En la noche, los motores de los autos se escuchaban a la distancia. El grupo de lujosos vehículos negros avanzaban por las calles nevadas en dirección a la base oculta. En el primer auto, una chica de no más de dieciocho años con el rostro cubierto y un largo cabello teñido de un tono violeta guiaba a los demás hacia el lugar de destino. Dentro de la base, los hombres se alarmaron al escuchar los motores aproximándose, pues solo podía significar una cosa: la mafia surcoreana.
—¿Qué hacemos, Señor? —preguntó un científico a su dirigente.
—Vienen por las armas, así que úsenlas en su contra —respondió este otro.
—Pero, Señor... no están probadas todavía —repuso el científico.
—Pues es el momento de probarlas, ¿no cree?
Al científico no le quedó más opción que obedecer a su superior, pero en cuanto estaba a punto de indicar que se utilizaran las armas contra los mafiosos, una mediana explosión derribó la puerta de la entrada y la silueta de una mujer fue visible antes de revelar a la joven de la mafia.
—¡Es ella! ¡Mátenla! —exclamó el científico.
Con pistolas, los hombres que se encontraban ahí comenzaron a dispararle a ella y a sus acompañantes, quienes hábilmente esquivaron las balas. Con grandes rifles, dispararon a los científicos y guardias de la base. Al poco rato, no quedó ni uno.
—Abran las compuertas y llévense las armas. Yo registraré el sótano —la chica de cabello violeta indicó a los suyos.
A continuación, le disparó a un panel de control que se encontraba junto al elevador para que este se abriera. La joven llegó a la parte del sótano, un lugar oscuro, iluminado solamente por las pantallas de las computadoras y el brillo de las muestras líquidas de diferentes sustancias. Esto llamó la atención de ella, así que tomó una muestra para observarla. Luego la puso en su cinturón junto con algunas otras, para llevarse por lo menos una de cada una. Después escuchó un ruido, como su fueran pasos y creyó ver la sombra de alguien que pasaba de pronto, pero a continuación solo hubo silencio, un silencio inquietante y que daba la sensación de que alguien la estaba observando. Pocos segundos después, ella supuso que no era nada, así que continuó buscando la compuerta donde se supone que estaría la reserva más grande de armas químicas que buscaba. Finalmente logró encontrarla casi al final del sótano. Esta vez no le disparó al panel de control, sino que con ayuda de su cuchillo lo desarmó para ver su interior lleno de cables cruzados
—Agh, odio esto —murmuró para sí misma —Vamos, ábrete.
Movió los cables tratando de abrir la puerta, pero tomó un buen rato antes de que pudiera ver el interior de la bóveda.
—Perfecto —añadió y observó por unos momentos su cargamento.
El brillante líquido azul dentro de las armas era muy parecido a las muestras que había tomado anteriormente. En eso, la compuerta se cerró detrás de ella, quien se dio la vuelta inmediatamente, solo para encontrarse con un chico pelinegro de su misma edad que llevaba también el rostro cubierto. Él tenía una pistola en cada mano, listo para disparar si era necesario.
—¡Vaya, vaya! ¡Miren quien decidió aparecer! Llegas tarde a la fiesta —dijo ella colocando una mano atrás, cerca de su pistola.
—De hecho, llegué justo a tiempo —contestó él en un tono altanero —Gracias por librar el camino por mí.
—Debiste quedarte en casa.
—¡Ja! Claro. Vamos, no lo hagas difícil, apártate y deja que me lleve lo que es mío.
—Hmmm, déjame pensar... nah.
Y ella disparó. El chico se movió justo a tiempo para que la bala pasara solo a milímetros de distancia de su cabeza. Pero ella no perdió tiempo, se lanzó contra él, empujándolo hacia la puerta. Él cayó, pero inmediatamente se levantó del suelo y le disparó a su contrincante, cuidando no darles a las armas químicas. Una bala apenas le rozó el brazo a ella, ocasionando que se distrajera un poco y así él pudiera arrojarla suelo y apuntarle con la pistola a la cabeza. Luego de tomar un respiro la de cabello violeta le lanzó una patada con la que le torció el brazo y la pistola cayó lejos de ambos. Ella lo arrojó al suelo y se puso sobre él con cuchillo en mano. Este se lo arrebató y la jaló del cabello, arrojándola contra el bloque de armas que estaba a centro de la bóveda. Ella se quejó por el golpe en la espalda. Vio que él estaba yendo hacia su pistola y aprovechó para aferrarse a su pierna y hacerlo caer de nuevo. Inmediatamente agarró una de las pistolas con líquido azul y le apuntó a la cabeza.
—¿Enserio quieres usar eso? —le dijo él.
—Hmm, no lo sé. Tengo curiosidad de saber qué es lo que hace —ella le pegó el arma a la cabeza.
Un escalofrío recorrió el cuerpo del joven, pero no iba a dejar que sus amenazas lo intimidaran. Estaba a punto de hacer un movimiento, pero antes de eso, el escuadrón de la chica apareció en la puerta. Ella hizo una sonrisa victoriosa debajo de su máscara.
—Nos vemos pronto, Yeong-Guk —murmuró y le golpeó la cabeza con la pistola para dejarlo inconsciente.
La joven y su escuadrón se llevaron en resto de armas químicas, dejando la bóveda vacía. Las subieron a un camión y este y los lujosos autos negros arrancaron, alejándose de la base en medio de la nieve. Sobándose la cabeza por el golpe, Yeong-Guk, consciente de nuevo los vio alejarse. Se quitó la máscara y gruñó molesto.
—Te voy a matar Hyun-Jae, te lo juro —masculló entre dientes.
—¿Qué hacemos ahora, Señor? —preguntó uno de sus guardaespaldas.
—Vámonos de aquí. Hay que volver con mi padre —indicó el joven.
Y él y su escuadrón también se fueron, sabiendo que ahora ya no podrían quitarles las armas robadas a sus contrincantes.
Seguida de los suyos, Hyun-Jae llegó a la enorme mansión para informar a sus padres que había cumplido exitosamente con su misión. Se bajó del auto en la gran puerta de la mansión, dejando el vehículo a uno de sus guardaespaldas para que lo llevara a estacionar. Otros dos guardaespaldas le abrieron la puerta. Ella fue hasta el salón más grande, donde se encontraba su padre tumbado en un sofá junto a su madre. Él era un hombre elegante siempre bien peinado y portando lentes oscuros. Su madre era una mujer muy hermosa de apariencia joven y un largo cabello castaño que le pasaba de la cintura, el cual normalmente llevaba recogido en una coleta.