplicante, acercándome a ella—. Por favor, eres la única en quien confío aparte de mi hermano. He estado planeando esto durante meses en caso ya no pudiera hacer nada más. Conozco el camino al establo, solo necesito a mí caballo, dinero y mi capa más oscura.

Y suerte, mucha suerte.

—¿Pero a donde irais? —preguntó.

Esa era una muy buena pregunta. Pero sabía que solo había un lugar en el mundo que me salvaría de mi cruel destino.

—Podría ir Prystenos— dije alzando los hombros.

En realidad, no sabía si Prystenos sería buena idea después de todo. Para llegar hasta ahí debía pasar las tierras prohibidas y dudo mucho que su Rey sea tan amable de darme refugio o permitirme cruzar sin dar nada a cambio.

—¿Prystenos? — abrió los ojos como platos — ¿Estáis loca Mariam? ¿Acaso planeais cruzaros las tierras prohibidas? Peor aún ¿planeais cruzaros la niebla?

La niebla
Ese era otro de mis problemas.

Durante La Guerra de los Mil Mundos se cuenta que un dios llamado Anpu en su codicia de aferrarse al cetro de las siete puertas creó lo que ahora conocemos como la niebla. Un espeso velo blanco que se encuentra en la mitad del mar de Smaragdus, cuenta la leyenda que las guardianas de aquel velo son las nereyda, unas criaturas acuáticas mitad humanas mitad pez que acechan a los barcos con sus cantos.

Si deseáis el Smaragdus cruzar,
vuestros recuerdos debéis entregar.

No pedimos mucho fiel marinero,
pero si estas aguas deseáis navegar
un precio debéis pagar

¿Estáis dispuesto a cruzar el velo?
pronto lo averiguaremos…"

Recuerdos.
Ese era mi temor, no sabía que me exigirían las nereydas si me atrevía a cruzar, en algunos escritos dicen que el primer recuerdo que se te cruza por la mente al oír su petición es el que no quieres borrar, y ese es por ende el que te robaran. Otros se volvieron locos y murieron mucho antes de llegar.

Lo peor de todo era que no sabía que es lo que habría cruzando aquel velo, que vida me esperaría, que criaturas me encontraría ¿sería capaz de afrontar todo aquello? ¿sería capaz…

—¿Mariam? — chasqueó los dedos —¿Me oyes? —preguntó buscando mi mirada.

—¿Qué… yo… sí? — expliqué insegura.

Elara rodó los ojos.

—Te preguntaba si estabas siendo lo suficientemente estúpida como para intentaros cruzar la niebla —matizó con condescendencia.

—Por supuesto que no soy estúpida — restregué mirándola fatal.

—Pues no lo parecéis considerando que planeáis cruzaros la niebla —contraatacó.

Miré hacia otro lado.

—Escucha Ela —empecé buscando paciencia— Es lo único que me puedo permitir ahora— entrecerré los ojos. — Aparte vos dijiste que me ayudarías — me giré hacia ella —¿Acaso cambiasteis de opinión? — dije haciendo puchero. Recordando como había funcionado la primera vez que lo hice para que me ayudara a escapar al pueblo.

Elara me miró por un rato y luego suspiró agotada.

—¿Qué haré contigo? — dijo negando la cabeza, me miró y puse ojitos de cachorro—. Bien, bien, de acuerdo. Tú ganas — mencionó derrotada.

—¡Genial! —aclamé alzando los brazos.

—Pero hay algo que estás olvidando— mencionó de repente.

—¿Qué? —dije girando la cabeza hacia ella aún con los brazos alzados.

—¿Cómo planeáis cruzar el bosque de los lamentos? — alzó una ceja y bajé mis brazos.




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