—Miau... —ronroneaba Malok mientras Morita se acurrucaba en un rincón abrazada al libro de su abuela.
El testarudo libro se negaba a revelar sus secretos. La herbolaria lo había amenazado con el fuego, con tirarlo al río, le había suplicado... pero el guardián del conocimiento de la abuela no cedía. Y para ella era vital saber algo sobre los licántropos.
Hasta hace poco, ni siquiera creía que existieran de verdad. Las historias decían que se transformaban en luna llena y arrancaban corazones. Unos decían que cazaban en manadas, otros que ya no quedaba ninguno. Pero su abuela contaba que no se distinguían de las personas normales, salvo por su capacidad de transformarse, y que incluso bajo forma de fiera no perdían el juicio.
¿Cómo diferenciar a un Vovkulaka de un hombre? ¿Podría ser que el vecino de la casa de al lado fuera uno? Esa idea la aterraba. ¿Y si Yarrey también...? Pero, ¿por qué no se transformó? ¿Por qué no se defendió de aquella fiera? Además, lo encontró con ropa, y una transformación suele destrozarla. Probablemente no lo fuera... ¿o sí?
—¡Miau-aaa! —Malok se frotó contra una esquina del libro y ella le acarició la cabeza.
—¿Qué estoy haciendo mal? —le susurró al gato. El animal la miró con reproche, y ella lo subió a su regazo.
—¿Has aceptado el poder? —preguntó el forastero sin abrir los ojos.
Morita dio un salto del susto, casi tirando la lámpara de aceite. La atrapó al vuelo sin quemarse.
—¡¿Por qué no duermes?! —preguntó recuperando el aliento—. ¡Necesitas descansar!
Yarrey abrió los ojos y se giró hacia ella. La joven se sintió cohibida, apretando el libro contra su pecho como si se escondiera. Sentía un temblor en el pecho cada vez que él la miraba. Nunca le había pasado antes, pero claro, nunca antes había metido a un extraño en su casa para cuidarlo.
—Para que el libro responda, debes aceptar el legado de la bruja —explicó él, como si hablara con una niña.
Morita se mordió el labio. ¿Por qué su abuela no le había dicho nada de eso? ¿O sí se lo había dicho?
«Cuando muera, acepta mi herencia. ¡Vincúlala con sangre!», recordó de pronto la voz de la anciana, tan clara que miró hacia atrás, pero no había nadie.
—¿Y cómo se acepta? —le preguntó a Yarrey, el único que parecía saber algo.
—¡No tengo idea! —respondió él volviendo a cerrar los ojos—. Lo escuché alguna vez por ahí. Es cosa de brujas. Pero intenta llegar a un acuerdo con él. Tal vez diga cómo... —se detuvo y volvió a mirarla con una chispa de esperanza—. Recuerda lo que dijo tu abuela antes de morir. ¡O pregunta a tu madre!
—¡No tengo madre! —sentenció la herbolaria, sintiendo el viejo dolor del abandono. Su madre se había marchado con una caravana nómada dejándola con la abuela, y nunca regresó.
Yarrey pareció captar lo que ella callaba.
—Una bruja renuncia a su don con sus últimas palabras —dijo él—. El don pertenece al mundo de los vivos, a la naturaleza, y por eso no deja que el alma parta al otro mundo. Recuerda sus palabras y di la frase contraria. No puede ser peor.
—Si tan solo recordara lo que dijo... —murmuró ella. Guardó el libro en el arcón y se dispuso a preparar su cama en el banco de madera. Era incómodo, pero el herido ocupaba la cama.
—Duerme tú en la cama —dijo Yarrey.
A Morita se le cayó la almohada de las manos.
—¡Estoy bien aquí! —respondió recogiéndola. Se aferró a Malok como si fuera su protector. El gato, aceptando su responsabilidad, siseó.
—Yo me pasaré al banco y tú a la cama. No has dormido bien desde que desperté —insistió él.
Yarrey intentó incorporarse, pero debió de hacerlo con demasiada brusquedad, pues palideció y soltó una maldición entre dientes.
—¡Oh, por todos los...! —Morita dejó al gato y corrió hacia él—. ¡¿Qué voy a hacer contigo?!
—No me quedaré en la cama mientras tú te aprietas en ese banco —masculló él.
«¡Hombres! ¡Son como niños!», pensó ella.
—Escucha —dijo eligiendo bien las palabras—. Cuando sanes, iré a tu casa y ocuparé tu cama. Dormiré en ella un mes entero para que no te sientas en deuda. Por cierto, ¿de dónde eres? ¿Cómo llegaste al bosque? —preguntó aprovechando que él por fin hablaba.
Pero no hubo respuesta. Un frío repentino pareció llenar la estancia y el rostro de Yarrey se ensombreció.
—Dudo mucho que algún día vengas a mi casa —sentenció él. Le tomó la mano un segundo y la soltó de inmediato—. Es hora de dormir. Buenas noches.
Morita, desconcertada, le deseó buenas noches y volvió a su sitio. Malok, sintiendo su tristeza, saltó al banco y se acurrucó contra ella.
Era muy extraño este forastero. Tan pronto la cuidaba como le gruñía. Morita tardó en dormirse, escuchando la respiración de Yarrey y viendo en la oscuridad sombras que parecían ojos de fiera brillando en verde.