Baya de lobo

Capítulo 24

Morita se despertó cuando el sol ya se hundía de nuevo en el horizonte. Con la cabeza pesada y el corazón no menos cargado. Sentía un amargor biliar en la boca, pero por lo demás, su estado era soportable.

A través de las pequeñas ventanas cubiertas con vejiga de buey apenas se filtraba la luz, así que la joven buscó casi a tientas el cuenco y el cubo de agua. El agua de manantial limpió el amargor de su lengua, pero no logró aliviar el peso de su pecho.

Morita se deslizó hacia fuera, casi tropezando con Malok, que estaba inmóvil en el umbral. El cielo estaba cubierto por nubes negras, nada otoñales. Rugían sordamente, haciendo que a la joven se le erizara la piel y sintiera que el pecho se le ensanchaba con cada retumbar. Le costaba respirar, pero al mismo tiempo sentía el impulso de desplegar las alas y volar.

¿Qué era aquello? ¿Y por qué se sentía tan extraña?

—¡Miau! —maulló Malok, clavando en ella una mirada inquieta de sus ojos amarillos.

—¡Ni yo misma sé qué me pasa! Quizás tú podrías decirme...

Pero el gato solo agitó la cola de forma nerviosa. Fue entonces cuando Morita reaccionó: ¡Yarrey no estaba por ninguna parte!

De nuevo el estruendo. Y esa sensación —ya conocida—, como si alguien la empujara entre los omóplatos, impulsándola hacia delante, más allá... La bruja no podía resistirse a ese sentimiento, a esa fuerza que la guiaba hacia donde su ayuda era necesaria. ¿Acaso su licántropo necesitaba de nuevo su poder? ¿O... se había ido solo con la manada? ¿Por qué la habría dejado atrás?

¿Porque no era necesaria? ¿O porque...?

Y otra vez el retumbar del trueno. Las tormentas de otoño suelen ser débiles, pero no por ello dejan de representar la ira de Perún. Una vez más, la fuerza recorrió sus venas. El poder... y tras él, ese empujón que hacía imposible quedarse quieta.

Morita corrió. No caminaba, corría. Era como si una fuerza desconocida la llevara en volandas. Se oyó el susurro de las primeras gotas hundiéndose en las hojas secas. Un destello de relámpago, y un nuevo rugido del trueno. Pero la herbolaria no parecía sentir ni ver nada a su alrededor. Corría hacia quién sabe dónde.

No se detuvo hasta que la oscuridad de la noche lluviosa cayó sobre ella, hasta que su ropa empapada se volvió pesada y sus piernas se agotaron. Morita paró y se apoyó en un árbol, intentando recuperar el aliento, y en ese instante escuchó un aullido de lobo: largo, de los que congelan el alma. Por alguna razón, Morita supo con certeza que ¡aquel no era Yarrey!

Y tras él, otro aullido. Y otro más... en diferentes tonos. Parecía que aullaba una manada entera. La bruja echó a correr de nuevo, sintiendo que a la fuerza que la guiaba se le sumaba una ansiedad asfixiante y pesada. Tenía miedo de llegar tarde. Como entonces, en su primer encuentro, cuando lo encontró casi muerto en el bosque.

En un momento dado, las luces de las hogueras aparecieron entre la espesura. Se oyó el aullido, el batir de tambores marcando el ritmo y el gruñido feroz de una bestia. O incluso de varias. Y el presentimiento de la bruja gritaba: uno de ellos era Yarrey.

La herbolaria, sin sentir el suelo bajo sus pies, caminó hacia la luz y el sonido de los tambores. La ropa se le pegaba de forma desagradable a la piel, y el viento, que se había levantado y la empujaba por la espalda, le arrebataba el último calor. Pero aquello era algo que Morita comprendía racionalmente más de lo que sentía físicamente.

Como hechizada, salió del bosque y se quedó petrificada al ver cómo dos lobos enormes se enfrentaban en un duelo a muerte, rodeados tanto por lobos como por personas. Aunque solo alguien ignorante podría llamar así a un licántropo. Vigilaban la lucha en silencio e imperturbables, sin siquiera girarse hacia la extraña. Sin embargo, solo un necio pensaría que su aparición había pasado inadvertida. Morita también se quedó inmóvil y olvidó cómo respirar, clavando la mirada en la pelea. Reconoció a uno de inmediato: era Yarrey. Y era evidente que lo estaba pasando mal.

La bruja se habría quedado allí, sin moverse, igual que el resto de la manada. Pero en un momento dado sintió algo oscuro, pesado, como humo o aire viciado. Algo que le cortaba la respiración. De nuevo esa sensación de que alguien la empujaba. Pero esta vez Morita no se apresuró. Movía los pies lentamente, buscando con la mirada a aquel que tramaba el mal.

Y lo encontró. Un hombrecillo escondido tras las cabañas del asentamiento de los lobos. Era imposible confundirlo con nadie más. Bajo, algo encorvado, apoyado en un báculo con el remate partido, como cuernos. Pieles oscuras y harapos colgaban de él, convirtiéndolo en una masa informe. Pálido, flaco, con una nariz afilada como el pico de un ave. Sus pequeños ojos negros no se apartaban del duelo. Y sus labios sin sangre, casi blancos, se movían susurrando conjuros.

En el alma de Morita estalló el fuego. Un nuevo trueno retumbó y sus palmas se encendieron de calor. En ese mismo instante, los ojos negros del hechicero se clavaron en ella, se entornaron, y la bruja sintió como si algo le golpeara el pecho. Tan fuerte, que no pudo contener un grito. Se tambaleó, doblándose por la mitad. Pero de inmediato apretó los dientes y comenzó a susurrar. Quizás fuera más débil que aquel hechicero, pero sabía perfectamente por qué lo hacía.

El poder la inundaba, trenzándose con el conjuro, mezclándose con la fuerza que bramaba en los relámpagos, en el rugido del trueno, en las pesadas gotas de lluvia. No podía permitir que muriera el único hombre al que amaba.

Morita exhaló las últimas palabras del encantamiento, poniendo en ellas toda la fuerza de la que era capaz. El hechicero desconocido extendió su báculo astado, pero no le sirvió de nada. El poder de una bruja enamorada casi lo barre del suelo. Una ráfaga de viento... un destello de relámpago...

El viejo logró ponerse en pie, lanzando una palabra maldita, y la bruja cayó de rodillas por el dolor, jadeando por aire. Una fuerza oscura parecía aplastarla contra la tierra. Él era más fuerte, tenía más experiencia, y su poder era diferente. Pero Morita volvió a morderse el labio, se levantó con esfuerzo y le respondió exactamente igual, poniendo en sus palabras toda su energía. Toda su desesperación. Se tambaleó, sintiendo que se había excedido. Un desagradable sabor metálico apareció en su boca. Le empezó a arder la garganta.



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En el texto hay: bruja, lobo, aquelarreliterario

Editado: 29.04.2026

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