I.
Leilani se fue un martes.
No con ceremonia: con una maleta, un abrazo de la tía Marisol que duró más de lo que cualquiera hubiera predicho, un apretón de mano de la abuela Consuelo que tenía el mismo peso que sus palabras de siempre, y un hasta luego de Rez en el puerto que fue corto porque los dos sabían que los hasta luegos largos no cambian la distancia sino que solo la hacen más ruidosa.
El barco se fue hacia el norte.
Rez se quedó en el muelle hasta que el barco desapareció en el horizonte, que tardó menos de lo que uno esperaría y más de lo que uno quería.
Luego volvió al pueblo.
Los meses que siguieron tuvieron un ritmo que Rez construyó deliberadamente, porque había aprendido en las islas que el ritmo no llega solo sino que hay que construirlo, y que un día sin estructura es un día que se desperdicia aunque no se sienta así en el momento.
Por las mañanas: la escuela de carreras.
Empezó pequeño, como había empezado todo lo que valía la pena en su vida: con un espacio en la playa junto al mar, unas cuantas cintas entre palos para marcar la línea de salida y la meta, y tres estudiantes que eran el hijo del señor de la papelería, una chica de dieciséis años del barrio de arriba que había visto las carreras en televisión, y el primo Toño que llegó el primer día con la expresión de quien viene por curiosidad y se quedó porque resultó que tenía instinto.
No había power-ups. No había habilidades especiales. No había buggies con tecnología de la Liga ni sistemas de retorno ni magia tiki.
Había asfalto de playa, cintas colgadas entre palos, y Rez diciéndoles cosas que había aprendido en el claro del bosque y en Buccaneer Bay y en Dino Jungle y en la recta larga de Death Bat Alley.
El volante no es tu enemigo. Lee la curva antes de entrar. El instinto se entrena.
La escuela creció.
No de golpe sino de la manera en que crecen las cosas que crecen bien: gradualmente, con constancia, añadiendo un estudiante aquí y otro allá hasta que un día Rez miró el circuito de la playa y había doce personas corriendo y él ya no podía enseñarles a todos solo.
Contrató profesores. Tres al principio, luego cinco. Juan Carlos organizaba los horarios con una eficiencia que Rez no le había visto antes y que Juan Carlos atribuía a haber visto a Mable organizar cosas durante años y haber absorbido la técnica por proximidad. Mable diseñaba los materiales de publicidad con la misma meticulosidad de siempre, que en este contexto producía flyers que la gente efectivamente leía en lugar de tirar.
La escuela se expandió más allá del pueblo. Primero a la ciudad costera más cercana, donde alquilaron un espacio en la playa con mejor infraestructura. Luego a otro pueblo, donde un antiguo corredor regional les prestó su pista durante los fines de semana a cambio de que Rez diera una clase magistral una vez al mes.
Rez creció también.
No en años: en los meses que pasaron después del regreso no cumplió años sino que fue creciendo de esa manera que a veces tienen los meses cuando están llenos de cosas reales. Creció en estatura un poco, que notó cuando la chaqueta roja con detalles negros que había traído de las islas le quedó ligeramente corta en las mangas. Creció en la manera de hablar en público, que la escuela le exigía. Creció en esa cualidad difícil de nombrar que es la diferencia entre alguien que ha vivido algo y alguien que no.
La educación secundaria la completó en un mes en un programa virtual nocturno, no porque fuera necesario sino porque la abuela Consuelo había dicho que los papeles existen por algo y la abuela Consuelo tenía razón en las cosas que decía que tenía razón.
II.
El viaje a los tacos de El Zipo lo hizo en avión, que era la primera vez que Rez viajaba en avión y que resultó ser exactamente lo que imaginaba y completamente diferente al mismo tiempo, como casi todo.
Voló a un estado de México que en el mapa estaba más arriba y más al centro que su pueblo, y desde el aeropuerto tomó un autobús y desde el autobús caminó, y al final del camino había una taquería.
Era una taquería real, no la versión romántica de las taquerías de las películas: era un local de fachada sencilla con mesas de plástico en la banqueta y un letrero pintado a mano que decía Tacos Gonzales — Familia desde 1987 y olía a chile y a carne asada y a algo más que Rez no identificó pero que hizo que el estómago tomara una decisión propia sobre el asunto.
Había fila.
Rez se puso en la fila.
Cuando llegó al mostrador, la señora que atendía lo miró y luego miró detrás de él y luego volvió a mirarlo con la evaluación rápida de quien atiende muchos clientes y clasifica bien.
—¿Eres el que ganó la competencia esa? —dijo.
—Sí —dijo Rez.
La señora asintió como si eso confirmara algo que ya sabía.
—Sipo habló de ti —dijo—. Siéntate. Te traigo.
Rez se sentó.
Le trajeron tacos que eran, sin exageración posible, los mejores tacos que había comido en su vida. No lo pensó en términos comparativos con nada específico: simplemente los comió y supo, con la certeza de las cosas que no necesitan argumento, que El Zipo no había exagerado.
Después preguntó por Sipo.
La señora señaló hacia el fondo de la calle con el mismo gesto con que uno señala algo que está siempre en el mismo lugar.
Rez dejó dinero en la mesa, agradeció con una inclinación que la señora recibió con un gesto que decía no es necesario pero está bien, y fue a buscar a El Zipo.
Lo encontró en un gimnasio que era también ring de lucha libre: el tipo de lugar donde el olor a lona y a esfuerzo lleva tanto tiempo instalado que ya es parte de la arquitectura. El Zipo estaba en el centro del ring haciendo algo que Rez no supo clasificar exactamente porque era una combinación de movimientos de lucha libre y de algo que parecía meditación pero con más velocidad.