Bastos

7.

Lunes a primera hora, Jeremy ya estaba cruzando la puerta de La Casa. Había pasado todo el fin de semana ansioso por volver y solo por una razón. Lilith. Que hubiera saltado sobre él como un mono había sido lo mejor, pero no en el mal sentido; quería saber quien era ella, de donde venía, quienes eran sus padres, absolutamente todo lo que fuera posible saber a base de ese pequeño pedazo de ADN. Sabia que sus respuestas serían respondidas por el joven sentado detrás de una mesa de investigación al fondo de la habitación.

—Buenos dias Kim, necesito un favor suyo.

El joven se giró en su silla y le ofreció una sonrisa —Buenos dias Coronel, dígame en que puedo ayudarle— Jeremy levantó una bolsita transparente frente a sus ojos y al poner mas atención visualizo un cabello rubio —Ya veo, puede dejarlo en las muestras que tengo ahí y en cuanto tenga los resultados se los haré llegar.

Jeremy vio el recipiente lleno de muestras que le señaló y volvió al joven —Esto es algo importante, necesito tener la información de esta persona cuanto antes.

—Es que tengo mucho trabajo...— el asiático se rascó la cabeza viendo su mesa llena, soltó un suspiro pero terminó asintiendo —Bien, ¿En donde trabaja la persona?— el castaño frunció las cejas.

—¿Eso qué tiene que ver con la muestra?

—La maquina solo detecta ADN de gente que trabaja en el gobierno y el ejército, usualmente se usa para reconocer compañeros caidos que no son fáciles de identificar. Si no trabaja en ninguna de las dos, entonces tardaría un poco más y los resultados serían muy vagos— explicó.

—Ella no trabaja en ninguna de las dos— hizó una mueca y no evitó sentirte algo decepcionado.

—Será difícil, pero puedo hacer el intento si todavía quiere— ofreció. Jeremy vio la bolsita en su mano y lo pensó. ¿Qué mas podía perder?

—¿Cuanto tardarías?

—Como la maquina es algo vieja y la dueña de este cabello no está afiliada a ninguna corporación del gobierno ni el ejército, yo diría que unas cinco horas —al ver la cara que puso el Coronel, se apresuró a decir —Pero como es tan urgente para usted trataré que sea menos tiempo de espera. Deme dos horas y le tendré lo que desea.

Después de dejar trabajando al joven Kim, Jeremy se dirigió a su oficina, escaleras arriba. Quedaba frente al escritorio que usaba el Oficial Douglas cuando estudiaba casos de alto riesgo; agradecía encontrar el segundo piso vacio, porque necesitaba llegar cuanto antes a su computadora.

La memoria USB que le había dado la rubia no era compatible con su ordenador personal; así que tuvo que esperar a usar la que la ORSP le había dado cuando llegó aquí. Una vez sentado detrás de la computadora, la prendió y puso el bloqueo de virus y así evitar un posible hackeo que hubiese pensado hacerle la joven. Sacó la memoria de su bolsillo y sin perder mas tiempo la conectó. Una serie de cinco carpetas aparecieron frente a él, cuatro estaban bloquedas, menos la primera. La que llevaba el apellido Harris. Dio dos clics y salió un documento de Word junto con dos imágenes y un video; abrió primero el documento y leyó fechas, lugares y nombres que no reconoció, estaba ordenada como una agenda; Luego abrió las imágenes donde salía una pareja afroamericana de mediana edad en una camioneta gris, que identificó como los padres de Jackson. No había nada incrimanatorio, hasta que llegó al video.

Lo que apareció fue algo inhumano. Nada que no hubiera visto antes, para su desgracia, pero que no quitaba el hecho de ser aberrante. Habían por lo menos veinte personas de diferentes edades, sexos y complexiones. Todas en dos hileras mientras estaban de rodillas en ropa interior. El hombre que identificó como padre de Jackson movía un látigo en el aire, gritandoles mientras la madre del moreno, en una esquina, levantó una manguera y comenzó a mojarlos. Jeremy sintió un malestar en el estómago. Entonces, Jackson Harris, ex Teniente de la ORSP apareció en escena arrastrando un pequeño cuerpo que reconoció al instante. Lilith.

Alejados casi mil millas de Nueva York, los Bastos se estaban preparando para un nuevo acontecimiento. El saltó de una generación joven de líderes, capaces de seguir manteniendo a la mafia mas poderosa en la cima, tenía las expectativas muy altas entre los integrantes. No todos, pero, el entusiasmo aún así se podía percibir entre la mayoría; uno de esos cuantos inconformes, para sorpresa de nadie era Reginald. Porque no era un secreto que Davian Wellington estaba muy lejos de ser digno merecedor de tan importante cargo, tema que le fue mencionado a su padre, quien parecía de acuerdo con la negativa, aún tratandose de su propio hijo; y es que un joven que había terminado una carrera universitaria en línea, obligado por su madre, mientras salía de fiesta, se drogaba, tomaba y fumaba, y que su pasatiempo favorito era torturar gente no dejaba mucho que desear. 'Una fichita', solían decir entre susurros.

Los preparativos estaban listos en lo que un día fue la iglesia más grande de la ciudad y que ahora pertenecía a los Bastos; los invitados estaban de pie frente a la tarima donde posaba un trono de oro. El Rey Mafioso apareció y tomó el lugar que le había pertenecido por más de cincuenta y seis años. Levantó el brazo derecho en forma de saludo e hizo un gesto para que la ceremonia diera inicio. Todos tomaron asiento y Reginald subió por un costado mientras su hijo y sobrino le seguían el paso por detrás. Le hicieron una reverencia al líder y después se giraron a los hombres frente a ellos.

—Mi nombre es Reginald Eros Wellington, mano derecha de Barton Baskerville— comenzó —Hoy, veinte de julio del año dos mil quince, tengo el honor de llevar a cabo la presentación de quien se convertirá en nuestro nuevo líder— todos aplaudieron y continuó — Muchos suelen preguntarme por qué la sucesión no comenzó conmigo o mi hermano Gerald— señaló al mencionado que estaba debajo de la tarima y sonrió —Y es por que ya somos demasiados viejos para el poder— se escucharon risas entre la multitud. Reginald levantó los brazos para que hicieran silencio —La verdad es, que nunca se nos consideró como sucesores directos para los Bastos. No porque no fuéramos dignos o capaces sino porque nuestro papel en esta mafia iba más allá de ser llamados líderes. Alexander Star, Gerald Wellington y yo somos el ancla que ayuda a sostener esta dinastía. El hombre que esta sentado en ese trono creó solo todo esto— señaló el lugar y a las personas sentadas, incluyendose —Y ha realizado un trabajo excepcional por mas de cinco décadas...




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