Bastos

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Londres, Reino Unido 22 de Noviembre de 1988.

—Las paredes no podrán aguantar más los gritos de tu esposa Reginald— musitó la voz de Abraham Kirk. Primo del hombre. Se removió en un sofá de terciopelo color negro, ubicado en una esquina del despacho de la mansión Wellington y estiró su corbata color mostaza para evitar arrugas incómodas, mientras bebía del vaso de whisky que sostenía en su mano derecha. Mantuvo la vista en el antes mencionado.

—Eso me tiene sin cuidado, que todo Londres se entere que seré padre del futuro heredero Wellington— Reginald sonrió y miró el reloj de manecillas que colgaba de la pared— De casualidad, ¿Sabes cuánto tarda un parto?

—Tranquilo hermano— Gerald apareció por el umbral de la puerta y se adentro en la habitación. Donde los dos hombres habían estado las ultimas tres horas— Cuando Adelyn iba a tener a mi Isobel, estuve atrapado en la oficina con papá arreglando tus problemas de finanzas por al menos seis horas y esa chiquilla ni siquiera estaba cerca de asomarse por la vagina de su madre— contó.

—Y ahora estas aquí pasando tu cumpleaños en un parto— se lamentó el mayor mientras veía como su hermano tomaba asiento en el mismo sofá que Abraham— Podrías haberte quedado con ellas.

—¿Qué dices? Este es el mejor regalo del mundo, no podría pedir otra cosa que el hecho de convertirme en tío hoy. Habrán más cumpleaños, Isobel estará bien, ni siquiera lo recordará— hizó un gesto restándole importancia— Además, su cumpleaños es en dos semanas, haremos que sea doble festejo. Deberías ir Regi. No sabes lo grande que esta mi mujercita, es la niña más hermosa e inteligente que tus ojos puedan ver, nuestro querido primo es testigo de eso— apuntó al rubio de corbata color mostaza y se levantó del sofá para dirigirse a la barra de licores. Sintió la boca seca de repente.

—Puedo confesar que a veces escuchar sus balbuceos llegan a ser más interesantes que platicar con su padre— dijo Abraham, provocando la risa de ambos hermanos.

Los tres hombres miraron el reloj que colgaba de la pared color vino y suspiraron con cansancio, solo habían pasado veinte minutos desde la última vez que escucharon los gritos de Sophia, y ni una de las seis enfermeras que se encontraban en la habitación matrimonial del segundo piso se había dignado a aparecer e informar que estaba pasando. Reginald se desesperó y huyo de la habitación a paso apresurado, con una ansiedad creciendo dentro de sí. Casi corriendo atravesó todo el pasillo llegando a la puerta principal y sin perder tiempo salió de la mansión; un escalofrío recorrió todo su cuerpo al sentir el viento helado del penúltimo mes del año y se auto recriminó no haberse llevado consigo la chaqueta qué dejó botada en el escritorio del despacho.

Tomó un respiro profundo y sintió arder sus fosas nasales, aun así, resistió las ganas de volver a entrar al calor de la casona qué estaba a sus espaldas, necesitaba aire fresco aunque eso le provocara un futuro resfriado. Tanteando el bolsillo de su pantalón de vestir, sacó una cajetilla de cigarros y su encendedor dorado. Le había prometido a Sophia que no fumaria este día, pero, la presión y la necesidad de la nicotina en su cuerpo le habían hecho imposible cumplir tal promesa.

Mirando alrededor mientras soltaba el humo lentamente, pudo notar como se acercaba un Bentley Mulsanne color negro bastante familiar. Era su padre. Hizo una última calada a su cigarro y lo tiró al piso antes de bajar casi de un salto las escaleras de la entrada. Cuando el Bentley paro frente a él, la ventana de la parte trasera comenzó a descender revelando el rostro de su progenitor, Richard J. Wellington.

—Padre— Reginald estaba apunto de abrirle la puerta cuando la mano de Richard se asomó, deteniéndolo. El joven se sintió confundido —¿No entraras?

—Los italianos están esperando en La Granja— fue lo primero que dijo antes de tenderle un sobre con su nombre escrito a mano —Barton mandó esto para ti, dale mis felicitaciones a tu esposa.

Reginald tomó el sobre con algo de temor y lo miró a detalle, después regresó la mirada a su progenitor —Lo lamento mucho, no sabía que Sophia daría a luz hoy. Puedo irme contigo si es lo que quieres— una risa agria salió de los labios del hombre y volviendo a su habitual seriedad lo observó en silencio.

La ventana comenzó a subir y Reginald tragó en seco observando con incertidumbre el perfil de su padre. Cuando solo pudo observar su propio reflejo, el auto arrancó y se marchó de la misma forma en la que llegó. El joven entonces volvió toda su atención al sobre que segundos antes le había entregado. Lo frotó entre sus dedos y dudó un poco en abrirlo, pero finalmente decidió hacerlo mas tarde. Escuchó la puerta de la mansión ser abierta y Gerald salió con una sonrisa de oreja a oreja seguido por su primo.

—¡Ya nació! ¡El pequeño Wellington por fin nació!— anunció su hermano.

En hora buena.

Davian J. Wellington, primogénito de Reginald Wellington y heredero de la Mafia Bastos; por fin había llegado a este mundo.




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