Baya de lobo

Capítulo 4

Перевір на грубі помилки наступний уривок

Morita regresó a casa bien pasada la tarde. Estaba tan agotada que apenas podía mantenerse en pie; alimentó a sus animales casi por inercia y solo entonces recordó que no había probado bocado desde la mañana. Y todo aquello no era porque el pequeño Andrushko fuera insoportable, sino porque una vaca había empezado a cojear, las gallinas llevaban tres días sin poner y todo apuntaba a un mal de ojo. ¿Y quién, si no Morita, debía saber qué hacer contra los maleficios?
En el camino de vuelta se había cruzado con la insistente abuela Yalga, y luego la tía Valena le recordó que aún no le había encontrado un pretendiente. Para colmo, mientras le revisaba la garganta a la pequeña Illenka, el perro del vecino le robó los pasteles que la tía Tyrena le había dado como pago por su trabajo.
En resumen: Morita llegó a casa de un humor de perros, capaz de morder a cualquiera.
Blanquita, como si supiera que su dueña no estaba para bromas, decidió por una vez masticar tranquilamente sus propias coles y remolachas en lugar de las de la vecina. Malok estaba sentado en el umbral, exactamente donde lo había dejado al irse. Y solo Shurshik, como si nada hubiera pasado, agitaba la cola soltando breves ladridos. Desde luego, Morita habría ladrado hoy con más fuerza que él.
Pero en cuanto cruzó el umbral, se quedó petrificada. Una oleada de ansiedad, fría como el hielo, la recorrió entera. El forastero, apoyado en los codos y medio incorporado, miraba fijamente hacia la puerta con una expresión como si hubiera visto a un espíritu del otro mundo viniendo a buscarlo. Estaba pálido, respiraba como si hubiera corrido por todo el bosque de punta a punta y la manta se le había escurrido, dejando al descubierto su pecho y una mancha roja de sangre sobre el vendaje blanco. Apenas se sostenía, pero...
—¿Tú... quién eres? —preguntó él con voz ronca y entrecortada—. ¿Cómo...?
Solo entonces Morita salió de su estupor.
—¡¿Y a ti qué te pasa, alma inquieta, que no puedes quedarte acostado?! —le gritó con severidad, descargando sobre él todo su mal humor, el cansancio y el miedo—. ¡Acuéstate ahora mismo!
Corrió hacia él para acomodarle la almohada, pero en cuanto le puso la mano en el hombro, él la agarró de la muñeca con tal fuerza que la joven soltó un grito y siseó de dolor. ¡Estaba herido, pero tenía una fuerza descomunal!
—¡¿Quién eres?! —repitió él, y solo entonces ella lo miró a los ojos... y se asustó. Una pupila enorme inundaba casi todo el iris, dejando apenas un fino aro dorado en el borde. Eran unos ojos aterradores, como los de una fiera salvaje. En ese instante, algo dio un vuelco en el pecho de la herbolaria, una presión que le cortó la respiración. Morita parpadeó y, tragándose el miedo, respondió con fingida calma:
—¡Soy la herbolaria de este lugar! Te encontré ayer en el bosque casi muerto, te traje arrastrando, te vendé las heridas... ¡y ahora vienes a gruñirme! —en la última palabra, la voz la traicionó y se quebró. Pesaba demasiado la noche en vela, el agotamiento y, para qué negarlo, la amargura puramente humana.
El joven pareció comprenderlo y soltó su mano. Lo hizo bruscamente, como si se hubiera quemado. De inmediato cayó sobre la almohada soltando un gemido. Unas gotas de sudor brotaron de su frente. Morita, sin pensarlo, se frotó la muñeca y, olvidando su enfado, mojó un paño y comenzó a refrescarle el rostro.
—Tengo que volver... —gimió el herido con dificultad.
—En cuanto sanes, vete a donde quieras. Por ahora no podrías ni llegar al umbral, y yo no pienso cargarte más. Ya bastante me costó traerte hasta aquí —quiso añadir que al menos podría darle las gracias, pero cambió de opinión y apretó los labios con severidad mientras dejaba el paño a un lado.
El forastero giró la cabeza hacia ella. Su mirada se volvió un poco más clara y sus aletas nasales vibraron, como si estuviera olfateando. Una especie de espasmo recorrió su rostro.
—No puede ser... —masculló entre dientes.
—¡Eso mismo pensaba yo! —respondió Morita encogiéndose de hombros, interpretando las palabras a su manera—. Hasta esta mañana no me di cuenta de que te había traído desde quién sabe dónde.
—Esto no puede estar pasando... —murmuró el chico y se dio la vuelta, cerrando los ojos.
—¡Si no quieres, no me creas! —refunfuñó ella mientras se levantaba del taburete.
Se puso a trabajar: cambiar el vendaje, limpiar la herida, darle de beber la infusión para bajar la inflamación. Y no olvidó añadir un poco de extracto de amapola para que no se retorciera como una anguila en una sartén caliente. Solo cuando se aseguró de que dormía profundamente, salió al patio, huyendo de la inquietante sensación que le oprimía el pecho.
No pudo limpiar la casa. Por la tarde llegó la madre de la pequeña Illenka, justo cuando Morita quitaba las malas hierbas del huerto donde Blanquita aún masticaba coles.
—Morita —llamó Marushka, sin atreverse a tocar la verja que chirriaba por todos lados—. ¿Estás en casa?
—¡Aquí estoy! —respondió la joven, haciendo callar a Shurshik, que no paraba de ladrar—. ¿Qué ha pasado ahora?
—¡Nada! —sonrió Marushka—. Te he traído unos pasteles. Sé que... te robaron los tuyos. Y también esto —la mujer le tendió un envoltorio—. Son cucharas. ¡Sé que no tienes a nadie que te las talle!
—¡Gracias! —sonrió Morita, limpiándose las manos en el delantal y aceptando el pago con cuidado. El marido de Marushka, Torey, era un artesano experto; sus cucharas durarían toda la vida—. ¿Cómo está Illenka?
—¡Mejor! Ya toma su té... —la mujer vaciló un momento antes de añadir—: No le hagas caso a Pirek. No lo dice por maldad, es que tiene la cabeza hueca... Todos sabemos que en realidad eres buena y...
—¡¿Qué?! —exclamó Morita, casi dejando caer los pasteles y las cucharas al comprender que el día aún no había terminado y se ponía cada vez peor—. ¡¿Qué ha estado diciendo y a quién?!
Todo el mundo sabía que Pirek era un fanfarrón y un mentiroso. Tenía una lengua bífida, y el hecho de que ella no le hubiera hecho caso el otro día junto al pozo de la aldea iba a traer consecuencias. Una cosa era cuando una chica tenía a alguien que la defendiera, y otra muy distinta era vivir sola y casi en las afueras. ¿Y si alguien creía sus mentiras y, tras beber de más, venía a comprobar los rumores? Era poco probable que Shurshik pudiera protegerla. Y ella misma poco podría hacer.
Marushka se sonrojó, dándose cuenta de que había hablado de más, y se apresuró a volver con su hija enferma. A Morita, por primera vez, le entraron ganas de ir y darle una paliza a Pirek. Pero la tía Valena volvió a gritar, ahuyentando a la criatura negra que había nacido en piel de cabra, y entre una cosa y otra, el enfado de Morita se disipó para dar paso al cansancio mientras empezaba a oscurecer.
Y entonces, el forastero comenzó a arder de fiebre.



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En el texto hay: bruja, lobo, aquelarreliterario

Editado: 29.04.2026

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