Atrás se oyó de nuevo un crujido. Morita soltó un suspiro profundo, sin apartar la vista del lobo. Tras un instante, el animal pareció serenarse; se sentó, mirando fijamente a la bruja inmóvil y aterrada. ¿Acaso la había reconocido?
Morita extendió la mano, debatiéndose entre el miedo y el deseo de tocar al licántropo. El pecho se le oprimía por el temor contenido. La bruja esperaba cualquier reacción, menos que la fiera, con las orejas gachas, empezara a buscar sus caricias con docilidad.
Una sonrisa asomó a los labios de la joven. Respirar se le hizo más fácil, y soltó un suspiro espasmódico mientras hundía los dedos en el pelaje áspero del lobo.
—Ha funcionado —susurró ella—. Ahora puedes... puedes hacerlo todo...
La propia Morita se sorprendió de la amargura que desprendían sus palabras. ¿Para qué querría él ahora a una bruja de aldea cargada de problemas? Solo sería un lastre... Sin embargo, se obligó a sonreír.
Yarrey, como si sintiera su tristeza, le lamió la punta de los dedos. Morita tuvo tiempo de alegrarse, pero... de pronto, él se dio la vuelta y se alejó al trote.
A la joven se le detuvo el corazón y las lágrimas brotaron de sus ojos. Le pareció que nunca más volvería a ver a Yarrey. Que todo lo ocurrido terminaría allí mismo, en la encrucijada. El lobo gris correría hacia su libertad, dejándola sola, como todos los que ella había amado. Su madre... su abuela... y ahora él. Se marchaba llevándose su corazón, y el nudo en la garganta hizo que sus hombros se sacudieran en sollozos silenciosos.
La bruja recogió su bolsa del suelo, buscó el frasco vacío y lo guardó entre los saquitos de hierbas. Miró una vez más hacia donde el lobo se había desvanecido, como si se lo hubiera tragado la tierra, y con paso vacilante caminó hacia su casa.
Pasó junto al pozo, donde durante el día los aldeanos se reunían para murmurar y discutir sobre la voluntad de los dioses. Caminaba observando las ventanas oscuras, escuchando un silencio en el que ni un perro ladraba ni un gato maullaba. Sentía en la espalda una mirada ajena, pero al girarse no había nadie. Alternaba pasos lentos, buscando al lobo fugitivo entre las sombras, con pasos rápidos, impulsada por un mal presentimiento.
Entró corriendo en el patio. El perro gruñó desde su caseta, y Malok la observó con atención.
—¡Miau! —maulló el gato, interrumpiendo su aseo nocturno, como si preguntara qué ocurría.
—¡Nada! Solo... ¡imaginaciones mías! —respondió la bruja, cerrando la verja y mirando hacia la oscuridad vacía.
¡Nadie! Ni amigo ni enemigo. Ni malvado ni protector. El vacío llenaba la tiniebla y también su alma. Una voz le susurraba al oído: «No esperes. No vendrá. Ya obtuvo lo que quería de ti. Ya no te necesita. Se irá con los suyos...».
Por mucho que Morita intentaba acallar aquella voz, la angustia la asfixiaba. ¿Qué esperaba ella? ¿En qué había creído?
Pero en cuanto entró en casa, alguien rascó la puerta. ¿El gato?
—¿Quién es? —preguntó antes de abrir.
—Soy yo —respondió Yarrey con voz sorda y baja—. ¡Lánzame una camisa!
Morita sonrió; el alma le volvió al cuerpo. Había regresado. ¡No había huido! Buscó rápido la ropa que había preparado, la pasó por la rendija de la puerta y se quedó inmóvil. ¿De verdad era ella tan importante para Yarrey como para que no se marchara? ¿De verdad no la dejaría?
Cuando la puerta se abrió del todo, Morita seguía allí, sin atreverse a moverse por miedo a que fuera un espejismo, un truco de algún espíritu burlón.
Yarrey la miró a los ojos con atención, entornándolos apenas. Parecía escudriñar su alma, disipando sus dudas con pura ternura. De repente, acortó la distancia entre ellos, la abrazó con fuerza y selló sus labios con un beso.
En ese instante, a Morita le pareció que el mundo se volcaba y se disolvía. Sentía en Yarrey el aroma del bosque, de la niebla y de los pinos. Percibía el calor de su cuerpo a través de la fina camisa. Su corazón latía con locura, hasta casi hacerla desfallecer.
Sintió cómo él, con un movimiento rápido y firme, desataba su cinturón. Un pequeño pánico la atravesó cuando él la tomó en brazos, la depositó en la cama y se inclinó sobre ella.
Morita sabía lo que debía ocurrir; algún día tenía que pasar. Y no era una entrega pactada por parientes, ni la noche de Kupala, que todo lo oculta y bendice. Pero ¿qué importaba eso? Era una bruja, ¡y a las brujas se les permitían cosas así! Solo que... si ocurría, no podría hacer magia. Necesitaría tiempo para que su fuerza regresara. ¿Y si la necesitaba antes?
Yarrey la miraba a los ojos, leyendo sus dudas y su determinación. Esbozó una pequeña sonrisa y rozó sus labios.
—Si no quieres... —empezó él con voz ronca, una voz que recordaba a la de aquel enorme lobo gris.
Morita se quedó tensa un segundo y luego negó levemente con la cabeza, buscando ella misma el beso. Pero antes dijo:
—Me convertiré en una chica común si... —el rostro le ardió, y añadió deprisa—: ¡Seré inútil y estaré indefensa! Seré solo una carga...
Yar ahogó sus palabras con un beso.
—Yo seré tu fuerza y tu protección —prometió el licántropo—. Nunca vuelvas a dudar de mí, Morita. Te amaré mientras mi corazón lata en mi pecho.
Y Morita le creyó.
Se entregó.
Permitió que él y ella se convirtieran en uno solo, soltando un gemido que era mezcla de dolor y felicidad. Se aferró a sus hombros con las uñas, perdió la voz gritando su nombre, se consumió bajo los susurros ardientes que acariciaban su piel sensible. Se disolvió en él, olvidándolo todo.
Morita amaba y era amada. Y por eso valía la pena pagar el precio de una vulnerabilidad temporal.
Si tan solo Morita hubiera sabido lo que ocurriría al amanecer...