Balance

5. Donde no me vea

Puedo escuchar incluso el chasquido de la lengua de la reina sin creerse una aun.

— ¿Me quieren ver la cara de tonta? — Suelta ella con una rabia que ya amerita veneno.

— Puedo probarlo majestad. — Menciona ella con sencillez.

Mi cuerpo me tiembla mientras me encuentro en miedo extremo, sintiendo cada nervio más puntiagudo y tenso, haciendo que mi mente se centre en los nervios que poseo e incluso esa cosa que me susurra y me incita a hacer cosas no para de gritarme e insultarme como si no fuera suficiente con esta situación.

Pero Anne no es como yo, ella está relajada, se escucha en paz, tranquila. No se inmuta ni al rugido más fuerte de la reina, quizá es vivir tanto tiempo rodeada de poder o incluso ser de la realeza lo que provoca que ella permanezca de tal forma. En este momento, justo en este, desearía tener su valor pero no soy más que un gallina.

El tacón de la reina se incrusta en mi columna delgada, provocando que truene mis dientes y labios contra el suelo por culpa del dolor insufrible que me provoca. Deseo ver lo que sucede pero la presión es tanta que no tengo fuerzas para levantar siquiera la mirada.

— ¿Qué haces aquí? — Escupe la reina con un tono oscuro.

— Deseaba conocer este reino, después de todo…ya sabes — Murmura ella. — Y seria de mucha ayuda que sueltes a tu lacayo, él me trajo después de todo y vi que tiene mucho potencial para correr, me sirve en mi estancia aquí, lo prometo. — Susurra ella con un tono convincente, que incluso yo siento que puedo prometerle lealtad.

“Mas te vale que le seas leal, idiota”

Gruño de manera casi inaudible tratando de ahuyentar lo que sea que es esta cosa que me habla.

— ¿Con que corriste y huiste? — Prosigue la reina con mi interrogatorio, aunque la presión de su tacón no se detiene.

— Todo con el fin de serle fiel a la regla que me impuso majestad, “no buscar pelea ni nunca defenderme.” — Musito entre dientes, tratando de ser claro a pesar de mis quejidos de dolor.

— Te lo encargo, aunque más te vale que no te vea la cara en un buen rato, huérfano. — Ella detiene su presión y puedo escuchar como ella regresa a la habitación con rapidez.

Dejo salir un suspiro aliviado cuando siento paz después de un buen rato, como una tormenta torrencial llegando a su fin, aunque muy probablemente regrese de nuevo en unas horas.

— Vamos, levántate huesudo. — Bufa Anne con una pequeña risa.

— Te prometo que siento que si me levanto justo ahora podría partirme la columna en dos, dame unos segundos, te lo ruego.

“Dile por favor, maleducado.”

— Por favor… —Susurro acostándome boca arriba en el suelo frío y áspero.

— Pero promete que me enseñaras algo, no lo sé, sus comidas, sus costumbres, sus poderes — Hace una pausa. — Su gente.

— Claro, si quieres ver a gente al borde de la muerte.

— Vamos, no puede ser tan malo.

Yo resoplo y pido fuerzas a todo lo que sea, incluso a mis antepasados aunque no sepa quienes son.

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— Bueno, si puede ser malo. — Admite ella al ver la escena frente a sus ojos.

Yo niego con la cabeza y mejor doy un paso adelante en el pequeño centro de enfermería donde están la mayoría de niños al borde de la muerte por desnutrición o incluso enfermedades provocadas por las malas cosechas.

— Hola Emily. — Me acerco a la adolescente de mechones oscuros y piel pálida. Esta ya me conoce así que sonríe con debilidad al verme.

Reviso la tabla colgada justo arriba de su cama, reviso lo que ha logrado comer, su peso, síntomas de mejora o de decaída y dejo salir un suspiro tembloroso al ver que esa cifra va en picada.

Perdió cinco libras más en menos de una semana e incluso aparte de lo muerta viviente que se ve, avisto señales de la enfermedad de las cosechas.

— ¿Fue alguna mazorca..? ¿Las bayas…? — Pienso en voz alta y Emily acerca su mano con la mía con debilidad.

— Te prometo que tus bayas no fueron, incluso es lo más rico que como en este sitio. — Ella sigue mientras ve de reojo a Anne. — ¿Y ella? ¿Ya conseguiste novia? — Yo la veo con furia, haciendo que ella ría a medias. — Pero mírala, ese vestido debe de venir del armario de la reina.

— Emily, no. — La reprendo pero Anne pone una mano en mi hombro.

— ¿Te gusta? — Le pregunta Anne, sentándose en la camilla de Emily.

— ¿Gustarme? Claro. — Prosigue — Pero nadie con estos huesos podría lucirlo, nadie más que la reina puede. Pero gracias por la idea, podré usarlo en mis sueños cuando fallezca.

— Emily, por favor no digas esas cosas… —Susurro con pesadez.

— Vamos Rowan, llevo años luchando con esto, incluso le pido al rey el porque no me ha dejado irme. Tu sabes que quiero mejorar, siempre lo he querido pero, estos 15 años han sido mi tortura mas larga, nunca mejoro y aun así sigo acá, escuchándote, soportando tus regaños. — Confiesa ella, mi voz tiembla así que no respondo de golpe.

— En el caso de que sucediera… — Me tomo una pausa para tomar aire. — ¿Puedo seguir usando tu apellido…?

Ella ríe un poco más grande asintiendo.

— Adoptaste mi apellido después de todo pedazo de menso. —Declara ella con dedo acusador.

Nos quedamos en silencio cuando llega un enfermero a cambiarle el medicamento, permanecemos en silencio mientras lo hace para dar respeto pero mi mente regresa siempre a cualquier cosa menos al presente.

Emily Black es aquella niña que conocí hace varios años atrás, huérfana, podría decir, sus padres fallecieron a causa de la enfermedad de la cosecha, fueron asintomáticos, nunca sintieron los síntomas de tal enfermedad prácticamente terminal.

Emily ha vivido de desnutrición desde los tres años, luchando por su vida como nunca nadie visto, se ha aferrado incluso cuando se desmaya incontables veces, se ha aferrado incluso cuando delira, incluso cuando quiere suicidarse, incluso cuando recuerda a sus padres, incluso cuando el dolor de sus huesos no acaba, incluso cuando el frío del invierno amenaza con asesinarla, incluso después de eso y mas ella se sigue aferrando, abrazando la poca vida que tiene, si eso se le puede llamar vida.




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