UN RECUERDO POCO FELIX
-¡No pudiste ser capaz de hacer eso! Eso fue lo que pudo llegar a decirle Millie mirándola con la boca entreabierta y los ojos como platos cuando le contó sobre la apuesta que había hecho con Lexinton Lington.
-Mañana mismo dejaré a Félix.
-Pero… pero…
-¡Sólo será por una semana Millie!.
-¿Y vas a contarle que es por una semana?
-¿A quién?
-A Félix, ¿a quién va a ser?
-Mildred Richards, te felicito, hoy te recibiste de tonta y con honores- dijo extendiendo el brazo para estrecharle la mano, gesto que hizo que Millie le diera la espalda. Se conocían desde pequeñas y no había nada de la una que la otra no supiera.
-¡Realmente no puedo creer que seas tan fría como para cambiar un novio por una cartera!.
-No es una cartera, es prácticamente una pieza de arte, ese terciopelo rojo con perlas es lo más exquisito que hay. Además solo hay diez en el mundo porque de Dominico murió luego de lanzar esa colección.
-Otra razón para no quedarte con esa cosa.¡Probablemente hasta venga con una maldición!. Exclamó Mildred cuya madre italiana había sembrado en ella una serie variadisima de supersticiones.
-¡Ya dame un respiro Millie!. ¡Sólo será una semana!. Después solo tendré que enviarle un emoji o sonreirle para que vuelva agradecido por la nueva oportunidad que le estoy dando.
Uno de los tantos defectos de Elodie era su actitud altiva. Creía que todo lo que tenía que hacer era tratar bien a los demás solo cuando quería conseguir algo, el resto del tiempo, simplemente podía ignorarlos o tratarlos sin desprecio sin que, en apariencia, nada sucediese. Para ella, siempre había sido así, y hasta ese momento, le había funcionado bien.
Como acostumbraba ser indiferente y tratar a los demás como si fueran empleados suyos, cualquier muestra de bondad de su parte, solía ser vista como una luz al final del túnel por parte de aquellos que verdaderamente la apreciaban. Lo que Elodie evitaba a toda costa, era darse cuenta de que la mayoría de las personas que conocía no se encontraban en esta última categoría, y eran iguales de hipócritas que ella.
Por eso cuando Mildred le preguntó si no creía que Félix pudiese llegar a hartarse de ella, su reacción instintiva fue la de la risa descontrolada. Ella tenía el convencimiento de que aquellos que la querían nunca dejarían de hacerlo. La sola idea le parecía absurda.
-¿Cansarse? ¡Imposible!, está loco por mí.
-No debes contar solo con la suerte porque la suerte un día se acaba.
-Ufff pareces la hermana superiora.
En ese entonces todo le había parecido en extremo lógico. Bill, el ex esposo número cuatro, o quizás cinco de su mamá, quien solía ser el director de una importantísima empresa de desarrollo inmobiliario, le había dicho que si uno quiere algo, no puede bajar los brazos y aceptar un no por respuesta. Y ella quería esa cartera y punto.
Había intentado comprársela a nueve de las diez afortunadas que habían llegado a obtenerla, pero ninguna estuvo dispuesta a vendérsela.
Sabía que Lexinton jamás se la vendería y que el solo proponerle la idea, sería humillarse ante alguien que la odiaba, por eso decidió no hacerlo. Y justo cuando estaba por darse por vencida, la oportunidad se le presento en forma de ese animalito verde que suele picar a las mujeres poco afortunadas en el amor.
Lexinton siempre había estado enamorada de Félix, pero él nunca tuvo ojos para ella ni para ninguna de las tantas otras muchachas que solían arrojarse a sus pies de las formas más ridículas.
Con rabia, muchas de ellas habían comenzado a hacer circular rumores de los más tontos con respecto a él. Por un lado decían que era gay, y por el otro que le gustaban las chicas de dudosa reputación.
Elodie acostumbraba a seguir los rumores como quien lee una revista del corazón, y a mirar con diversión los distintos actos de degradación femenina.
La oportunidad se le presentaba cada vez que las monjas las llevaban a ver los partidos de fútbol del internado de niños donde él vivía, con la intención de confraternizar.
Suiza era un lugar pequeño, pero parecía como si todos los niños allí fueran norteamericanos, por lo que el ambiente no se sentía tan ajeno para Elodie.
Félix pertenecía a una de las familias más ricas de Estados Unidos y como tantos otros, estaba allí esperando su turno para cumplir la mayoría e irse.
Pronto las confraternizaciones dieron lugar a kermeses, a reuniones después de misa, e incluso escapadas nocturnas de las que Elodie no solía participar. La única vez que lo hizo, resultó en un posteo en uno de los blogs amarillistas más famosos de Europa, acusándola a ella y a otras muchachas de desagradablemente ricas.
Las nuevas ricas que no saben comer ni beber como personas y lo hacen como animales. Decía la primera frase del artículo con una foto de una de sus compañeras bailando sobre una mesa con una copa en la mano y otra embutiéndose cuatro piezas de sushi en la boca.
Fue en esa salida en la que habló por primera vez con Félix, ella tenía dieciseis y él estaba por cumplir dieciocho lo que significaba que en breve él saldría del internado, posiblemente a continuar su carrera de futbolista en la liga de adultos.
Muchos de los muchachos del internado de varones jugaban al fútbol, más como un pasatiempo que otra cosa, pero para Félix, el futbol era una pasión y una gran oportunidad laboral. Ya había sido fichado por un equipo suizo, y si todo salía de acuerdo a los planes, se quedaría dos años más.
Cuando finalmente se acercó a Elodie, la conversación fue como la de dos viejos amigos que se reencuentran después de un tiempo, y nunca les falta algo de que hablar.
Ese día, más de una se emborrachó para evadir la realidad de que Félix Augustus Cook parecía inmune a todo lo que no fuera Elodie Smith.
Y realmente tenían motivos para estar celosas, Félix era el epítome de hombre ideal. Alto, musculoso y con una sonrisa que podía desarmar a cualquiera. Su cabello pelirrojo que en otros casos sería la receta para el desastre, en él acentuaba su tez de tal forma que parecía haber sido diseñado específicamente para él.
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Editado: 04.05.2026