Baya de lobo

Capítulo 13

El sol se hundía hacia el ocaso, la oscuridad caía veloz sobre el patio y un nudo de ansiedad se apretaba en el pecho de la joven herbolaria.

Y no era porque pensara mal de Darena o de Ivek. Tampoco por miedo a no poder lidiar con el espíritu o la enfermedad que atormentaba al pequeño Tamir. Lo que le revolvía el alma era la mirada pesada de Yarrey.

—¿Adónde vas tan tarde? —preguntó Yar con tono sombrío, observando cómo Morita metía en su bolsa las hierbas preparadas, el libro de bruja y varios saquitos más. En ese oficio, cualquier cosa podía ser necesaria, especialmente porque ella ni siquiera sabía a qué se enfrentaba.

—Aquí cerca —respondió Morita tras aclararse la garganta—. Un niño ha enfermado, tengo que ir a verlo. —Intentó hablar con naturalidad, como si fuera un trabajo cualquiera, pero la voz le tembló—. ¡Volveré pronto!

—¡No salgas de noche! —masculló Yarrey, entre un ruego y un gruñido. Se acercó a Morita con un movimiento fluido y rápido, cerniéndose sobre ella de tal modo que le robó el aliento—. Te irás al amanecer. —Su voz ronca le provocó un escalofrío por todo el cuerpo.

Bastó con mirar al forastero a esos ojos color miel clara para que todas las palabras se evaporaran de su mente. Por primera vez, Morita pensó que quería que él la besara. Que quería que el mundo empezara a dar vueltas, tal como contaba Tsvitana.

Pensamientos estúpidos. Peligrosos. No debía encariñarse con él; ella sería la única que sufriría después. Morita se mordió el labio, avergonzada de sus propias fantasías, sin notar el fuego que se encendió en la mirada de Yarrey.

—Yo... yo no puedo... —murmuró intentando apartarse y evitar su mirada—. Es mi deber...

Ni ella misma entendía por qué le costaba tanto pronunciar aquellas palabras.

—Entonces te acompañaré —sentenció Yarrey—. Para que no te pase nada.

Pero la herbolaria negó con la cabeza:

—¡No hace falta! —Incluso sonrió, sintiendo un calor agradable expandirse por su interior al ver que él se preocupaba. Quería creer que era así—. Si alguien te ve... ¡no! Conozco nuestra aldea de cabo a rabo, de día y de noche. ¡No me pasará nada!

Yar rechinó los dientes, quiso añadir algo más, pero Morita se echó la bolsa al hombro rápidamente y, ya en la puerta, añadió:

—La cena está en el horno. Ya ordeñé a Blanquita, comparte la leche con Malok para que no se ofenda.

Solo cuando estuvo fuera soltó el aire de golpe y sacudió la cabeza con tanta fuerza que el pañuelo se le resbaló.

—¡Luminosa Lada! ¿Qué me está pasando?

Morita no tenía la respuesta.

Salió rápido del patio, cerrando la verja para que Shurshik, suelto por la noche, no se escapara a la aldea, y se apresuró casi corriendo hacia la casa de la tía Darena.

Una niebla espesa descendía sobre la aldea, enredando los caminos y los senderos de los gatos. Se filtraba entre las casas, colándose en los sueños inquietos del valle que se dormía. Parecía que alguien se ocultaba en esa bruma, vigilando a la herbolaria que se adentraba en la noche.

Morita se encogió de hombros, intentando sacudirse esa sensación pegajosa o la niebla misma, y aceleró el paso. Entró en el patio, sorprendiéndose de que ningún perro ladrara, y llamó de inmediato a la puerta.

—Morita, cielo —abrió enseguida la tía Darena, dejándola pasar. Luego continuó en susurros—: El pequeño ya duerme. Lo acosté antes a propósito. Y envié a los mayores con mi madre. ¿Hice bien?

La joven asintió, lamentando un poco haber olvidado decírselo a la tía. Si era un espíritu, podía saltar de un niño a otro.

—¡Váyase usted también! —sentenció la chica, recibiendo una mirada de desconfianza—. En cuanto sepa algo, la llamaré.

Aunque Darena dudaba de las habilidades de la joven, acabó marchándose. Tal vez se quedó merodeando bajo las ventanas, espiando, pero a Morita solo le importaba que no estuviera estorbando.

Tamir dormía plácidamente. Tan pronto fruncía el ceño como sonreía, pero no lloraba. Dormía como cualquier niño sano. Si estuviera enfermo, estaría inquieto y protestando. Aquel pequeño solo resoplaba suavemente. ¿Sería realmente un espíritu? ¿O... acaso Darena la había engañado? ¿Habría tramado llevarla a casa para luego difundir algún rumor malintencionado? Pero, ¿qué madre bromearía así con su hijo? Una palabra mal dicha atrae la desgracia más rápido que una maldición. No, no era mentira.

Morita comenzó a colocar sobre el banco el libro y todo lo que pudiera necesitar, intentando no hacer ruido. Su abuela decía que en su camisa llevaba amuletos cosidos contra todas las desgracias. Hace solo unos días, Morita lo creía solo de palabra. Ahora... veía los signos, los amuletos, sentía su poder envolviéndola como una suave piel de gato.

La joven sopló la lámpara y la casa se sumergió en la oscuridad. Todo quedó en silencio.

Tras la ventana, una negrura impenetrable y esa niebla espesa como leche derramada. La mirada de Morita se quedó clavada en el cristal oscuro. Sentía que alguien se escondía allí, observándola, esperando. ¿O no la vigilaba a ella? ¿Y si esa niebla era invocada? ¿Y si bajo ese manto se ocultaba alguien que buscaba, no a Morita, sino a aquel que ella había arrancado de la muerte?

Se le detuvo el corazón y el aire se le atascó en la garganta. Apretó los puños y se puso de pie. Tenía que correr a casa. ¡Avisar! ¡Decirlo!

Pero en ese instante, algo rascó bajo el horno. Se oyó un susurro y pasos menudos. Morita vertió en su palma un polvo preparado y, en cuanto los pasos sonaron muy cerca, sopló, esperando que al menos una parte alcanzara a la criatura. De inmediato, encendió la lámpara.

A un paso de ella, se quedó petrificado un viejo diminuto: del tamaño de un gato, de piernas cortas y descalzo, y en lugar de manos tenía unos bigotes larguísimos.

—Un Bayéchnik. Qué extraño —susurró Morita, y se mordió la lengua al instante. Con esos espíritus no se debe hablar, o uno corre el riesgo de caer enfermo.



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En el texto hay: bruja, lobo, aquelarreliterario

Editado: 29.04.2026

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