Beach Buggy Racing: El Arco de las Islas Misteriosas 2

CAPÍTULO 1: DE VUELTA AL MUNDO REAL

I.

El puerto del pueblo olía exactamente igual que siempre.

Era lo primero que Rez notó cuando el barco empezó a acercarse a la costa: ese olor específico de sal mezclada con el humo de las frituras del puesto de la señora del mercado y con el polvo del adoquín color ladrillo que el viento levantaba desde las calles que bajaban hacia el muelle. Era un olor que no existía en ningún otro lugar del mundo aunque uno no lo supiera hasta haberlo dejado atrás durante meses y luego encontrarlo de nuevo de golpe, sin aviso, como una mano puesta sobre el hombro.

Rez estaba en la proa del barco con los brazos apoyados en la baranda.

Leilani estaba a su lado.

Habían pasado varios días navegando desde las islas hasta el continente, con escalas en puertos que ninguno de los dos había visto antes y que en el mapa del barco eran puntos pequeños entre distancias grandes. En esos días habían hablado mucho y habían estado en silencio mucho, que era la proporción correcta para dos personas que se conocen bien y que han vivido juntas algo demasiado grande para reducirlo a conversación constante.

Ahora el pueblo aparecía en el horizonte y crecía con cada minuto que pasaba: primero las siluetas de las casas, luego los colores, luego los detalles. La iglesia con la campana torcida desde el temblor del noventa y cuatro. El mercado. Las calles de adoquín.

Y en el muelle, visible desde la proa incluso antes de que el barco atracara: globos.

Muchos globos. De todos los colores posibles y algunos que parecían inventados. Y carteles. Y gente. Mucha gente para ser el muelle de un pueblo que no tenía nombre en los mapas grandes.

—¿Eso es todo para ti? —dijo Leilani, mirando el muelle con esa expresión evaluadora suya que en esta ocasión tenía algo adicional que Rez identificó como sorpresa genuina, que en Leilani era un estado infrecuente y por eso notable.

—Eso es todo para mí —dijo Rez.

Y sonrió de una manera que no había planeado y que no pudo evitar.

II.

El barco atracó con la lentitud de los barcos grandes y durante esos últimos minutos Rez miró el muelle desde arriba con la sensación de quien ve algo que reconoce completamente y que al mismo tiempo no puede creer que esté viendo.

Estaban todos.

La abuela Consuelo en su silla de ruedas que el tío Rodrigo había traído porque las piedras del muelle eran irregulares y la abuela Consuelo no iba a quedarse en casa por eso ni aunque alguien se lo pidiera. La tía Marisol con los ojos brillantes de esa manera suya que no iba a convertirse en lágrimas porque ella no lloraba en público. El tío Rodrigo con las manos en los bolsillos y algo en la cara que era orgullo aunque no lo dijera. La tía Patricia con un bordado en la mano que había traído porque la tía Patricia llevaba el bordado a todas partes como otros llevan el teléfono. Camila con un cartel enorme de cartón pintado a mano con letras de todos los colores que decía BIENVENIDO CAMPEÓN y que claramente había hecho ella sola con ayuda de nadie y que era perfectamente imperfecto. Toño, que tenía quince años y ya no era el niño ruidoso de antes sino un adolescente que intentaba parecer indiferente pero que estaba en el muelle a las tres de la tarde de un miércoles lo cual decía todo sobre su indiferencia real.

Y Juan Carlos. Con la pancarta.

Era una pancarta nueva, no la de cartón de caja con pintura roja que había ondeado en la semifinal regional años atrás: esta era más grande, de tela, con letras amarillas sobre fondo rojo, y decía REZ en el centro y alrededor había dibujos de llamas que claramente habían requerido más tiempo y dedicación de lo que Juan Carlos hubiera admitido públicamente.

Y Mable, a su lado, con una expresión tranquila y una sonrisa pequeña y los ojos que miraban el barco con algo que Rez notaría después, no en ese momento porque en ese momento había demasiado que mirar al mismo tiempo.

Más atrás: vecinos. Compañeros del colegio. La señora del molino. El señor de la papelería. Personas que Rez reconocía y personas que Rez reconocía de haberlas visto siempre sin saber sus nombres, que en un pueblo donde todo el mundo conoce el nombre de todo el mundo era la categoría más pequeña posible pero existía.

Había música. Alguien había traído un parlante.

—Es mucha gente —dijo Leilani.

—Sí —dijo Rez.

—¿Estás listo?

Rez la miró. Leilani lo miraba con esa expresión que tenía cuando preguntaba algo que sabía la respuesta pero quería escucharla de todas formas.

—Sí —dijo Rez.

Bajó por la pasarela.

III.

Lo que siguió fue el tipo de cosa que no se puede describir bien de manera ordenada porque no ocurrió de manera ordenada: fue simultáneo, superpuesto, ruidoso de esa manera que no abruma sino que abraza.

La abuela Consuelo llegó primero aunque estaba en silla de ruedas, lo cual decía algo sobre la velocidad con que el tío Rodrigo la había maniobrado entre la gente o sobre la fuerza de voluntad de la abuela Consuelo, que probablemente eran la misma cosa.

Lo miró.

Rez se arrodilló frente a ella, igual que la noche en que partió, para quedar a su altura.

La abuela Consuelo lo miró durante un momento largo con esos ojos que llevaban décadas viendo cosas y que por eso veían bien.

—Creciste —dijo.

—Un poco —dijo Rez.

—Más de un poco. —Le puso una mano en la mejilla, igual que antes—. Bienvenido.

No dijo ganaste aunque lo sabía. No dijo lo sabía aunque también lo sabía. Solo dijo bienvenido, que era lo que importaba ahora.

Luego vino el resto de la familia en el orden aproximado del tamaño del abrazo: la tía Marisol que lo abrazó fuerte y le dijo al oído que había visto todas las carreras que pudo en televisión y que el de la semifinal la había hecho levantarse del sofá a gritar, información que Rez recibió con genuina sorpresa porque la tía Marisol no era de gritar. El tío Rodrigo con la palmada en el hombro de siempre más otra que era nueva y que tenía un peso diferente. La tía Patricia que le había hecho algo, un forro nuevo para la mochila que sostenía en las manos y que Rez tomó con el cuidado que merecía. Camila que lo abrazó con los brazos tan abiertos como el cartel que sostenía. Toño que le dio la mano con un apretón de adolescente que intentaba ser un apretón de adulto y que estaba en algún punto intermedio que era correcto para los quince años.



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En el texto hay: beach buggy racing, bbr2, rez

Editado: 25.08.2026

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