Be the light (pendiente)

Capítulo 20

Penultimo, gente. Estoy gritando, de verdad.

Habían pasado tres días desde la noche del concierto, tres días en los que el universo parecía haber cambiado de eje. La guerra fría entre Alec Rubio y Nicky Moretti había terminado, dando paso a algo que ninguno de los dos terminaba de asimilar del todo, pero que estaban seguros de quererlo.

Era domingo por la tarde. El campus estaba tranquilo, la mayoría de los estudiantes descansando o estudiando en sus cuartos. Alec y Nicky habían encontrado el refugio perfecto: ese lugar secreto a donde él la había llevado esa primera noche en LIKE, el que nadie usaba, excepto ellos.

Nicky estaba sentada entre las piernas de Alec, de espaldas a su pecho, envuelta en una de sus sudaderas gigantes que olía a él. Él tenía los brazos cruzados alrededor de su cintura, descansando la barbilla en su hombro, mientras observaban cómo el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja a través de la ventana.

—Todavía no puedo creer que hayas hecho eso. Debió costar una fortuna. —murmuró Nicky, entrelazando sus dedos con los de él. Sus manos, siempre frías, encontraban un calor reconfortante en las de Alec.

Alec soltó una risa baja, un sonido que vibró contra la espalda de Nicky y la hizo sonreír.

—Tengo mis métodos, darling. Yo pagaría lo que fuese por ti. Además, cuando le conté que era para recuperar a la chica que amo desde los siete años, se puso sentimental. Resulta que los CNCO son unos románticos empedernidos.

Nicky giró un poco la cabeza para mirarlo de reojo. Él la observaba con una intensidad que todavía la hacía poner nerviosa, una mirada llena de una adoración que ella sentía que no merecía, pero que aceptaba con egoísmo. Él le plantó un beso suave en la mejilla, justo encima de donde el maquillaje de alta cobertura cubría las imperfecciones de su piel.

—¿Estás feliz? —preguntó él, su voz volviéndose seria por un momento.

Nicky suspiró, cerrando los ojos y recostándose más contra él. Por unas horas, no había dolor, no había tratamientos, no había frascos ámbar escondidos. Solo existía él.

—Sí, Alec. Estoy muy feliz. Es... extraño. No estoy acostumbrada a que las cosas salgan bien.

Él le apretó la cintura con más fuerza, como si quisiera protegerla de sus propios pensamientos.

—Acostúmbrate. Porque no pienso irme a ningún lado. Me costó diez años y varios días de algo que podrían considerar acoso recuperarte, no te vas a librar de mí tan fácil.

Nicky sonrió y se giró entre sus brazos para quedar frente a él. Lo observó detenidamente: el desorden de su cabello castaño, la curva de sus labios. Con delicadeza, levantó su mano derecha y tomó su dedo meñique, uniendo el suyo con el de él.

—¿Alguna vez te conté la leyenda del hilo rojo? —preguntó ella en voz baja.

Alec alzó una ceja, divertido, pero intrigado por el cambio de tono.

—Creo que no. Soy más de historias de psicópatas y sociópatas, Niki. Ilumíname.

Nicky entrelazó sus meñiques con firmeza, mirando la unión de sus dedos.

—Es una leyenda oriental. Dice que los dioses atan un hilo rojo invisible alrededor del dedo meñique de aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar el tiempo, el lugar o las circunstancias.

Alec escuchaba en silencio, su mirada fija en el rostro de ella, fascinado por la forma en que sus ojos brillaban al contar la historia.

—El hilo se puede estirar, o contraer, o enredar... —continuó Nicky, acariciando el nudillo de Alec con el pulgar—, pero nunca, jamás, se puede romper. Las personas conectadas por ese hilo están unidas para siempre, sin importar lo que pase.

Levantó la vista para encontrarse con los ojos grises de Alec. Él ya no sonreía; la miraba con una solemnidad abrumadora, procesando cada palabra.

—El jueves, en el estadio, cuando escuché la dedicatoria... lo entendí —confesó ella, sintiendo que la garganta se le cerraba un poco—. Entendí que tú eres la otra persona atada a mi hilo rojo, Alec. No importa cuánto peleemos, ni cuánto intentemos alejarnos, o cuánto nos joda la vida... siempre terminamos volviendo el uno al otro. Estábamos destinados a esto.

Alec se quedó mudo por un largo momento. La arrogancia habitual había desaparecido, dejando al descubierto al niño de siete años que siempre la había amado en secreto. Con lentitud, soltó el amarre de sus meñiques para tomar su rostro con ambas manos, sosteniéndola con una delicadeza infinita, como si fuera de cristal.

—Entonces me alegra saber que ese hilo es irrompible —susurró él, acercándose hasta que sus frentes se tocaron—. Porque mi hilo está completamente enredado contigo, Nik. Y no tengo ninguna intención de soltarte. Nunca más.

Nicky cerró los ojos, dejando salir un suspiro de alivio, y Alec acortó la distancia final, sellando la promesa con un beso lento, dulce y lleno de toda la ternura que se habían negado durante años. En la azotea de LIKE, bajo el cielo naranja, el tiempo se detuvo, y por un instante, el destino ya no parecía tan cruel.

(...)

Las carreras, peleas ilegales y escapadas de LIKE habían vuelto a la rutina de Nicky. Por primera vez se sentía nuevamente ella misma y se había prometido disfrutar cada uno de estos momentos. Aunque todo fuese mágico, sus noches favoritas eran las de karaoke; esa química que tenían en el escenario, cómo conectaban con cada canción y cómo las miradas de él decían más que mil palabras.



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En el texto hay: romance

Editado: 07.08.2026

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