Baya de lobo

Epílogo

Morita anhelaba la felicidad.

Una felicidad sencilla, cálida, cotidiana; esa con la que sueña todo ser humano. Anhelaba que en su casa oliera a pasteles, a leche y a miel. Quería oír risas infantiles. Quería que en su hogar la esperaran, la amaran, la valoraran...

Pero no a todos les es dado tener lo que desean. Es fácil amar aquello que querías, pero es mucho más difícil e importante amar aquello que el propio destino te ha otorgado.

El destino siempre sabe más...

—¿Estás muy cansada? —inclinándose, Yarrey rozó con sus labios la sien de su esposa y ajustó la manta que se había escurrido de la pequeña que dormía en la cuna colgante.

—¡No! —mintió Morita, parpadeando somnolienta y ocultando un bostezo tras el puño mientras cerraba el libro de bruja—. Es la ventisca tras la ventana. ¡Me ha dejado aletargada!

—¿O será el hecho de que en nuestra casa, desde el amanecer hasta la noche, no dejan de entrar enfermos de los tres asentamientos de lobos? —refunfuñó Yar, sosteniendo a su esposa por el brazo para ayudarla a levantarse—. Te falta muy poco para dar a luz.

—¿Y qué? ¿Acaso debo echarlos a todos y decirles que se las apañen con sus dolencias? Además... apenas he hecho magia desde que supe que estaba encinta de nuevo. ¡Si por ti fuera, me tendrías atada sin dejarme salir de casa!

—¡Y yo no me movería de tu lado! —le prometió Yarrey con voz ronca, muy cerca de sus labios.

Ella se ruborizó al instante, como si no llevaran ya tres años siendo marido y mujer. Como si frente a él estuviera todavía aquella misma muchacha pequeña, frágil, valiente y testaruda que recogió a un forastero herido en el bosque.

Él apartó los mechones rebeldes de su rostro cansado y, como miles de veces antes, se hundió en el azul infinito de sus ojos. Se inclinó y unió sus labios a los de ella, inhalando el aroma a bosque de verano y a hierbas. Ella respondió al instante, envolviéndolo en calor, felicidad y cuidado. Ella, la que le fue entregada por la Luna, por los dioses y por la Madre de todas las brujas. Ella, por quien él habría caminado descalzo sobre el fuego. Ella, que le había regalado el mundo y la felicidad.

Yar estrechó a su bruja contra su pecho. Se quedó inmóvil, escuchando el latir de su corazón.

—¡A dormir! —ordenó él, acostándola en la cama y arropándola con pieles.

Morita no se puso a discutir ni a protestar. Al fin y al cabo, las últimas semanas de embarazo la tenían bastante agotada.

—Akaya quería traernos un gatito a casa —dijo ella entre sueños.

—¿Y?

—¡Me negué!

—¿Aún sigues esperando a tu Malok?

—¡Lo espero! —respondió Morita—. Sé que volverá. Tarde o temprano. Lo siento.

Yarrey sabía lo contrario: el gato se había quedado como pago por el don de Vela en las profundidades. Ella le había devuelto a Morita no solo la vida, sino la felicidad a ambos. El brazalete de plata que Yarrey le puso a su esposa al contraer matrimonio protegía su poder de bruja, ya fuera en la hechicería o en el lecho. Así, Morita ya no sufría por las mañanas añorando su fuerza.

¡La bruja les había regalado la felicidad! Y el licántropo habría entregado incluso su alma por aquel don.

Yarrey salió al patio.

La ventisca, en efecto, aullaba como una fiera enfurecida. En una tormenta así, pocos se atreverían a cruzar el umbral.

—¡Miau! —se oyó un reclamo casi lastimero.

Yar se quedó petrificado. ¿Lo habría imaginado? ¡No podía ser!

—¡¿Malok?!

—¡Malok! —respondió una hermosa voz femenina—. ¿Estás contento?

Al licántropo se le encogió el corazón. ¡No podía ser! ¿Acaso ella venía a por... Morita?

—No temas, Yarrey —dijo la Madre de las Brujas, como si leyera sus pensamientos—. No haré daño a tus mujeres. —Se acercó con tal rapidez que pareció surgir de la nada a un paso del hombre—. He traído un don para tu hija. Ella será la más poderosa de todos los tiempos. La más fuerte. Con la sangre de los licántropos y de las brujas. Y una bruja fuerte debe tener un Guardián fuerte. ¡Melencare!

—¡Miau! —respondió el gato, saliendo al porche.

—¡Cuida de mis niñas, licántropo! Y que el destino sea clemente con este hogar.

Yarrey asintió, de nuevo incapaz de articular palabra. Debería haberle dado las gracias, pero la voz le volvió a fallar. Ella se desvaneció, como si hubiera sido un espejismo.

Yarrey entreabrió la puerta y el enorme gato negro entró en la casa, dejando tras de sí huellas blancas de nieve.

—¡Ni siquiera he podido darte las gracias por todo! —susurró Yar, sentándose en el banco.

—¡Purrr-miau! —respondió el gato de la bruja. Saltó a la litera, caminó sobre las pieles, se acurrucó junto al vientre de Morita y empezó a ronronear con fuerza.

¡Y Yar sonrió!

¿No sería de esta bruja de la que hablaba Vela? Parece que esperaban de nuevo a una niña. Si seguían así, el próximo líder de la manada sería una mujer. Aunque... quién sabe cuántos hijos les enviarían aún los dioses.

¡El destino siempre sabe más! Y de lo que él nos envía, ¡siempre se puede construir una felicidad auténtica!



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En el texto hay: bruja, lobo, aquelarreliterario

Editado: 29.04.2026

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