Un ser humano no es un dios ni un espíritu para cargar con penurias y miserias sin descanso, de forma sumisa y callada. Por eso Morita maldecía, recordaba a su abuela, a su madre, al espíritu del bosque, al torpe espíritu del hogar y a toda clase de pesadillas y duendes del pantano... no olvidó a nadie, y menos aún a Pirek y al terrible Licántropo que encontró en la luna llena. Tampoco a su víctima.
Se debatía entre las infusiones y el pozo, cargando cubos de agua helada hasta la casa. Corría de un lado a otro, tropezando con el malicioso gato negro y el excitado perro. Apenas podía contener las ganas de romper a llorar.
El forastero deliraba. Gruñía, rechinaba los dientes, llamaba a alguien por un nombre extraño y aullaba como una bestia hasta ponerle a ella los pelos de punta.
Hiciera lo que hiciera, nada parecía ayudar. Y cuando él le tiró de la mano el cuenco con la medicina de un golpe, ella se desmoronó por completo. Sollozó de pura impotencia. ¿Qué haría si él no llegaba al amanecer? ¡Se le encogía el corazón solo de imaginar que el alma abandonara aquel cuerpo debilitado! Morita se negaba a aceptar ese destino: mordiéndose el labio, le daba más infusión, le secaba el sudor de la frente y le frotaba las manos y los pies cuando empezaba a temblar. Se obligaba a no detenerse, ni siquiera para recuperar el aliento.
Y también pensaba en sí misma...
¿Cómo explicaría de dónde había salido él? Y encima con las calumnias de Pirek. Seguro que ya andaba diciendo por la aldea que ella era una mujer perdida. ¡¿Qué dirían ahora de ella?! ¡Incluso los que antes no creían a Pirek cambiarían de opinión!
Y así, casi hasta el amanecer, anduvo de aquí para allá, entre la casa y el patio, aunque solo fuera para respirar. Le escocían las palmas de las manos, los malos presentimientos le desgarraban el pecho cortándole la respiración y la cabeza le daba vueltas por la falta de sueño. Pero Morita custodiaba con terquedad al herido, ahuyentando incluso las sombras que se escondían en los rincones de su propia casa. Intentó de nuevo abrir el libro de su abuela, pero fue en vano.
—Agua... dame agua... —susurró el forastero, débil pero pareciendo haber recobrado el sentido, justo cuando los primeros rayos de sol se filtraban desde el bosque. La joven saltó y puso de inmediato la mano en la frente del enfermo. La fiebre había remitido.
Fue como si a Morita se le quitara un peso inmenso de encima. Al parecer, aquello liberó una fuente de la que ella misma no sospechaba, pues de repente rompieron a brotar muchísimas lágrimas.
Sollozando con fuerza, sin secarse las lágrimas sino más bien restregándolas por su rostro mientras caminaba, la herbolaria sacó agua del cubo y comenzó a dársela al enfermo.
—No llores —susurró él tras beber, cerrando los ojos—. El sol saldrá y las sombras terribles desaparecerán —con voz ronca, el chico intentaba consolarla a ella, o quizás a sí mismo, como si fuera una niña pequeña.
Morita lo habría hecho encantada, pero las lágrimas salían solas. No paraban de brotar. Era el cansancio, la rabia por la injusticia, la ansiedad por el enfermo y la lástima por sí misma.
Porque, ¿acaso era esto lo que Morita quería para su vida?