El salón de música estaba en calma. Solo el sonido del piano y el roce suave de las cuerdas llenaban el aire. Alec rasgó las últimas notas con la guitarra y las dejó morir entre el eco de las paredes. Nicky seguía tocando un par de acordes distraídos, como si buscara esconder algo entre ellos.
—Estás distraída, Nik —murmuró Alec, sin dejar de observarla.
—No, solo… pienso —respondió ella, aunque sabía que él no le creería.
Él sonrió apenas, con esa mezcla de picardía y certeza que siempre la desarmaba.
—Entonces, lo que me estás diciendo es que tu hermosa cabecita está pensando en algo que no soy yo ni el ensayo. Lo cual, según mi lógica, significa que sí estás distraída.
Nicky soltó una pequeña risa.
—Tu lógica deja mucho que desear.
—Aunque me fascina verte reír —replicó él mientras se levantaba—, esa sonrisa parece esconder algo. —Se acercó hasta ella, apoyándose con las manos sobre el piano, inclinándose lo suficiente como para obligarla a levantar la vista—. ¿Todo bien?
—¿Por qué siempre parece que puedes leerme la mente? ¿Eres Edward Cullen o algo así? —bromeó ella, buscando alivianar el momento.
—Podría ser quien tú quisieras, darling —respondió Alec con una sonrisa ladeada.
—Eres insoportable, darling —repitió ella entre risas, acentuando la palabra con ironía.
Pero la sonrisa se fue apagando poco a poco. Nicky bajó la mirada y suspiró.
—Es solo que últimamente no he publicado nada. Mis seguidores están muy intensos —dijo mientras tomaba su celular y le mostraba la pantalla llena de notificaciones—. No paran las menciones, los mensajes, los comentarios… y me estoy volviendo loca.
—Yo sé que es parte de lo que hago, pero ya no tengo tiempo. Entre las clases, los ensayos, Jay, Alex, el concurso… y también tú —lo miró un segundo con tristeza—. A veces siento que todo me abruma. Que para avanzar en algo tengo que soltar otra cosa. Que mi día necesita más horas. —Hizo una pausa—. Y, no sé… me siento pequeña para todo esto. Como si la vida pasara demasiado rápido y yo no la estuviera disfrutando. Tal vez solo necesito parar, pensar en lo que realmente quiero.
Alec la miró en silencio unos segundos, como si buscara la manera exacta de tocar sus pensamientos sin romperlos. Luego se inclinó frente a ella, quedando a su altura.
—Nik… —empezó con voz suave—, cuando algo te abruma, no deberías cargarlo sola. Hablarlo, como ahora, también es una forma de respirar.
Tomó una pausa, luego le tomó una mano y la sostuvo entre las suyas.
—No tienes que soltar lo que amas. La pasión no se impone, nace. Es ese brillo entre la oscuridad, esa chispa que te hace seguir aunque estés agotada. Es lo que siente un músico cuando toca lo que ama, lo que siente un cantante cuando interpreta, o un escritor cuando ve sus palabras cobrar vida. —Sonrió apenas—. Si algo te hace sentir viva, no lo sueltes solo porque el tiempo parece poco. El tiempo siempre se estira para lo que importa.
Nicky lo escuchaba con los ojos brillantes, entre sorprendida y conmovida.
—Y si en todo eso —continuó él— yo llego a ser algo que te cansa, podemos buscar una solución. No quiero ser una carga. Solo quiero ser partFe de lo que te hace sonreír.
Nicky apretó su mano suavemente.
—No eres una carga, Alec. Eres… justo lo que me calma cuando todo se vuelve demasiado.
Él la miró en silencio, con ese tipo de ternura que no necesita palabras.
El reloj marcaba casi las nueve, pero el tiempo parecía detenido entre el eco de las notas y el sonido leve de su respiración compartida.
Alec se acercó sin decir nada, solo dejó que el silencio hiciera el trabajo. Cuando por fin la rodeó con los brazos, Nicky no resistió más. Se aferró a él y rompió en llanto contra su pecho, temblando apenas.
—Es que… de verdad, a veces siento que todo me abruma —murmuró entre sollozos—. Que no puedo con todo.
Alec la sostuvo con más fuerza, sin soltarla.
—Tranquila, Nik… —susurró junto a su oído, su voz baja y serena, esa que parecía detener el mundo—. Estoy aquí. Llora, todo lo que necesites. No pasa nada.
Con una mano le acariciaba el cabello, con la otra la mantenía cerca, protegiéndola del peso invisible que cargaba.
—No tienes que fingir que puedes con todo —dijo con suavidad—. El corazón también se cansa, también siente… y a veces solo necesita soltarlo todo para volver a latir tranquilo.
Nicky respiró hondo, aferrándose a su camisa, como si en ese abrazo encontrara una pausa que el mundo le debía.
Alec no la soltó. Permanecieron así un largo rato, él sosteniéndola con firmeza mientras ella se deshacía en su pecho, dejando que por fin saliera todo lo que había reprimido. Era una escena cruda, vulnerable; Nicky, siempre tan fuerte, se había derrumbado frente a él. Y Alec, simplemente, se quedó ahí, siendo su refugio.
Cuando al fin se apartó, Nicky se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Tenía las mejillas sonrojadas, los ojos hinchados y vidriosos, pero aun así, había una dulzura desgarradora en su rostro.
—Gracias… —susurró con voz temblorosa.
Alec negó con suavidad, dedicándole una sonrisa cálida.
—No me agradezcas algo tan simple como entenderte, Nik —dijo, con una ternura que contrastaba con su tono grave—. No es más que empatía… eso que nos hace humanos… pero sobre todo no me agradezcas por quedarme contigo, Nik —murmuró mientras le acomodaba un mechón detrás de la oreja—. Se supone que para eso estoy aquí.