La gente del castillo siempre reniega al verme, siempre soy considerado un consentido pero yo no lo veo así, en realidad recibo demasiados regaños al día por no hacer bien mis deberes.
— Vamos, muévete. — Me repite Josh, arrastrándome al salón de prácticas de caballería. Yo me niego rotundamente pero Josh insiste de que me ve potencial de guerrero.
— ¿Otra vez Josh? El no quiere, porque es una gallinita. — Dice alguien en la entrada, yo aprieto mis puños ante lo dicho.
Detesto que la gente asuma algo que no soy, simplemente no me gusta el sudor.
Quito el agarre de Josh a mi cuerpo para poder ponerme frente al hombre.
— Lo haré y te reto a ti a un duelo. — Escupo sin pensarlo mucho, vamos debo ser un adolescente menso pero aja, no todos los días vas a tener 14 años y mantener estas agallas que te llevan a la perdición.
— ¿Un duelo? ¿Conmigo? ¿Tu y yo? — Bufa él, yo mantengo mi posición firme sin inmutarme.
— ¿Qué te echa para atrás? ¿Será que realmente eres una gallina? ¿Dejarás que un niño te gane? — El refunfuña y extiende el brazo para aceptar el duelo.
Las personas echan gritos mientras Josh se lanza a una esquina justo en las bancas para vigilar todo, incluso deduzco que debe tener algún remedio para el dolor en esa gran bolsa que lleva.
Camino al centro y decidimos no usar armas ni nada por el estilo, todo a puño limpio. Todos los ojos se mantienen en nosotros, vigilándonos con gran expectación y especulación, claro, no todos los días ves al "consentido" de la reina en un duelo sabiendo que es cuatro veces más pequeño y delgado que su contrincante.
La mayoría ya debe estar planeando las flores pobretonas para mi funeral, y ahora si podría elegirlas quisiera que fueran unas gerberas blancas.
Trato de no acobardarme ni echarme atrás cuando el tipo ya se esta amarrando el cabello, sus músculos se hacen visibles haciéndome sentir como un completo idiota por meterme en algo como esto. Solo a mi se me ocurre seguirle la corriente, si, soy un idiota pero al menos soy un tipazo de palabra.
— ¡Empiecen! — Grita la entrenadora.
Él se lanza hacia mí y yo logro escabullirme en el suelo, saliendo por sus piernas, tal vez si hay una ventaja en ser tan pequeño.
Golpeo con rapidez sus partes nobles y el no tarda en hacerse bolita, ayudándome a darle un golpe claro y limpio en su mejilla, él aun con dolor me agarra de la camiseta y me devuelve estrellando su puño en mi rostro.
El salón se llena de un silencio incómodo y yo no tardo en escuchar las gotas de sangre caer en el suelo como un golpe seco.
El tipo sonríe con satisfacción pero algo innombrable se acumula en todo mi cuerpo, es como una rabia que realmente nunca he sentido, quizá tiene nombre como aquel que llaman: sed de sangre.
Me muevo con rapidez, escapándome de cada golpe con agilidad haciendo que el contrario se enoje a tal punto que sea imposible no reírme, pero realmente no lo siento así en mi pecho.
Es una rabia que me pica, deseo estrellarle la cara una y otra vez e incluso cada sentido se agudiza ayudándome a moverme con la inteligencia y sabiduría de un anciano.
Todo es más brillante, más ruidoso, cada aliento mío o del contrario me son y se sienten más a detalle, y mi corazón palpita prácticamente en mi cerebro, recordándome que estoy vivo y que mi cabeza se siente apunto a estallar.
— ¡Gallina! ¡Déjate dar un golpe! — Anuncia el contrario con rabia, yo corro por consecuencia y me lanzo, colgando mis piernas en el alrededor de su cintura.
Su cuerpo cae por el sobresalto y yo aprovecho para estrellar mi puño contra su cara incontables veces, la sala me es indiferente, los susurros sin importancia, la entrenadora gritándome para soltarme me es débil. El rostro sangriento del contrario me son interesantes, extasiantes, sus movimientos para tratar de moverme hacia un lado me son curiosos y molestos.
— ¡Rowan! — Escucho al fondo de la sala, haciéndome voltear a ver por un segundo.
El rostro de Shuelt se oscurece al verme, y yo sonrío mostrando mi puño sangriento con orgullo cuando ella se acerca.
— ¡Reina, ahora puedo ser igual a ti! ¡Puedo ser igual de grandioso que tú! — Menciono con una sonrisa enorme que hace que me pique la cara.
Ella no se muestra feliz cuando se encuentra frente a mí, de hecho me patea hasta caer fuera de la zona de practica, mi cabeza se golpea contra el suelo duro y frío. Ella regresa a mí y se agacha para golpearme el rostro justo como se lo hice a aquel tipo.
La cabeza me da vueltas, la ira se dispersa en mi pecho hasta que desaparece siendo reemplazada por miedo. Trato de pedir ayuda para librarme de su agarre pero ella es mejor que yo en todos los sentidos, todos lo saben, por ello nadie se mete, y parece que a todos les queda más que claro que no soy aquel consentido que tanto imaginaban.
— Reina... — Musito, tratando de no ahogarme en mi propio charco de sangre, ella se detiene y me agarra el cuello de la camiseta para acercarme a su rostro lo suficiente para tatuarme su mirada oscura.
— Escúchame bien Rowan. — Susurra ella mientras escanea mis ojos, buscando algo que no entiendo y suspira cuando verifica lo que busca. — Nunca más vuelvas a buscar pelea, conflictos o guerra, tienen completamente prohibido el uso de tu fuerza contra otros. Si te golpean, déjate, si te amenazan, déjate, si están a punto de asesinarte, acéptalo y muere de una vez, huérfano.
Ella me lanza contra el suelo nuevamente en un golpe seco, retirándose del lugar con rapidez.
— ¡Limpien este desastre! — Anuncian antes de salir y cerrar la puerta con un estruendo.
El salón se llena de cuchicheos y acción mientras yo trato de respirar con normalidad.
— Abre la boca, bebe esto. — Me dice Josh, arrodillándose a mi lado para darme algo en un frasco.
El líquido viaja por mi garganta en un trago amargo y asqueroso, solo por mi debilidad no lo vomito.