I.
Pasaron varios días antes de que Rez pudiera nombrarlo.
No porque no hubiera pensado en ello: había pensado en ello cada vez que Mr. Happy aparecía en el mismo espacio, en la choza principal durante las comidas, en el muelle cuando los pilotos llegaban o partían hacia las pistas, en los patios de Home Hud durante los momentos entre carreras. Cada vez que lo veía, la misma sensación: algo en cómo se movía que era familiar de una manera que no tenía explicación todavía.
Era frustrante de la manera específica en que son frustrantes las cosas que uno casi sabe pero no del todo, como una palabra en la punta de la lengua que no termina de llegar.
Rez lo observó con la misma atención con que observaba las pistas antes de correrlas: sin prisa, sin forzar la conclusión, dejando que la información llegara en el orden en que llegaba.
Lo que recopiló durante esos días:
Mr. Happy se movía bien. No era la descripción más técnica pero era la más honesta: había algo en la manera en que ocupaba el espacio físico que era eficiente de una manera que no aprendiste en una tarde sino en años de prestarle atención al propio cuerpo. Las carreras lo confirmaban: Mr. Happy corría con una fluidez que sus calabazas en el suelo hacían parecer despreocupada pero que en la barra de posición del panel se traducía en primeros y segundos lugares con una consistencia que los demás pilotos notaban.
Mr. Happy comunicaba. No con palabras, que la calabaza no tenía boca funcional de la manera convencional, sino con sonidos y gestos que tenían una gramática propia. Rez había empezado a aprender esa gramática sin proponérselo: el sonido grave y corto era afirmativo, el grave y largo con inflexión ascendente era una pregunta, el agudo y rápido era humor. La inclinación de la calabaza hacia la izquierda era saludo, hacia la derecha era atención, hacia abajo era algo que Rez todavía no había descifrado completamente.
Mr. Happy recordaba. Eso era lo más significativo: en la carrera de Aquarius en la tercera semana, cuando Rez y Mr. Happy terminaron primero y segundo respectivamente, Mr. Happy se acercó después y le hizo un gesto específico con la calabaza, una combinación de movimientos que Rez no supo interpretar en el momento pero que Roxie, que estaba cerca, tradujo con la naturalidad de quien ya había aprendido el idioma:
—Dice que reconoce tu manera de leer la pista —dijo Roxie.
Rez la miró.
—¿Cómo sabes lo que dice?
Roxie se encogió de hombros.
—Llevamos tiempo aquí —dijo—. Uno aprende.
Rez miró a Mr. Happy.
Mr. Happy inclinó la calabaza hacia la izquierda.
Saludo.
Fue Roxie quien se lo dijo finalmente, no porque Rez se lo pidiera sino porque Roxie era Roxie y Roxie decía las cosas cuando consideraba que era el momento y ese momento llegó una tarde en la terraza de Home Hud cuando los dos estaban ahí sin nadie más cerca.
—El Señor Feliz —dijo Roxie, sin preámbulo.
Rez se giró hacia ella.
Roxie tenía su lata de bebida energética y miraba el mar con esa expresión suya de quien ha estado pensando en algo durante suficiente tiempo para haberlo procesado desde todos los ángulos.
—Mr. Happy —continuó Roxie— es El Señor Feliz. El piloto que desapareció la temporada antes de que yo llegara.
Rez no dijo nada de inmediato.
Pensó en la conversación en la terraza del hotel de Bucoco Island de la primera temporada, él y Leilani en las hamacas, el mar de noche. Leilani diciéndole: una mañana no estaba. Su habitación estaba vacía. La Liga dijo que había decidido retirarse voluntariamente.
Pensó en lo que había dicho Leilani entonces: hay cosas de su desaparición que no cuadran con una retirada voluntaria.
Pensó en la pared de la cueva de Shipwreck Reef: la isla recuerda a todos los que han corrido en ella. Incluso a los que fueron obligados a desaparecer.
—¿Cómo lo sabes? —dijo Rez.
—Porque yo también lo noté —dijo Roxie—. Lo mismo que tú: algo familiar en cómo se mueve. Y porque pregunté. —Una pausa—. Beach Bro lo sabe desde el principio. Lleva suficiente tiempo en esto para que la memoria sea más larga. —Otra pausa—. Y Oog-Oog también. Dice que la isla lo reconoció cuando llegó.
—¿Qué le pasó? —dijo Rez—. ¿Qué le pasó exactamente?
Roxie giró el lata entre las manos.
—La historia oficial dice que se retiró —dijo—. La historia real es que ganó demasiado en el momento equivocado y que alguien en la empresa anterior decidió que eso era un problema.
—La empresa anterior —dijo Rez.
—Global Unity. —Roxie lo miró—. El CEO. —Una pausa más larga—. Lo mismo que le pasó a tu mamá, Rez. Solo que diferente.
Rez miró el mar.
El mismo mar de siempre. Azul clarito en Home Hud, con las palmeras reflejándose en el agua quieta de la tarde.
—¿Y la calabaza? —dijo.
—Nadie sabe bien —dijo Roxie—. McSkelly sabe algo pero no lo dice todo. Lo que sí es claro es que lo que era El Señor Feliz antes no es exactamente lo que es Mr. Happy ahora. Algo cambió. Algo en la isla o algo en él o las dos cosas. —Una pausa—. Pero está aquí. Y recuerda.
—¿Recuerda todo?
—Recuerda lo que importa —dijo Roxie.
Rez asintió despacio.
Pensó en la risa de El Señor Feliz que Leilani había descrito: de las que uno recuerda aunque no quiera. Pensó en el sonido grave y bajo que venía de la calabaza de Mr. Happy cuando hacía ese gesto de humor, que tenía en sus bordes algo que era diferente al silencio pero que no era exactamente risa convencional.
¿Era lo mismo?
No lo sabía todavía.
—Gracias —le dijo a Roxie.
Roxie levantó la lata en su versión de de nada y siguió mirando el mar.
II.
Esa noche Rez fue a donde estaba Mr. Happy.
No era difícil encontrarlo: Mr. Happy tendía a estar en los lugares de Home Hud donde había menos gente, no por sociabilidad reducida sino por una preferencia específica por los espacios donde la conversación era posible sin el ruido de fondo de las conversaciones de los demás. El patio trasero pequeño al norte de la choza, el borde del muelle cuando estaba vacío, la roca plana cerca de la palmera más alta de la isla donde el mar se veía en tres direcciones.