Baya de lobo

Capítulo 11

«El hombre habla y el destino se ríe».

En la casa de la herbolaria Morita todo estaba en un silencio profundo. Solo el pequeño espíritu del hogar trasteaba bajo el horno, inventando nuevas travesuras para la joven bruja, mientras el Guardián se lamía y se aseaba, esperando visitas.

Por lo demás, silencio. Uno tan absoluto que se podía oír el susurro del viento entre las ramas inclinadas del abedul. Y el silbido del aire escapando de los pulmones.

Yarrey se movió, y en ese mismo instante la herida respondió con un dolor sordo. Gracias al bosque, ya no era tan terrible como antes. El licántropo se estaba recuperando. Pronto se recobraría del todo. Un poco más, y podría marcharse.

Pero, de repente, se le encogió el corazón. ¿Podría hacerlo?

Ahora no sería capaz de abandonarla. Yarrey la había buscado toda su vida. Siguiendo la llamada de la luna, los rastros enredados en la espesura del bosque, su propio instinto visceral. Y cuando por fin la encontró...

Nada era en el momento oportuno. El padre de Yarrey solía decir que nada importante ocurre en la vida cuando uno lo espera. Y al joven licántropo le había tocado comprobarlo en su propia piel.

La noche de la primera caza. La primera luna llena en la que te transformas no por voluntad de la bestia, sino por tu propia voluntad. Cuando te impones sobre tu naturaleza animal. Es entonces cuando escuchas por primera vez ese anhelo. Una nostalgia salvaje por aquella única mujer a la que aún no conoces, pero a la que ya amas.

Con ese anhelo había vivido Yarrey. Los lobos de su manada encontraban pronto a su pareja. Pero Yarrey no había tenido esa suerte. El bosque escuchaba su soledad por las noches; la luna la conocía, asomándose tras las nubes para mirar al licántropo con melancolía. ¡¿Acaso sabía ella lo que ocurría en su alma?!

Akaya, la madre de Yar, esposa del líder de la manada, ya había empezado a decir que no todos los lobos estaban destinados a encontrar a su pareja verdadera, aquel regalo de la Luna de plata. Pero Yarrey se negaba a creerlo. Escuchaba su voz suave en el susurro del viento, su risa cristalina en el murmullo del arroyo, veía sus ojos en el azul del cielo.

Y el hijo del líder sabía con certeza que la encontraría. Un día, sin duda, la encontraría. No existía un líder que se quedara sin su pareja destinada. Y, tarde o temprano, Yarrey tomaría las riendas de la manada, la responsabilidad sobre las lobas y los cachorros. ¿Cómo lo mirarían sus iguales si el propio Yar no era capaz de dominar a su propia bestia?

La luna llena lo guio por el bosque. A lo largo del río Zmíyivka. Cerca de las aldeas humanas. Ya habían quedado atrás los asentamientos fronterizos de los licántropos. Era hora de transformarse, pero Yarrey se resistía con terquedad. Escuchaba el crujir de las ramas secas bajo sus botas.

Su esencia animal estaba inusualmente tranquila para ser luna llena. Pero Yar no le dio importancia. Los sentidos eran igual de agudos, y en plenilunio, el cuerpo humano apenas cedía en fuerza y velocidad ante la forma de lobo.

Yarrey saltó un pequeño arroyo y en unos instantes se encontró en un claro abierto, bañado por el resplandor lunar. Y entonces...

El aroma. Su aroma, inconfundible. Su esencia animal se estremeció.

El viento cambió de dirección, trayendo entre jirones de niebla otro olor. Uno conocido. Uno que no auguraba nada bueno.

—¿Qué haces aquí, Tanaray? —preguntó Yar sin girarse, mirando hacia la espesura.

El hijo menor del líder, bajo su forma de lobo, surgió de entre las sombras del bosque. Un lobo negro, apenas un poco más pequeño que la forma animal de Yarrey.

El hijo mayor no amaba a su hermano; no le temía, pero era cauteloso. Debería haberse transformado, pues entre lobos es mejor hablar como lobo, pero Yar no se apresuró. Demoró el momento por una razón que ni él mismo comprendía.

El viento volvió a golpearle el rostro con el olor del lobo. Un lobo furioso, sediento de sangre. Qué mal momento había elegido para arreglar cuentas familiares.

Yar suspiró y tiró de su camisa, pero en ese instante una sacudida de peligro recorrió su cuerpo. Se le erizó el pelo de la nuca. Desgarró la tela, pero sus manos y piernas se entumecieron de inmediato; olió a alguien... a un extraño. Y Yarrey no pudo cambiar de forma. Simplemente, no pudo.

Y entonces, su hermano se lanzó sobre él.

Yarrey se defendió solo lo que le permitieron las ataduras mágicas y su condición humana. En realidad, apenas pudo defenderse. Y cuando los colmillos se hundieron en su costado derecho, arrancando la carne junto con la vida, Yar cayó.

Como en un delirio, vio a un hechicero extraño. Un licántropo al que no había visto antes. Escuchó fragmentos de palabras...

Y ya en el umbral entre la vida y la muerte, como una burla del destino, lo envolvió su aroma. El aroma de su única, de su pareja verdadera. El regalo de la luna. Y escuchó su mandato imperioso: «¡No te atrevas a morir!».

Y Yar no se atrevió.

Se aferró a ella. Todo ese tiempo, vagando entre mundos, caminó hacia ella. Y cuando llegó...

¡Fue una risotada de la luna!

¡Una bruja humana! ¿Acaso un lobo, el futuro líder de la manada, podía vincular su vida con alguien que no fuera de su estirpe?

Yarrey no podía creerlo. Pero en cuanto ella aparecía cerca, sentía el impulso de estrecharla entre sus brazos y no soltarla jamás. Cuando se marchaba, como ahora, la ansiedad lo desgarraba, y en cuanto sentía en ella un aroma ajeno...

El licántropo estaba dispuesto a despedazar a cualquiera, incluso en su forma humana, si se atrevía a tocar a su bruja siquiera con un dedo. Porque Yar no tenía la menor duda: Morita le pertenecería.

Solo que...

Tenía que transformarse, al menos una vez recuperar su forma de lobo. Recuperar su lugar en la manada antes de la luna llena, antes de que lo repudiaran. Había mucho por hacer, pero sus pensamientos siempre volvían a ella: a la pequeña bruja Morita, enredada en sus propios problemas. Y lo peor era que no podía arriesgarla. Los lobos ya merodeaban la aldea. La cazarían a ella. Y, por ahora, Yar no podía enfrentarse ni al lobo más débil.



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En el texto hay: bruja, lobo, aquelarreliterario

Editado: 29.04.2026

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