Solo tengo una pregunta: ¿qué le pasa a Nicky?. Tal vez este capítulo nos dé la respuesta.
El vestido morado de la gala ahora yacía arrugado en una esquina del suelo del baño, como el recordatorio de una noche que Nicky deseaba borrar de su memoria.
Apoyó ambas manos en el borde del lavabo y levantó la vista hacia el espejo. La luz fluorescente y fría de LIKE no perdonaba nada. Sin el maquillaje, los iluminadores y el rimel en las pestañas, lo que quedaba en el cristal era un fantasma. Nicky contempló sus propias ojeras, profundas y oscuras, grabadas en una piel tan pálida que parecía translúcida. Estaba más delgada; los huesos de sus clavículas se comenzaban a marcar con una severidad que debía asustarla, y sus hombros lucían pequeños, frágiles. La vida la estaba consumiendo viva, succionándole la poca energía que le quedaba a su cuerpo.
Con los dedos temblorosos, tomó el frasco de plástico ámbar que dejó en la esquina del lavabo. Lo volcó sobre su palma. Las pastillas rodaron con un tintineo seco.
Uno. Dos. Tres...
Las contó en silencio, con un nudo cerrándosele en la garganta. Le quedaban apenas para terminar la semana. Cada comprimido era un recordatorio de que su tiempo se estaba acortando, de que los tratamientos la desgastaban más de lo que realmente la ayudaban y de que, a este paso, mantener el ritmo de los entrenamientos y del día a día iba a ser una tarea imposible. Cerró el puño con fuerza, tragándose las lágrimas de pura frustración. Odiaba sentirse débil. Odiaba que su propio cuerpo fuera su peor enemigo.
Guardó el frasco dentro de la cosmetiquera y tomó la base de maquillaje de la misma, la de máxima cobertura.
Había llegado el momento de la rutina que más odiaba. Nicky humedeció una esponja y comenzó a dar pequeños toques sobre su piel, cubriendo minuciosamente cada uno de los moretones que salpicaban sus brazos y sus costados. Manchas violáceas y verdosas que aparecían de la nada, marcas del desgaste interno que su cuerpo ya no podía ocultar por sí solo. Capa tras capa, observó cómo el maquillaje borraba la evidencia de su enfermedad, devolviéndole la fachada de la chica de hierro que todos en el colegio conocían.
Tenía que seguir ocultándolo. Sobre todo a Alec. Especialmente después de lo que había pasado en el piano, no podía permitirse que nadie viera las grietas en su armadura. El show tenía que continuar, aunque por dentro sintiera que estaba a un paso de quebrarse por completo.
Alex entró al baño y observó a Nicky.
—Cada vez son más. Deberías avisar a tus padres para que puedas ir con el oncólogo —sugirió ella con preocupación, mientras comenzaba a preparar la tina para tomar un baño.
—Sabes lo que significa hacer eso... y no quiero regresar —respondió ella en voz baja, sin apartar la mirada del espejo.
—Pero está empeorando, Naiki… —insistió Alex, mirándola con una mezcla de tristeza y frustración—. Entiendo perfectamente que no quieras decirle a Alec sobre ello, ¿pero que dejes que todo empeore? Eso no está bien.
Nicky apretó con fuerza la esponja de maquillaje entre sus dedos, tanto que sus nudillos se pusieron blancos. Las palabras de Alex flotaron en el aire húmedo del baño, pesadas y llenas de una verdad que ella intentaba ignorar desesperadamente cada mañana.
—No voy a regresar a ese hospital, Alex —dijo Nicky, con una voz que pretendía ser de acero, pero que terminó saliendo con un sutil temblor—. Regresar significa volver a las batas blancas, al olor a desinfectante, a ver a mis papás mirándome como si fuera de cristal... Significa dejar LIKE. Dejar de ser una persona normal por un rato.
Alex suspiró, sentándose en el borde de la tina mientras el agua caliente comenzaba a llenarla, inundando el espacio con vapor. Miró las marcas difuminadas en los brazos de su amiga con una tristeza infinita.
—Lo sé, Naiki. Sé que odias todo eso —admitió Alex en voz baja—. Pero ocultarlo no va a hacer que desaparezca. Y menos con el ritmo que llevas. Los desmayos han estado presentes. Si no fuera por la adrenalina, no podrías hacer nada. ¿Y Alec? Él no es ciego. Ayer te estuvo buscando como loco después de que saliste corriendo. Cree que estás enojada por la canción, pero si nota que algo físico te pasa...
—No va a notar nada —la interrumpió Nicky rápidamente, girándose por fin para mirarla. Sus ojos brillantes reflejaban una mezcla de terquedad y pánico—. No puede notarlo. Si Alec se entera... si me ve débil, todo cambia. No quiero su lástima, Alex. Prefiero mil veces que me odie, que me pelee, que me provoque con sus sonrisas idiotas, a que me mire con compasión. No lo soportaría.
Alex la observó en silencio durante unos segundos. Conocía a Nicky mejor que nadie y sabía que, detrás de toda esa fachada de chica ruda e inalcanzable, solo había una joven de catorce años que tenía un miedo terrible de que su vida se detuviera de golpe.
Alex se puso de pie, se acercó a ella y, con delicadeza, le quitó la esponja de la mano para colocarla sobre el lavabo. Luego, le dio un abrazo suave, cuidando de no presionar las zonas donde sabía que le dolía.
—Está bien —susurró Alex contra su hombro—. No le diremos a nadie todavía. Pero prométeme que si te sientes mal, me lo vas a decir de inmediato. No te guardes el dolor tú sola, Naiki. Para eso estoy aquí.
Nicky cerró los ojos, apoyando la frente en el hombro de su mejor amiga, dejándose sostener por un instante en medio de la tormenta silenciosa que amenazaba con destruirla.